A comienzos de este mes de enero, en la cárcel de El Rodeo, el “gobierno revolucionario” concretó con viciosas y siniestras prácticas su primera ejecución del año. La misma ya alcanzó resonancia global. Estamos hablando de la muerte de Salvador Franco, líder indígena de la etnia pemón. Es la última de las muchas acciones irregulares que, con particular alevosía, ha perpetrado el aparato represor de la dictadura de Nicolás Maduro Moros.

Franco y otros 12 indígenas fueron detenidos a finales de 2019 tras ser acusados de participar en el asalto a 2 instalaciones militares en el estado Bolívar. Poco después, en enero de 2020, el fiscal general de la República, Tarek William Saab, los acusó formalmente de terroristas por las acciones perpetradas, en las que el grupo supuestamente se apoderó de fusiles, cañones, granadas y lanzagranadas, escopetas, ametralladoras, bayonetas y miles de cartuchos con municiones para las respectivas armas. Lo substraído –según informe oficial– fue posteriormente recuperado. El grupo indígena negó tales acusaciones, pero ello no fue óbice para que Tarek ordenara su reclusión en la ya mencionada cárcel de El Rodeo.

Los detalles y supuesta veracidad de esos hechos los conocemos mayormente por las propias fuentes de la dictadura; de manera que nos es imposible sacar desde ya conclusiones definitivas. Es precisamente por ese tipo de circunstancias que tienen sentido dos principios fundamentales consagrados en nuestra Constitución Nacional.

El primero de ellos, contenido en el artículo 2 de dicho corpus, establece que Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y Justicia que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación la vida, la libertad, la justicia y, en general, la preeminencia de los derechos humanos. Por su lado, el segundo de dichos principios, contenido en el artículo 3, estatuye expresamente que el Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, así como la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución.

No conforme con lo anterior, nuestra carta magna hace más amplia, detallada y precisa su preocupación por los derechos humanos en nuestro país al disponer en su artículo 19 lo siguiente: “El Estado garantizará a toda persona, conforme al principio de progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos. Su respeto y garantía son obligatorios por los órganos del Poder Público”.

A pesar de las explícitas regulaciones, Franco fue tratado de forma inhumana y criminal, contrariándose las anteriores disposiciones. En efecto, a raíz de los serios trastornos de salud que presentó durante su cautiverio, en noviembre del pasado año el indígena logró conseguir una orden judicial para ser trasladado a un hospital. No obstante ello, la orden en cuestión fue ignorada por completo.

Como consecuencia del abyecto proceder de los órganos del Estado, el pasado 24 de diciembre la ONG Foro Penal hizo la siguiente denuncia pública: “La salud del preso político indígena Salvador Franco se ha deteriorado gravemente. Ya hoy no puede ni siquiera alimentarse por sí mismo. Su vida y su salud son responsabilidad directa de quienes lo mantienen injustamente encarcelado”. La respuesta del régimen –léase Nicolás y Tarek– fue el más tétrico silencio. La consecuencia posterior a la afonía revolucionaria ha sido la muerte de otro venezolano.

Los pronunciamientos en contra del bárbaro proceder no se hicieron esperar. Resaltamos dos de ellos. Por un lado, el máximo líder opositor Juan Guaidó calificó al hecho de “asesinato”, resaltando además que se trataba de un patrón de conducta de la dictadura que hace que la señalen como criminales de lesa humanidad. Por su parte, ese bastión que por años nos ha acompañado en su condición de secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, también dijo lo suyo al calificar la muerte de nuestro compatriota pemón como “otro crimen de la dictadura en Venezuela”.

Lo anterior no es un cuento de camino, es una de las muchas formas como se muere en Venezuela en plena revolución bonita. Tarek William Saab, en especial, tiene mucho que explicarnos.

@EddyReyesT

 


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