En el ecuador de 2020, en pleno auge del COVID-19 en la región, es momento oportuno para analizar los retos de Latinoamérica más allá de las fronteras de cada país, que, de entrada, en las proyecciones a finales de 2019, no auguraban bombos y platillos en materia económica y social para este continente en el contexto global.

Efectivamente, los organismos internacionales anunciaban un 2020 de dificultades, el Banco Mundial pronosticó un alza del producto interno bruto para este año cercano a 1,8%, una proyección similar a la de Fondo Monetario Internacional, aunque bastante más alta que la de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, que anticipa un aumento de apenas 1,3%, mientras que universidades europeas anunciaban un crecimiento de 1,7%.

Esta ralentización del crecimiento económico expresado en el descontento en la región indican que las sociedades de nuestros países se están cansando porque no han visto progreso económico o social en los últimos siete años, de allí la protesta política que cuestionó a varios gobiernos de la zona en 2019.

Pues bien, en 2020 hemos pasado de ser “la tierra del cacerolazo”, como es señalada por analistas internacionales, a ser el territorio epicentro de la pandemia universal, multiplicada por la precariedad de los sistemas de salud y la ruina de la infraestructura sanitaria reflejo de la pobreza y la miseria, indicador que nos compara con las economías más pobres del planeta ubicadas en África y el Medio Oriente.

Si bien es cierto que ninguna de las economías del mundo ha escapado del impacto devastador del COVID-19, también se debe reconocer su capacidad de absorber la crisis. La Unión Europea disciplinó sus finanzas reorientadas a la recuperación de las economías de sus países integrantes, comprometiendo hasta 35% del PIB en función del objetivo de estabilizar la condición y modo de vida de su población, en un contexto de gobiernos de disímil orientación política que indica la existencia de un liderazgo de visión global.

En nuestra América Latina tan solo México apostó un diferente rumbo, redefinió la ruta del TLC o NAFTA (1994), firmando con Estados Unidos y Canadá el T-MEC, complejo acuerdo comercial que reorienta la producción e intercambio de productos en América del Norte, con líderes de visiones contrapuestas como lo manifestara López Obrador palabras más, palabras menos, en su reciente reunión con Donald Trump: “He venido a este país como nación independiente y no como colonia”.

En el resto de nuestro continente los nubarrones anuncian tempestades, como el crecimiento del desempleo a 60 millones de trabajadores, con un pronóstico según la ONU de más de 50 millones de personas sufriendo el flagelo del hambre para el presente año. No se avizora liderazgo alguno en un contexto de crisis institucional generalizada que dé respuesta a esta calamidad.

Si hablamos del Mercosur, el principal tratado comercial de la región, sus tres grandes motores, las dos mayores economías de la región, Brasil, y Argentina, han estado en problemas, pero poco a poco están tratando de dar vuelta la página y dejar atrás un 2019 lleno de complicaciones, por otro lado la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) (2010), hoy se encuentra dividida entre el Grupo de Lima y los afectos al chavismo, un tanto congraciándose con su origen de confrontación contra la OEA, parafraseada en el discurso castrista como “ministerio de colonias” de los imperios.

En el caso específico de la Venezuela del siglo XXI apostó además de la fracasada Celac, a la promoción del Alba, que desde su origen ha sido una caricatura de acuerdo de integración, del cual se han servido gobiernos satélites del castrismo para acceder a recursos nacionales, sustancialmente petroleros, a cambio de votos favorables en la OEA en defensa de sus posiciones en la región. Lo lamentable fue haber abandonado por los caprichos ideológicos a la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en 2010, el acuerdo de integración en sus inicios más desarrollado a nivel regional.

En definitiva, escenarios hoy paralizados que indican estar incapacitados para asumir una estrategia de conjunto y enfrentar la terrible situación agravada por los efectos de la pandemia, situación que determina a los gobiernos democráticos de América Latina y el Caribe, a explorar puntos de encuentro continental que oxigenen y den respuesta a la tragedia que sacude y precariza la condición de vida de más de 600 millones de seres humanos. Es urgente el surgimiento de nuevos líderes que trasciendan sus fronteras nacionales con una visión global que nos represente dignamente y ayuden a superar la mala hora que nos condena a ser la cenicienta global.


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