Desde joven Fidel Castro entendió y no tardó en poner en práctica, con enfermiza disciplina, los beneficios que para todo dictador es capaz de generar una indetenible fábrica de falacias. Por ello no deberíamos sorprendernos al comprobar que, además de ser el máximo líder y responsable del plan macabro que sigue arrastrando a Cuba a la miseria más profunda de su historia, Castro también ha sido el arquitecto de las más pedestres tergiversaciones sufridas por la producción literaria y periodística, la vida y el pensamiento político de José Martí.

De ahí que no sea difícil afirmar que, al menos hasta hoy, Castro ha sido el peor enemigo de Martí. Por suerte, la fuerza de la voluminosa obra del apóstol de la libertad y la nacionalidad de la Isla (de donde emerge una intensa confluencia de sensibilidad, patriotismo, intelecto y poética clarividencia) es todavía un cuerpo, a pesar de todo, muy difícil de destruir y de tergiversar íntegramente.

Gracias a sus textos (los originales, no a la fragmentación comunista que tantas veces los ha sacado de contexto) podemos hablar de un Martí auténtico, portador de una lírica trascendente. Pero, en sentido contrario, duele reconocer que, gracias a la maquinaria de adulteración dirigida por Castro, también tendemos a hablar de un Martí seudocastrista. Un Martí reconfigurado a imagen, semejanza y servicio del castrismo. Un falso Martí que urge desterrar del imaginario ya no sólo nacional.

Y no es casual el efecto. La obsesión de Castro con Martí fue inmutable, sempiterna. Y lo más terrible no fue el propósito (bien sabemos que Castro nunca tuvo buenas intenciones) sino el haber sabido manejarla de manera tan efectiva, obviamente para mal. Un mal que aún arrastra, en gran medida sin saberlo, la sociedad cubana y buena parte del mundo, pues la maquinaria propagandística del castrismo mantiene un alcance internacional.

En este sentido, solo basta (encuestando en libertad) preguntarle por Martí a los cubanos de la isla, a los que han llegado al exilio en las últimas décadas, y a las millones de personas que en todo el mundo, desde hace medio siglo, han visto la figura y la obra martiana estrechamente ligadas a la revolución castrista, y el resultado no será muy diferente. Algo terrible. Pero real. Fácilmente comprobable.

Muchas veces incluso bajo la imponente y compasiva imagen de Martí en la Plaza Cívica, a la que siguiendo la tradición comunista le cambió el nombre por Plaza de la Revolución, Castro vapuleó al Martí legítimo y construyó un Martí a su servicio.

Vayamos más de medio siglo atrás. El 27 de enero de 1960, a solo un año de haberse adjudicado el poder, el dictador pronunció un discurso en la Cena Martiana, ofrecida por el extinto Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, donde equiparó, otra vez, el camino de su revolución (que aún no había declarado comunista) con la guerra por la independencia de España que lideró Martí: “Al fin, maestro [refiriéndose a Martí], tu Cuba que soñaste, está siendo convertida en realidad“.

En otra de sus diatribas contra la verdad, manipulando a Martí, a Castro se le ocurrió justificar ya no solo el germen sino también la permanencia de su revolución comunista. Un sistema donde es inconcebible permitir elecciones libres, ni otro partido (genuinamente opositor) que no sea el comunista. El mismo sistema que décadas después, Federica Mogherini, como alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, se atreviera a intentar legitimar, declarando que se trataba de una “democracia de partido único“, otra pena y torpeza de la diplomacia del viejo continente.

El antecedente está en uno de los discursos de Castro de 1973: “Martí hizo un partido. No dos partidos, ni tres partidos, ni diez partidos. En lo cual podemos ver el precedente más honroso y más legítimo del glorioso partido que hoy dirige nuestra revolución: el Partido Comunista de Cuba, que es la unión de todos los revolucionarios, que es la unión de todos los patriotas para dirigir la revolución y para hacer la revolución, para cohesionar estrechamente al pueblo”, tal fue el argumento embaucador y totalitario de Castro, cuando apenas llevaba 14 años clavado al poder absoluto, que llegó a ostentar durante medio siglo.

Y es que en el comunismo, aunque tanto secuaces como idiotas porfíen lo contrario, todo es posible. No asombra que en vez de José Martí ser reconocido como el poeta nacional de Cuba, que sin duda es, Castro le haya otorgado este título a Nicolás Guillén, uno de los promotores culturales de la revolución socialista y quien también contribuyera a la falsificación de la supuesta coincidencia de las doctrinas y personalidades de Martí y Castro. Una desfachatez desatada, por ejemplo, en su poema “Se acabó”, donde para vergüenza de la poesía llegar a afirmar: “Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió“.

El castrismo es también una guerra cultural (pues la revolución no solo ha sido crimen organizado) que comenzó al menos hace 7 décadas. Mucho antes de robarse Cuba, Castro le robó al Martí auténtico a buena parte de los cubanos. No olvidemos aquel sofisma primigenio, que he citado aquí antes, a través del cual Castro acusa a Martí de ser el “autor intelectual” del mezquino ataque en 1953 al cuartel Moncada, que no fue ninguna hazaña sino un fracaso -que además de causar muertes innecesarias incluyó entre sus objetivos un pequeño hospital militar- maliciosamente convertido en propaganda, al peor estilo de Goebbels-Rosenberg-Hitler, aún antes de consumarse el castrismo.

Luego, en las primeras décadas de su revolución, el dictador se apoderó de la obra e imagen martiana, manipulándola en todas las áreas y niveles sociales. Pero hay un detalle que no debemos perder de vista: el castrismo, sobre todo después de la muerte de su inventor, convirtió a Martí en un peligroso bumerang, sin quererlo y sin poder evitarlo.

No es fortuito que muchos cubanos no reconozcan a Martí como el precursor del modernismo, sino como la inspiración del castrismo, o del fidelismo (que no es otra cosa que el castrismo más vulgar y a la vez más sublimado). Y con el tiempo, tan largo y áspero del castrismo, a pesar del irrefutable peso de la obra martiana, algunos han terminado haciéndole rechazo, sobre todo en silencio, al autor de piezas claves de la literatura hispanoamericana como Ismaelillo, Versos sencillos o Versos libres. Pues ¿quién, despojado de la simulación socialista, podría de verdad sentir admiración por el supuestamente responsable del más rotundo fracaso ideológico, económico y social que ha vivido el país? Por muy irrompibles que parezcan ser las maquinarias de adulteración comunista, lo cierto es que también tienen defectos.

Para bien y para mal Martí resuena en todas partes. Desde los jardines infantiles y las escuelas primarias hasta las universidades, pasando por los discursos demagógicos de los voceros del régimen y, por supuesto, por los medios de comunicación de masas, que como sabemos todos están en manos del Estado, es decir, bajo la más recia y rancia manipulación gubernamental. Por eso, en vez de compartir la historia, lo que hacen es falsear los hechos, siguiendo ese añejo mecanismo que sigue ayudando a los totalitarismos a mantenerse en el poder a fuerza de desinformación y adoctrinamiento.

De cualquier modo, Martí es una parte aún viva de la Cuba que nos queda, muy a pesar del castrismo. En el poema “La madre está sentada“, incluido en el cuaderno póstumo “Flores del destierro” el visionario Martí lanza una idea que no sólo acompaña a su legado sino a otras mentes y espíritus profundos, capaces de resucitar incluso en islas y batallas que parecen ya perdidas: “No hay muerto, por bien muerto / Que en las entrañas de la tierra yazga, / Que en otra forma, o en su forma misma, / Más vivo luego y más audaz no salga”. Quiero pensar que la razón le asiste al maltratado apóstol. Al gran poeta. Al menos todavía.


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