Está circulando en las redes un texto atribuido al doctor Aníbal Romero. El desarrollo se titula «La responsabilidad militar en la tragedia venezolana». Abierta y directamente inculpatorio a los uniformados venezolanos de la más grave desventura política, social y económica que ha vivido la nación en toda su vida republicana. A la imputación para los militares criollos que hace el doctor Romero no se le quita algún punto o alguna coma, se atiene a la precisión de la incriminación en eso de las responsabilidades, salvo – según mi modesta óptica – eso de principalísima. En eso de distribuir los pecados a medida que se va profundizando en el corte del bisturí para hacer patología en el cuerpo insepulto de eso que llaman revolución bolivariana, los morbos que se van exponiendo tienen mayor y menor gravedad en la muerte de la república calificada como occisa después de que el teniente coronel Hugo Chávez jurara el cargo de primer magistrado de la nación ante “esta moribunda constitución” y frente a un hierático y solemne presidente Caldera. Hay heridas que contribuyen a la muerte, pero hay una principalísima que es la que baja el suiche de la vitalidad en concurso y yunta con otras. Los militares tienen una responsabilidad, pero no es la principalísima. Puede estar en la secundísima o incluso en la tercerísima, nada que ver con la primerísima.

No es lo mismo llamar al diablo que tenerlo al frente. Es una parte del refranero popular que muy bien puede aplicarse a la actual realidad venezolana. En algún momento político y económico de las últimas décadas del siglo XX algunas elites criollas se montaron sobre el descontento que existía en ese momento y lo dirigieron tendenciosamente para influir sobre algunos segmentos sociales y otros de naturaleza militar para construir, consolidar y dirigir un proyecto político para alcanzar el poder. Después de una relativa calma en las calles y una tranquilidad institucional en los cuarteles, los coqueteos con las manifestaciones y protestas que atizaba la izquierda pacificada para protestar por los servicios públicos, los aumentos salariales y otras demandas de la gente, se combinaron con los requiebros conjurados de un grupo de militares que abrían sus discursos justificatorios con aquellos del desbalance homeostático del sistema de partidos nacido después del 23 de Enero de 1958, la caracterización de la anomia y la presencia categórica de la entropía en las relaciones de la sociedad venezolana y el desgaste del pacto social expresado en la constitución nacional vigente desde 1961. En algunas ocasiones se filtraba retóricamente de manera muy sutil el tema socialista de la desigualdad y la justa distribución de la riqueza petrolera. Sobre ese esquema y contexto, esas elites empezaron a vocear a coro, llamados para que el diablo militar se les apareciera y les concediera sus notables deseos políticos para abrir la reja del palacio de Miraflores y colocarlos en el poder, y a cambio; esa flor y nata de la academia, de la intelectualidad, de la política, de los empresarios, de los medios de comunicación, y de… los militares le entregaron su alma a Mefistófeles. Y ante tantos llamados, el diablo se les apareció. Y allí está Satán con sus acicalados cachitos de carey, sus cuidadas pezuñas infernales, y su pulido y alegórico tridente de la autoridad, instalado en el trono del poder desde hace 24 años y ellos le entregaron cándidamente el alma y la de los 30 millones de venezolanos. Ni el Fausto de Goethe lo pudiera describir mejor en esta edición a la venezolana. Y allí debe estar acunada alguna responsabilidad.

Uno de los documentos iniciáticos del ingreso a los institutos militares de formación profesional lo constituyó la declaración de apoliticismo del aspirante a cadete. Con la suscripción de ese documento se renunciaba a cualquier vinculación política y se aceptaba el apoliticismo nada más trasponer la prevención e iniciar las tradicionales ceremonias internas del bautizo, después eso se refrendaba con otra ceremonia mas formal que era el acto de juramentación ante la bandera nacional. Después del ¡Sí, lo prometo! todo lo que estaba contenido en el artículo 132 de la Constitución nacional vigente desde 1961 se tatuaba en el alma del cadete. La misma que le entregaron algunos después de besar el pabellón nacional, a la conjura que se desenlazó el 4 de febrero de 1992 con el Belcebú de Sabaneta que asumió la responsabilidad. Allí también hay otra responsabilidad.

Antes del 4F, en 1990 salió una edición de bolsillo de un libro autoría del doctor Romero titulado Aproximación a la política, con el patrocinio de la Comandancia General del Ejército y distribuido entre los cadetes de la Academia Militar de Venezuela, tanto como para pararlos prusianamente en alguno en los amplios pasillos del alma mater o en el patio de ejercicios y además de pedirles los dos pañuelos, el peine y el cortaúñas, más el código de honor, el himno de las cuatro escuelas y otras cosas, pudiera exigírsele adicionalmente ¿y el libro del doctor Romero? Cuando uno evoca que se firmó el documento de declaración de apoliticismo desde el nivel básico en la formación del cadete y a sabiendas que a lo largo de la trayectoria de la carrera habrá tiempo para manejar profesionalmente la Política con mayúsculas, y entendiendo a la institución militar como una estructura política al servicio del Estado venezolano y no para un manejo tendencioso, personalista y sectario hacia una conspiración embozada con el sayo y las botas de un golpe de estado, establece que allí también hay otra responsabilidad. Por algo, la nomenclatura del régimen rebautizó la Academia Militar Venezolana que tenía el lema de “forma hombres dignos y útiles a la patria” con otro más adecuado y a tono con la realidad, “la cuna de la revolución bolivariana.”

Después del 4F está todo ese desarrollo en euforia en todos los ámbitos de la sociedad venezolana, ya no para vocear por la aparición del Luzbel que ya se había expresado y materializado en los 57 segundos del discurso del “Por ahora.” Se trataba de rezarle popularmente en los altares electorales para que llegara a la primera magistratura por un aluvión de votos. Y así ocurrió. De esa época del 6 de diciembre de 1998, los militares aun estaban amarrados constitucionalmente con el texto que decía lo de apolíticos, obedientes y no deliberantes. Allí, también debe haber otra responsabilidad.

Después del 2 de febrero de 1999 todas las galas del inframundo dijeron presente en corte y se coronaron en el poder, atendiendo a los llamados que hacían para que el diablo llegara. Allí está. Y es verdad, no es lo mismo llamarlo que tenerlo al frente.

Los militares en general aceptamos una cuota de la responsabilidad en la tragedia, pero no tanta como para que sea la primerísima. Vamos a asignarla en importancia de acuerdo con la evaluación y el diagnóstico de los órganos nobles en morbo que se van extrayendo del cuerpo inerte de lo que fue la vida política y democrática de Venezuela durante 40 años y más.

Mientras se hace eso, allí está el diablo de la tragedia venezolana y sus secuelas, quien se aproximó a la política y se ha quedado a sus anchas. ¿Quién lo llamó?

 


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