El petróleo ha tenido su papel entre nosotros desde tiempos inmemoriales. Los primeros conquistadores apreciaron que nuestros indígenas lo utilizaban con fines medicinales, para la iluminación y el calafateo de sus canoas. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557) fue el primero en dejar constancia escrita de ello en su Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Allí, al referirse a la isla de Cubagua, dicho autor nos dice que tiene en la punta del oeste una fuente o manadero de licor, como aceite, que corre por encima del agua del mar, el cual es llamado por los naturales stercus demonis (estiércol del diablo), aunque otros lo llaman petrolio o asfalto. Más adelante, al visitar el área del golfo de Venezuela, el autor hace mención a la existencia de ojos o manantiales de betún que los nativos llaman mene.

Es en 1864 cuando se otorga la primera concesión petrolera en el país. El beneficiario fue el venezolano Manuel Olavarría, quien no obtuvo resultados positivos. Más tarde, en julio de 1914, cerca del pueblo de Mene Grande, en el estado Zulia, el Zumaque 1 dio formalmente inicio a la producción de petróleo en territorio venezolano (264 barriles diarios). Pero será el 14 de diciembre de 1922, momento en que el pozo Barrosos-2 comienza a arrojar sin control, durante 9 días, 100.000 barriles diarios de petróleo, cuando se ratifica ante el mundo el enorme potencial minero de nuestro país. La presencia de las grandes compañías norteamericanas e inglesas fue entonces la secuencia inevitable.

Paso a paso nuestra economía comenzó a recibir las mieles del extraordinario regalo de la naturaleza, aunque junto con ello vino también un mal ineludible: la poca disposición o capacidad del Estado para promover el desarrollo de un sector industrial privado, capaz de competir en el ámbito internacional para inducir así la acumulación de capital y el crecimiento de la producción. Como resultado de lo anterior, los niveles de crecimiento que logramos alcanzar en educación, salud, vialidad, transporte, vivienda, energía eléctrica, empleo público, alimentación, seguridad, cultura y estabilidad económica, entre otros campos, fueron posible gracias a la renta petrolera. La sociedad venezolana se hizo así dependiente del Estado, cuando es este el que debería depender de toda la sociedad.

Lo cierto es que desde que arrancó en forma la extracción del petróleo en nuestro país, esta fue incrementándose en el tiempo de manera sostenida, aunque con ocasionales caídas derivadas de las crisis que han afectado al mercado internacional. Las estadísticas ponen de manifiesto nuestra posición singular y, en ciertos momentos, especialmente ventajosa. Así, en 1929 Venezuela era el segundo país productor de petróleo, por detrás de Estados Unidos. Para 1945, a finales del gobierno de Isaías Medina Angarita, la producción fue de 1.000.000 de barriles diarios y, en 1998, la cifra se elevó a 3.300.000 barriles diarios. En 2011, durante la gestión de Hugo Chávez Frías, la producción bajó a 2.380.000 barriles diarios. Y según el último informe de la OPEP, en el mes de septiembre del presente año, en plena gestión de Nicolás Maduro Moros, el promedio mensual cayó a 680.000 barriles diarios.

En materia de precios, el país ha experimentado situaciones de bonanza y caídas. El 12 de marzo de 1974, cuando Carlos Andrés Pérez asumió por primera vez funciones como presidente de la República, se acababa de iniciar una nueva era petrolera. Fue una de las consecuencias de la guerra de Yom Kippur. En solo un año, los ingresos fiscales casi se triplicaron, pasando de 15 millardos de bolívares a 40 millardos de bolívares, como resultado de que el barril de petróleo subió su precio de 2 a 14 dólares. En el año 1998, cuando fue electo presidente Chávez Frías, el precio del petróleo venezolano era de 11 dólares por barril; pero a partir de 1999 su dinámica empezó a cambiar. En ese año la cesta petrolera venezolana alcanzó un precio promedio de 16 dólares por barril y en 2004 dicho precio se duplicó, ubicándose en 32 dólares. La suerte se puso del lado de la revolución y los precios continuaron incrementándose hasta ubicarse en 88 dólares por barril en 2008. Entonces se produjo un pequeño enfriamiento en el mercado como consecuencia de la crisis financiera a nivel internacional. Mas en 2010 (y hasta 2014) el boom de los precios volvió a hacerse presente, elevándose estos hasta el pico de los 103 dólares por barril.

A lo largo de ese proceso, la conducta manirrota de la revolución opacó a la del primer gobierno de Pérez: los regalos contantes y sonantes llegaron a todos los puntos de América y a los camaradas revolucionarios esparcidos por todo el orbe. Junto con lo anterior, los estrafalarios endeudamientos con China y Rusia dejaron al de la era democrática –que en propiedad se inició con Carlos Andrés y concluyó con la segunda presidencia de Rafael Caldera– como un inofensivo niño de pecho.

De manera que el régimen revolucionario no aprendió la lección bíblica de José y el faraón de Egipto, contenida en el Génesis, relativa a la conveniencia y necesidad de ahorrar en los años de fertilidad. Por eso hoy tenemos una industria petrolera destruida, con una producción inferior a la que teníamos en 1945, una deuda externa quintuplicada y una economía paralizada.

Con el anterior telón de fondo, el actual presidente de Pdvsa, el mayor general de la Guardia Nacional, Manuel Salvador Quevedo Fernández, tuvo el tupé de declarar recientemente desde Rusia que a finales de este año Venezuela estará produciendo 1.600.000 barriles diarios de petróleo. A este experto militar solo podemos decirle: amanecerá y veremos.