Desde hace varios sexenios, el estamento nacional que creo haber bautizado algunos años atrás como la comentocracia ha sostenido una relación compleja, contradictoria y mutuamente benéfica con el Estado mexicano. Compuesta por una mezcla ecléctica y en ocasiones excéntrica de la academia, la intelectualidad, los creadores artísticos, un sector de los medios impresos y ahora electrónicos,  parte del servicio exterior o de las tecnocracias en reserva o en retiro, este segmento de la sociedad mexicana ha sido a la vez poderoso y marginal, congruente e hipócrita, íntegro y parte del sistema.

Una de sus características siempre fue ser un puente, en gran medida autodesignado, entre el Estado y por lo menos una parte de la sociedad. En ocasiones era parte del Estado; a veces criticaba al Estado; de vez en cuando incluso luchaba contra el Estado; pero siempre mantenía algún tipo de comunicación con el gobierno en turno.

En cada sexenio, por lo menos desde el general Cárdenas, y en todo caso desde Echeverría, la comentocracia crítica y en particular la intelectualidad de oposición, mantuvo puntos de encuentro con el gobierno. Aún tratándose de uno de los regímenes más represivos y antiintelectuales como pudo haberlo sido el de Díaz Ordaz, desde la Secretaría de la Presidencia, Emilio Martínez Manautou y desde la SEP Agustín Yañez, tejieron todo tipo de vínculos con la oposición intelectual. Como es bien sabido, el director de Petróleos Mexicanos, Jesús Reyes Heróles, y el de la Conasupo, Jorge de la Vega Domínguez,  representaron a Díaz Ordaz en las negociaciones con los líderes estudiantiles en 1968.

En todos los sexenios subsiguientes, varios secretarios de Estado, y con mucha frecuencia el propio presidente de la República, dialogaban con economistas, académicos, escritores, artistas, muchos de ellos opositores, o por lo menos críticos frente a su gobierno. Estos, por su parte, podían sostener cierto tipo de relación con el Estado. A partir del golpe contra Scherer en Excelsior en 1976,  en alguna medida se complicó esta relación, pero nunca dejó de existir. Hacia finales del gobierno de López Portillo, este último acuñó la frase célebre de que “no les pagaba para que le pegaran”, pero el hecho es que muchos de los integrantes de su gabinete sostenían relaciones constantes y mutuamente productivas con buena parte de la comentocracia.

Cada presidente sucesivo lo hizo a su manera: De la Madrid con cierta parquedad; Salinas de Gortari con entusiasmo y a veces con una buena dosis de cinismo; Zedillo con indiferencia y resignación, pero con sentido de obligación; Fox con pereza e indiferencia, pero consciente de la necesidad de hacerlo. De Calderón, no tengo la menor idea, pero en el caso de Peña Nieto sin disponer tampoco de mucha información, sé que sus principales colaboradores frecuentaban a parte de la comentocracia. Peña mismo no; como le dijo a un jerarca priísta el presidente: “para qué los veo si ya sé lo que me van a decir”. Me recordó lo que me dijo una vez Zedillo cuando me invitó a comer a Los Pinos en 1995: “Por aquí desfilan todos diciéndome lo que tengo que hacer. Ya estoy harto”.

Todos estos gobiernos, ya sea a través del presidente o de sus más cercanos colaboradores, conversaban con la comentocracia porque era una manera de captar lo que sentía la sociedad mexicana. No que la comentocracia fuera representativa de la misma; obviamente no lo era, pero constituía una de las cadenas de transmisión existentes y hasta cierto punto eficaces. De ese modo, el presidente y el gobierno tenían más o menos idea de qué pensaba “la gente” o en todo caso lo que pensaba el grupo que formaba opinión a nombre de esa gente. De esta manera, el presidente y sus colaboradores más cercanos recibían información, sensibilidad y sentimientos de la parte de la sociedad que en teoría representaba el estamento en cuestión, con todas las variantes posibles de veracidad, de  representatividad, y de pertinencia.

López Obrador, hasta donde yo tengo conocimiento, no conversa con nadie de la comentocracia crítica u opositora. Salvo dos o tres de sus colaboradores, tampoco nadie de su gobierno lo hace. Pero incluso quienes sí mantienen alguna comunicación con la comentocracia -Ebrard, Cárdenas, Scherer, antes Moctezuma- guardan su contenido para sí mismos; no se lo transmiten al jefe.

En consecuencia, López Obrador desconoce por completo el estado de ánimo de ese sector, que a su vez refleja el humor de la mitad de la sociedad que no lo apoya. Y por lo tanto, López Obrador, a diferencia de todos sus predecesores, ignora la profundidad, la intensidad, el carácter multifacético, del descontento -o incluso del odio- que ese sector le tiene. No son todos los mexicanos, tal vez no sean una mayoría, pero son muchos. Más que los beneficiarios, por cierto, de las 3.000 vacunas que la SRE mandó traer de Europa (Trump parece que no nos quiere tanto), en una tomadura de pelo sin rival a la ilusionada sociedad mexicana. Lo que sigue de bananero.


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