Nací y -pocos años después- experimentaba, nervioso, lo que significa ser gobernado sin preceptos del Estado de Justicia y Derecho [con tres poderes públicos fundamentales: Ejecutivo, Legislativo y Judicial]. Fui imberbe cuando, para frenar una huelga petrolera general, Marcos Pérez Jiménez ordenó que soldados entraran a casas de las concesionarias petroleras. Tenían la misión tiránica de confiscarle alimentos a quienes la acataron. Vaciaban las neveras y estanterías de las residencias. Con persistencia, escuchaba a gente mayor pronunciar el vocablo «esbirro», y el nombre de alguien encargado de dirigir las acciones de las tropas: -¡Estrada, Pedro Estrada es un asesino!

Ya existían esbirros, ¿lo olvidaron? Eran menos sanguinarios que la diversidad exhibida  por el socialismo del «siglo XX»: Colectivos del Terror, Fuerza de Acciones Especiales, Guardia del Pueblo, Policía Nacional Bolivariana, Dirección General de Inteligencia. En tiempos de revolución exterminadora, cuando alguien destaca en el oficio de matón de inocentes, es comprensible que torturadores sean celebrados por el montaraz Alto Mando Cívico-Militar.

Nunca he vivido sin padecer gobiernos, lo cual es fatídico para quien rehúsa adherir a ultrajes de vándalos con poder. Virtud al pensamiento filosófico que germinó temprano en mí, mantengo cierta lucidez distinta. Por ello, admito que los mejores días de mi existencia terrestre fueron opacados por hostiles psíquicamente perturbados. Esos que irrumpieron para imponer un toque de calvario perpetuo a los venezolanos, todavía no suspendido, pero, con posibilidades de ser levantado por vengadores que irrumpirán de súbito y ovacionaré con formulaciones no metafísicas.

A sátrapas que acumulan años diciéndonos que son pacíficos con armas de guerra y que, hasta el año 2020, permanecen arrogantes mientras infligen inusitado e impune daño, es necesarios darles caza y muerte. Lo declaro, sin eufemismos, porque soy devoto de la venganza. Que no me diga el hipócrita de concilio falaz que debuto en un ámbito peligroso, y estoy en riesgo de ser ejecutado por algún miembro de la pandilla cívico-militarista. No tengo miedo morir de una forma que no haya elegido.

La nación venezolana no necesita «cadenas de oración» convocadas por idólatras con trastornos teologales. Tampoco a cofradías de canallas, arrastra cueros o vicarios. No son maravillosas partículas de supernovas producto de explosiones cósmicas. Es tiempo de que la venganza irrumpa y la vindicta sane a quienes, heridos de gravedad, sobrevivimos. Rescatemos la república sanándola con inteligencia atrevida.

La venganza fue, es y será en los hombres lo que el círculo concéntrico al infinito. Miremos cómo desaparece en lo pequeño que no es, y expande igual. Es registro genético que enfrentemos a quien gusta maltratarnos, al fustigador que pasea su inmunda corporeidad por las calles obligándonos jugar escondite. Pueril quien no entienda que la rebelión avasalladora y profiláctica es una opción legítima.

@jurescritor