La expresión original procede del Egipto antiguo, pero permaneció oculta por mucho tiempo. Aconteció que, como estaba escrita en jeroglífico, no pudo ser descifrada hasta el descubrimiento de la piedra de Rosetta por Champollión Bonaparte en su célebre toma de Egipto conocida con el nombre de «la champaña francesa en Egipto».

En jeroglífico la expresión se escribía así: ojito delineado, escarabajo, culebra, cruz con cabeza, muñequito mirando a la izquierda y una paloma. Según la tradición instaurada por la dinastía de los Ptolomeos (unos faraones que se tomaron muy en serio su micción), el dibujo de la paloma como cierre de la frase era una distinción que correspondía a los criminales que se salían con la suya (siempre los de túnica blanca).

Cuando Roma invadió Egipto, declarándolo provincia romana conforme al referéndum llevado a cabo en la península itálica, la expresión pasó al Imperio latinizada: incidere quod incidere y fue usada por diversos emperadores, entre ellos: Trajano, Domiciano, Vespasiano, Adriano y Próculo (este último excluido de la lista oficial porque los historiadores consideraron que estaba a favor de la vulgaridad).

El famoso principio del derecho romano de nulla poena sine culpa fue entonces trastocado por el más sencillo, el simple nulla poena, el sine fue eliminado y la culpa se atribuyó de manera exclusiva a los enemigos del Imperio (Nihil novum sub sole).

Sin embargo, en el año 476, a las 11:40 de la mañana, el «caiga quien caiga» se volvió contra los propios romanos con la llegada de los bárbaros. En ese año, el último emperador romano occidental, Rómulo Augústulo, fue de puesto en puesto hasta que quedó enteramente depuesto.

Durante toda la Edad Media, el «caiga quien caiga» fue aplicado con todo rigor, aunque algunos historiadores poco acuciosos apuntan a que solo se medio aplicó.

Su principal exponente es el hermano menor de Alejandro Magno, Carlomagno, quien, a pesar de ser rey de los francos, era bastante hipócrita.

El «caiga quien caiga» medieval se inicia con el inventor del brandy, el señor Carlos Martell (abuelo de Carlomagno), cuyo hijo, Pipino el breve, increpó al pontífice Zacarias diciéndole: «¿sacarías a los merovingios para meter a los carolingios?, ¿sí o no?» A lo que este respondió en griego: «Όποιος πέφτει», esto es: «caiga quien caiga» (se pronuncia [opios pefsti], no confundir con el «a opio apesta», que es otro tema).

Según algunos etimólogos tenidos en alta estima, la frase puede tener un origen militar y era pronunciada por los comandantes de batalla para animar a los soldados antes de la misma con la finalidad de que las tropas se lanzaran al combate sin importar las consecuencias. Lo curioso es que quien hacía la invitación rara vez caía, tradición que se mantiene intacta hasta el sol de hoy.

Publicado en el diario TalCual


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