A partir del 11 de abril de 2002 la vida de todos aquellos vinculados al quehacer noticioso nos cambió con la estridencia que solo acompaña a los cataclismos. Ese día Jorge Tortoza, quien era reportero gráfico del diario 2001, fue asesinado por un francotirador de un balazo en la cabeza. A partir de ese día se desató contra todos nosotros una verdadera cacería que produjo otras bajas como la de Jorge Aguirre, en aquellos días fotógrafo del diario Últimas Noticias, que fue asesinado el 5 de abril de 2006, en la entrada a la Universidad Central de Venezuela.

A la par de esto fueron incontables los casos de agresiones de todo tipo contra los trabajadores de los medios de comunicación venezolanos. Fueron infinitas las veces que debimos correr ante los ataques desenfrenados de las hordas chavistas que nos lanzaban piedras, botellas, petardos, y más de un balazo nos enviaban también. Entre esa fecha y agosto del año 2005 viví con un chaleco antibalas abajo de mi camisa cada vez que salía a cubrir cualquier manifestación por anodina que fuera. Nunca sabías cuando se podían desatar los demonios chavistas contra uno; eso y una máscara antigás, porque tampoco sabíamos cuando los funcionarios policiales o militares podían arremeter repartiendo mandobles y decenas de bombas de gas lacrimógeno. Me pasó en Chuao, en Los Próceres, en la avenida Bolívar, para citar solo tres lugares.

En una ocasión me tocó salir de carrera de un diario donde trabajaba en noviembre de 2002, a fotografiar una protesta que había en Las Mercedes. Por la prisa de llegar olvidé agarrar la máscara. Al poco de estar allí comenzaron los efectivos militares con una verdadera lluvia de granadas de gas. Lo último que recuerdo es que me cayó una al lado y sentí que me quedaba sin aire ni luz. Cuando volví en mí, fue siendo arrastrado por un camarógrafo de Globovisión, que sin aflojar su equipo me arrastró fuera del gas para que recuperara la respiración. Lamento como nadie se puede imaginar no haber guardado su nombre.

Tuvimos que acostumbrarnos a andar, al menos, en grupo de tres para poder hacer frente a cualquier intento de agresión. Nos escupían, nos mentaban la madre, nos anunciaban una muerte prematura, nos perseguían con saña, fuéramos hombres o mujeres. Recuerdo que a Carla Angola le partieron un trozo de madera en la espalda en los alrededores de la plaza Bolívar, porque era una escuálida. Podría llenar centenas de páginas con todos los agravios que nos tocó vivir a manos de una chusma incitada por los jerarcas rojos-rojitos. Eran días en los que Lina Ron, la cual espero que nunca descanse en paz, azuzaba a su corte de malvivientes en contra nuestra; eran sus perros de presa a los cuales José Vicente Rangel, ese prócer del periodismo criollo, solía instigar con sus habituales gestos ambiguos.

Fue un tiempo duro, inolvidable, uno que todavía me produce pesadillas cada cierto tiempo. Me despierto empapado en sudor, y siempre porque he estado soñando que estoy en medio de una nube de gas lacrimógeno y uno de los lacayos revolucionarios me arranca la máscara que me protege, y siento como me voy asfixiando mientras él y un coro de guardias y policías me rodean y se ríen a carcajadas.

Hay palabras que no uso, porque estoy convencido de que generan una energía que termina afectándolo a uno mismo. En esta ocasión me cuesta muchísimo no emplear el antónimo de la que empleo en el título de estas líneas. Es demasiado dolor, tristeza, humillación la que se ha vivido para poder llegar algún día a bendecir a esta horda de bestias sanguinarias.

© Alfredo Cedeño

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