Siguen en pleno desarrollo los acontecimientos relacionados con el proceso electoral estadounidense y todo parece indicar que Joe Biden se armará con la presidencia de la mayor potencia mundial. Qué tan bueno o qué tan dañino puede ser ello para Colombia es algo que debemos preguntarnos a esta hora.

Es que hace ya un cierto tiempo las relaciones bilaterales entre Bogotá y Washington contienen un elemento que las distorsiona sensiblemente y es la presencia del narco-castro-chavismo en la región. El apoyo que Estados Unidos le ha dado a los gobiernos de Uribe y Duque contribuyeron sensiblemente a reducir los cultivos de cocaína en Colombia y ello fue complementado con una muy agresiva acción de persecución de la DEA a los clanes de la droga en la región caribeña y el eje norte de Suramérica. Con ello, sin embargo no han logrado poner a raya esta actividad que lesiona a la población norteamericana y que, por tanto, continúa siendo un quebradero de cabeza para los gringos. Ocurre que el régimen imperante en Venezuela se ha encargado no solo de facilitar y proteger la actividad del comercio de estupefacientes, sino que además ha agregado componentes que la fortalecen, como es su acercamiento y apoyo a los movimientos insurgentes colombianos-las FARC y el ELN- además de algo aún más pernicioso como es la asociación de estas guerrillas con el terrorismo.

Donald Trump, a pesar de su extravagante y descolocado temperamento, le dio un importante soporte a Colombia en estos terrenos y ha concientizado al planeta de lo pernicioso –además de criminal y corrupto– del régimen de Caracas en este campo y en muchos otros. Cabe entonces preguntarse lo que será de la dura batalla que el gobierno y las fuerzas militares de Colombia libran en contra de la narcoguerrilla de las FARC y del ELN cuando la Casa Blanca cambie de inquilino.

Muchos analistas se han dado a la tarea de alertar sobre las inclinaciones izquierdistas de Joe Biden, cosa que el candidato –hoy virtual mandatario–  no podía sino negar dado el decisivo componente de votantes latinos que ambos contenientes debían recabar en su ruta a la presidencia. En una nota de prensa del periódico colombiano El Tiempo, este reseñaba cómo Joe Biden había afirmado a su entrevistador: “Seré claro: no soy socialista… Me enfrentaré a los dictadores y autócratas, tanto de izquierda como de derecha, como lo he hecho durante toda mi carrera”.

Esta afirmación, sin duda apaciguante y químicamente pura, tranquiliza a pocos. Pero es bueno llamar la atención sobre el hecho de que Juan Guaidó, el presidente interino de Venezuela que le disputa la presidencia a Nicolás Maduro, socio por excelencia de la subversión colombiana, fue recibido en el Congreso norteamericano, a inicios de este año, con una ovación de pie de parte de los parlamentarios tanto republicanos como demócratas. Eso es un buen indicador, sin duda.

Es oportuno recordar las palabras de Biden a pocas horas de la contienda electoral, ya que ellas han sido inequívocas en torno a la relación bilateral con Colombia: “He dicho muchas veces que Colombia es la piedra angular de la política de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, y si tengo el honor de ser elegido presidente, haré de la reconstrucción de nuestra relación con Colombia una prioridad clave en la política exterior de la administración Biden-Harris. No solo porque es bueno para el pueblo colombiano y los colombianos estadounidenses, sino porque redunda en los intereses vitales de seguridad nacional de los Estados Unidos de América”.

Con todo lo anterior en el decorado, no debería haber dudas en cuanto la política que Joe Biden dice querer sostener con relación a Colombia. Algo, sin embargo, perturba el sueño de Iván Duque y de sus colaboradores y es la posición de Kamala Harris, la compañera de fórmula de Biden. Ella no ha escondido su desacuerdo con la política norteamericana de embargo a Cuba imperante hasta el presente y sus intenciones revelan una continuidad de las políticas impulsadas por el expresidente Barack Obama, quien promovió el acercamiento con el régimen cubano, para lo cual trabajó durante un año de diálogos secretos.

Así, pues, una interrogante se cierne sobre el desarrollo de la bilateralidad colombo-estadounidense a la luz de los cambios en la presidencia de la potencia mundial. No es precisamente un cambio de viento en este terreno lo que complacería a Iván Duque, quien tiene el plato suficientemente lleno de dificultades y las elecciones de su país a la vuelta de la esquina.

 


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