Murió en México el 21 de mayo de 1955, “un duro golpe para el exilio venezolano”, me ha dicho el doctor Luis Beltrán Franco. Y hoy Venezuela entera le rinde homenaje en el recuerdo perenne, en la memoria inmarcesible y en la nobleza de su corazón al saber que parió un hijo bueno, talentoso y ejemplar, cuyas ejecutorias perviven en el sentir colectivo.

Fue Andrés Eloy político, humanista, parlamentario, diplomático, escritor, periodista y poeta. Un verdadero hombre de Estado que descolló en todas las actividades en que se desempeñó. También fue un preso político de profesión, como diría el también humorista y politólogo Laureano Márquez.

He dicho y se ha dicho mucho del poeta, todo bueno y sin máculas de ninguna naturaleza, desde luego. Hasta la polémica y bien recordada periodista Sofía Ímber le dijo al escritor Diego Arroyo Gil que el bardo oriental le había coqueteado.

Hoy me complace deciros que conozco a sus hijos, su Charro Turbulento y su Sabio Taciturno, los doctores Luis Felipe y Andrés Eloy Blanco Iturbe. Que la relación ha estado signada por el respeto y la más alta consideración, y por supuesto, mi profunda admiración por su padre.

A Mita, mi madre, mi gratitud infinita por haber puesto en mis manos, cuando yo apenas tenía 10 años, la colección completa de las obras del poeta, luego finamente restaurado por mi amigo, vecino y compadre don Arturo González Ubán. Solo me falta –eso creo– la novela editada en España El amor no fue a los toros.

Mis queridos Elías Pino Iturrieta y Rodolfo Izaguirre me han testimoniado expresiones de respeto y admiración por el poeta que hoy recordamos. Pino Iturrieta dijo en una red social que le “habría gustado conocer al poeta, quizá compartido un café y sostener una buena conversa”. Por su parte Rodolfo, no hace mucho tiempo, me habló del signo vanguardista del poeta Andrés Eloy, sobre lo cual debía haber ninguna duda, que se confesaba lector de sus obras; que estas debían ser objeto de estudio en las escuelas de letras de las universidades.

Del testimonio poético y político de Andrés Eloy Blanco nos queda no solo el “Canto a España” que le permitió ganar aquel premio a temprana edad, sino también una extensa obra de amor y dolor por su patria, por su pueblo y sus gentes, al que llamó con profunda convicción democrática “Juan Bimba”. Y “Pesadilla con tambor”, donde narra con escalofriante y dolorosa claridad la barbarie sufrida en las mazmorras durante el tenebroso régimen gomecista.

“Coplas del amor viajero”, “La uvas del tiempo” y “La cita”, poemas que rescato para esbozar –atrevidamente– la extensa obra de un grande poeta prestado a la política ¿o al contrario?, que se atrevió a incluir acertada y asertivamente la palabra “Revolución” en el himno de su partido político que ayudó, en buena hora, a fundar y cimentar en una verdadera acción democrática.

En este sentido, el académico y también poeta Rafael Arráiz Lucca señala: “Es imposible leer la obra poética de Andrés Eloy sin recordar que quien escribe es un integrante principal de la generación que inventó la política en Venezuela, que creó los partidos políticos modernos, que convocó a elecciones universales, directas y secretas, y que llevó al sector civil al mando, asignándole al militar las tareas profesionales previstas por la Constitución Nacional”.

Acción Democrática era una fuerza poderosa armada con tesón por Betancourt en todo el país, como una urdimbre tramada por el joven político con la intención de que fuese una organización con militantes en cada pueblo, a quienes llamaba el bardo oriental Andrés Eloy Blanco, autor de su himno, sin ningún complejo ni máscaras, “a la voz de la revolución”, letra a la que Inocente Carreño, otro grande en lo suyo, le puso música bajo la influencia de la Revolución francesa.

Algo de eso debieron hablar el músico y el poeta al reunir partituras con versos.

 

En los documentos que los aspirantes a inscribir las organizaciones fundacionales de lucha democrática –así se definían siempre– no estaba tal palabra; pero los líderes encabezados por Rómulo Betancourt, en su verbo mencionaban transformación y revolución antiimperialista y antifeudal.

Omitían en sus correspondencias oficiales el término “revolución” para evitar los tildaran de comunistas, visto el proceso que vivía la vieja Rusia, incluso, para que no se les vinculara con la Internacional Comunista, se proclamaban un partido nacional y policlasista, de izquierda democrática.

Entre los exilados en Barranquilla, en 1931 se constituyó la Agrupación Revolucionaria de Izquierda, después, en 1936, sustituida por Organización Venezolana, ORVE, que al disolverse dio paso al Partido Democrático Nacional (PDN).

Recordemos que Betancourt traía las influencias del marxismo leninista y en la estructura de las organizaciones privaban sus concepciones. Nótese en el PDN la importancia democrática y nacional.

Es así como se justifica que, por estar rayado de comunista, Betancourt no firma el acta fundacional de Acción Democrática, pero no habría de extrañarse que Andrés Eloy Blanco, el grande político y poeta o viceversa y engrandecido aún más, escribiese en el himno del partido fundado el 13 de septiembre de 1941, el llamado adelante a luchar milicianos a la voz de la revolución”, porque ya se sabían una organización creciente a la que se sumaban profesionales e intelectuales, junto a trabajadores, artesanos y obreros.

De modo que el término “revolución” en el himno del partido del pueblo, así se hace llamar Acción Democrática, encuentra su base de sustentación en el significado de cambio que conlleva. Todo ello alejado a distancias infinitas de esta cosa de nuevo cuño que ha pretendido eternizarse en el poder, con la compra y venta de sueños y conciencias del pobre, con la manipulación de sus miserias y su grotesca igualación hacia abajo.

En modo alguno comparable con la barbarie que se autoproclama “socialismo del siglo XXI” o “revolución bonita”, que no es otra cosa que una nueva metáfora de la pobreza y de la encarnación de la suma de todos los defectos morales del venezolano.

Yo digo con Isa Dobles: “Y allí, de ese Andrés Eloy de pueblo y ternura nació el reclamo hermoso que conmovió al mundo. Esa sensibilidad tiene que mantenerse viva en el alma de Venezuela”.

Ese es el llamado, no el puño en alto y la voz altisonante histérica, insultante, es la mano extendida, la voz  calma de la conciliación, la verdad como guía, la nobleza  escrita en cada gesto, cada mirada, cada sonrisa.

Hoy observamos con tristeza cómo un miserable vivo o muerto, y su séquito, siguen convenciendo a un pueblo noble e inerme, escaso de talento para advertir la verdad.

Si usted no ha leído a Andrés Eloy, se ha perdido una Venezuela necesaria para enorgullecerse, para llenarse el espíritu de la historia que hay que ondear al aire como bandera de dignidad y amor.

Como lo dijera León Felipe frente al féretro del cumanés Andrés Eloy Blanco:

¡Aquí no ha muerto nadie! Al que vamos a enterrar es un poeta. Está tendido pero no está muerto. ¿Está mudo? ¡No está mudo! Un muerto no habla ni canta… y este poeta sigue hablando y cantando. Todo gran poeta sigue hablando y cantando, después del salto mortal ¡no está muerto!


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