La pandemia del coronavirus está mostrando la cara de los seres humanos en el mundo entero y muy especialmente de quienes tienen funciones de liderazgo. Nadie duda que hay que tomar medidas drásticas porque cuando no hay información se tiende a subestimar el tamaño real de la amenaza. Es difícil creer que algo parecido a las más terroríficas películas de ficción pueda tener lugar y, como si fuera poco, al lado nuestro, con nosotros. Sin embargo, está ocurriendo.

Calibrar la dimensión de la amenaza es difícil para el ciudadano común, aunque ya las centenas de miles de contagiados y los miles de muertos son suficientemente convincentes para que se adopten las medidas básicas de protección: higiene personal, especialmente el lavado de las manos; distancia social, la forma de decir que ninguna persona debe acercarse a otra a menos de dos metros; y cuarentena, dejar de salir de las casas por un tiempo que aunque se dice es de dos semanas, está por determinarse.

¿Quiénes salen de sus casas? En primer lugar, los que tienen responsabilidades en el área de salud, de suministro de comida y medicinas, y los indispensables para el funcionamiento de los servicios públicos; en segundo lugar, salen de sus casas algunos irresponsables o inconscientes que se consideran invulnerables y son los que dicen “a mí esto no me va a dar”. Los primeros, los de la salud y actividades indispensables para que la vida en comunidad no se apague, son héroes anónimos que las naciones han de reconocer y premiar. Los segundos son los que deben recibir la sanción social que los ciudadanos de bien les impondrán por poner en riesgo a la colectividad. Empero, en algunos países y sobre todo en el nuestro, hay gente que sale a la calle, no por inconsciente ni por aventurera, ni tampoco porque su trabajo es crucial y no deban estar en cuarentena, sino por hambre, por necesidad, porque si no salen a buscar algo para comer no comen ni ellos ni sus familiares.

Resulta inconcebible que Venezuela sea un país sin gasolina, sin una infraestructura médica y hospitalaria aceptable, sin medicinas en la medida de la necesidad creciente, sin la comida necesaria para los millones de compatriotas que la requieren y no pueden comprarla porque no tienen ingresos o porque no hay en los mercados populares.

Si la enfermedad avanza en nuestro país y Dios quiera que no, los ciudadanos más pobres se debatirán entre estar en la casa sin el suficiente avituallamiento, para preservarse de la pandemia; o salir a exponerse en las calles en busca del pan para el hogar. No hay ejército en el mundo capaz de contener a un padre o a una madre que busca comida para sus hijos.

Cada país está concentrado en lo suyo, pero Venezuela necesita una intervención humanitaria inmediata. La necesitaba antes de que se declarara la pandemia, ahora mucho más. Un gobernante responsable trataría de movilizar las fuerzas internas de la sociedad para afrontar una catástrofe de este tamaño como, con sus aciertos y errores, lo hacen los gobernantes de los países democráticos; como, incluso, lo hacen los gobernantes de los países autoritarios que tienen infraestructura sanitaria y personal de salud mínimos que combinan con la represión; pero Nicolás Maduro no puede hacerlo. Él es responsable directo de liquidar todo el sistema de salud, de acabar toda la empresa privada que pudiera dar la cara en circunstancias como esta, de llevar a cero toda la producción de gasolina y de petróleo de cuyos ingresos se podrían obtener las importaciones necesarias.

De modo y manera que pierden el tiempo quienes invocan desde la oposición –abierta o encubiertamente– un entendimiento con Maduro para enfrentar la crisis que este ha creado. Solo mediante un gobierno de transición se obtendrán las fuerzas de la economía privada nacional y del apoyo internacional para frenar el coronavirus y su secuela de enfermedad y muerte.