Si existen dos reservas importantes en Venezuela, aunque hay muchas más, como las humanas, esas son petróleo y agua.

Por ello, luce sumamente absurdo que ahora estén llegando buques de otros mundos, lejanos, con cargamentos insólitos para nosotros. De la legendaria China nos vienen gandolas de agua potable y del impensable Irán nos envía su régimen, reñido con nuestros conceptos de libertad y de paz, tanqueros con gasolina. Nada menos.

¿De qué nos vale poseer el Orinoco si en Ciudad Bolívar, atravesada por el gigante acuífero, todas las veces que fui no salía ni aire por las tuberías? El petróleo, por su lado, nos enseñó a soñar con un gran país, con eso que desde tiempos más lejanos a nuestra fundación llamaron un país rico. Heredad mítica de El Dorado y otras especies vinculadas a lo que en literatura les dio por denominar el realismo mágico. Nuestra supuesta riqueza desperdiciada es leyenda ancestral. Humboldt, el enorme sabio del siglo XIX, repetía lo de ese sueño de grandeza: “De entrada estamos aquí en el más divino y rico país”. Lo decía pleno de palabras maravilladas, está en sus cartas, y a propósito de su estancia en Cumaná; no había llegado siquiera a Caracas. De muy lejos, temporalmente hablando, nos viene la idea muy abstracta, elaborada por múltiples viajeros e intelectuales propios o ajenos, de aquella nuestra riqueza.

Si en algún momento sentimos nuestro El Dorado y el ensueño de poseerlo materialmente todo fue en los tiempos de Carlos Andrés Pérez, durante eso que se llamó la “bonanza” petrolera cuando  había agua, y, por supuesto, la estruendosa electricidad motivada por el Guri. Cuando Pdvsa no era tan popular como ahora resulta la llegada de una gandola, pero sí era del pueblo que disfrutaba el malbaratar de nuestros extraordinarios recursos. Entonces la dilapidaron, ahora la destruyeron por completo. Cuba de por medio. Siempre, ahora, Cuba de por medio.

Lo que no termina, pero seguramente terminará haciendo aguas de verdad es el gran barco acorralado del régimen despótico. Todos vivimos no solo en la miseria ahora, olvidando a Colón y a Humboldt, recordando con nostalgia a Carlos Andrés y la democracia y la libertad; somos presa no solo del desconcierto político-económico, sino de una expectativa diaria, secuenciada en minutos, aunque falte la acción última, el desenlace definitivo, definidor de esta larga y macabra película que ha sido nuestro acabamiento por el socialismo del siglo XXI. Mientras tanto, traen arena a nuestro desierto: agua y gasolina.

No habrá suficiente agua en China para apagar este fuego. La gasolina iraní también es inflamable, como el estómago vacío de los venezolanos. Por la imposibilidad de adquirir alimentos, dada la hiperinflación tan larga, por los bajísimos sueldos, como al final de la dictadura de Pérez Jiménez. La tortura de ahora, cuando la Seguridad Nacional se ha multiplicado, incluye tuberías artificiales como recuerdos de un pasado añejo en el que funcionaban y carros paralizados, andanzas a pie o en semovientes. La tortura está envuelta en hambre, en ausencias. Pero tampoco en esta época los pescuezos retoñan. Eso sí que no ha cambiado. Resulta inmodificable. ¿Cuánto durará la espera por agua, por gasolina? ¿Cuánto durará la terrible expectativa?


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