Cuando en las elecciones parlamentarias de 2015 la oposición celebró haber obtenido la Asamblea Nacional por amplio margen, los expertos en materia electoral que demostraron las manipulaciones del sistema quedaron aparentemente sin sustentación técnica ni base legal en sus argumentaciones: estos resultados creaban dudas razonables sobre la tesis del fraude electoral. La oposición participante celebró el triunfo con fanfarria, logrando contagiar a la mayoría del país con una esperanza de cambio. Su primer presidente designado, cuando salió a los pasillos con su acostumbrado histrionismo, revoloteando el pensamiento de ser el próximo candidato de oposición para las futuras elecciones presidenciales, recorría los pasillos del hemiciclo quitando los símbolos en los que predominaba la figura de Chávez.

Recuerdo,  cuando el CNE anunció el triunfo de la mayoría opositora, escribí un artículo en el que expresaba que todo era una gran burla, camuflajeada una mefistofélica estrategia que daba paso al gran engaño por parte del régimen, a objeto de ganar tiempo, que el fraude electoral continuaba y más bien se había consolidado la tesis de Chávez del desmontaje de la institucionalidad en un lapso predeterminado: desde aún antes de 1999 y hasta 2030, por ello se requería ganar tiempo y evitar cualquier intervención del gendarme necesario o policía constitucional. Demolían, con el reconocimiento del triunfo opositor, la tesis del fraude electoral, del cual era consciente ese “gendarme que quizás estaba dispuesto a no permitirlo. No obstante, al crear la esperanza de un cambio por la vía electoral, todo se posponía. Igual ocurrió cuando se consultó la reforma constitucional de 2007, es decir, cuando se sometieron a un referéndum el 2 de diciembre de ese mismo año los 69 artículos para la reforma constitucional, incluyendo el propósito, entre otros, de convertir a Venezuela en un Estado socialista. Y todo esto a  pesar de que Chávez reconoció haber perdido por escaso margen, y en cadena nacional con el Alto Mando Militar, furibundo y enardecido, reconocía el voto en contra. Sabía también lo de la policía constitucional”. El artículo que había redactado en 2015 lo envié a un académico amigo, Anibal Romero, quien me recomendó no publicarlo pues podría reflejar una actitud de negación política, ya  ue había triunfado la tesis de la oposición “que mayoría mata fraude electoral”.  Escuché al amigo y lo archivé.

Desde el referéndum modificatorio pasaron 13 años, y desde las parlamentarias 5 años, durante los cuales el régimen continuó destruyendo la República, la institucionalidad y, por supuesto, destituyendo y dando de baja en la Fuerza Armada al “gendarme constitucional. Durante todo ese interregno se aplicó la misma tesis de la Coordinadora Democrática de la negociación y diálogo, que no era otra cosa que la contemporización y el apaciguamiento, tesis prevaleciente en el mundo diplomático  y político.

Henry Kissinger en A World Restored (tesis doctoral en la Universidad de Harvard), declaró: “Es un error asumir que la diplomacia siempre puede resolver los conflictos internacionales si hay buena fe y buena voluntad de llegar a un acuerdo, cuando una de las partes carece de esas cualidades. Si algunos advierten del peligro son considerados como radicales y alarmistas. Kissinger, señalaba que “el apaciguamiento era consecuencia de la incapacidad de luchar contra una política cuyos objetivos son ilimitados. La parte que se sentó de buena fe no se dará cuenta hasta que haya zozobrado”. Luego de las guerras napoleónicas vinieron décadas de paz en Europa, y surgieron numerosos gobernantes que carecían de un sentido trágico del pasado, lo que les hizo cometer errores que desembocaron en la Primera Guerra Mundial, y a pesar de que esta fue vista por muchos como la última guerra, no aprendieron, y la política de apaciguamiento y contemporización traería como consecuencia la II Guerra Mundial.

La Alemania democrática, la llamada República de Weimar, se perdió entre vacilación y vacilación de parte de su gente e instituciones, de sus políticos y de los partidos, y sin un mínimo de dignidad se entregaron a la peor dictadura nacionalsocialista que el mundo había conocido. Adolfo Hitler se instaló en el poder en 1933  para vergüenza del pueblo alemán. Paralelamente otra dictadura, la del proletariado comunista, estaba también en pleno proceso, se había formalizado en la Unión Soviética en 1917 con la revolución bolchevique, que tenía como dictador a Joseph Stalin (en Alemania Hitler ascendía en 1933). Durante ese interregno las potencias occidentales y en particular Inglaterra, aplicaban la política de su primer ministro, Neville Chamberlain: de la negociación, diálogo y concesiones con el régimen nazi, permitiéndole a Hitler desbaratar el Tratado de Versalles, los acuerdos de Locarno y el desmembramiento de Checoslovaquia, entre otras acciones. En cada acción Hitler se amparaba bajo la política del apaciguamiento y la contemporización que desarrollaba Inglaterra, a pesar de las advertencias que tanto el embajador francés en Alemania André François-Poncet, como el embajador británico Sir Horace George Montagu Rumbold, hicieron a sus respectivos gobiernos sobre la naturaleza del nuevo régimen nazi. También Winston Churchill alertaba acerca del poderío y las ambiciones nazis, declarando una y otra vez que Alemania se estaba rearmando para la guerra. En tiempos más cercanos, con el comienzo de la guerra fría y  la crisis de Berlín, Kennedy había convocado a Dean Acheson, caracterizado por ser un diplomático de línea dura y secretario de Estado del expresidente Truman, para conocer su opinión. Acheson le expuso que con los soviéticos “no podía haber ni negociación ni concesión”. Paradójicamente, en nuestros días, la Unión Europea, a través de su alto representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell Fontelles, exministro de Relaciones Exteriores de Pedro Snchez y miembro del Partido Socialista Obrero Español, continúa promoviendo el diálogo, la negociación y las concesiones con el régimen venezolano.

La Segunda Guerra Mundial estalla en 1939 con la invasión a Polonia, que se hubiera podido evitar si Inglaterra, Francia y los Estados Unidos de América, hubieran actuado oportunamente interrumpiendo el rearmamento alemán. No lo hicieron, y la historia carga con 70 millones de muertes y el holocausto por el apaciguamiento y la contemporización como política de convivencia. Hoy estamos más cerca de la tercera guerra mundial, con la “pequeña variante” de que pudiera ser una guerra nuclear o bacteriológica como la pandemia actual del covid-19, remitiéndose nuevamente la teoría de la anaciclosis, el ciclo de  Megalópolis Polibio (-201-118), todo vuelve a repetirse, porque los sistemas políticos se degeneran, verbigracia: la aplicación de la política del mundo diplomático con el régimen de Corea del Norte y durante estos últimos 21 años con el régimen venezolano, de negociación, diálogo y concesiones.

El diálogo, las negociaciones y concesiones casi pierden al mundo occidental durante el nazismo (1933–1945). Conocemos lo que le costó, ahora la historia intenta llevar el conflicto armado del viejo mundo al nuevo. El apaciguamiento y la contemporización / diálogo y negociación, ha sido la política de entrampamientos permanentes del régimen venezolano, primero transfiriendo a la extinta Coordinadora Democrática y ahora A su extensión, la MUD. Los resultados electorales del 2 diciembre del 2007 y los del 6 de diciembre de 2015, cuando se eligió la Asamblea Nacional, fueron una vaga ilusión. Ahora, con la política del bloqueo por parte de Estados Unidos, concatenado con la convocatoria de la consulta popular vinculante, invocada por el gobierno interino, se hace patente nuevamente el realismo mágico que vivimos, mientras tanto el régimen continúa con la devastación del país, comprometiéndose más y más con factores externos que nos conducirán a un choque de trenes a alta velocidad.

Entre vacilaciones y vacilaciones de la gente, de los políticos y de los partidos se pierde la República. Es hora de la rectificación, de no continuar acompañándolos en un suicidio colectivo, todavía es tiempo para templar el acero. Termino citando a Victor Hugo: “Toda guerra entre hombres es una guerra entre hermanos, la única distinción que puede hacerse es la de la guerra justa y guerra injusta”. Por su parte, Laureano Vallenilla Lanz decía que la humanidad “considera las más justas de todas las revoluciones aquellas que llevan por objeto la emancipación de los pueblos y el acrecentamiento de la dignidad humana”. En su obra Cesarismo democrático explicaba el porqué de la intervención constitucional del  “gendarme necesario”, que el ilustre venezolano Enrique Tejera París, llamaba “el policía o gendarme constitucional”. 

¿Dónde andará Lucio Quincio Cincinato?

Alfredo García Deffendini

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