Alberto Fernández junto a Ralph Gonsalves, primer ministro de San Vicente y Granadina; Charles Michel, presidente del European Council y Ursula von der Leyen, presidente de la Comisión Europea

Tras la reunión de los mandatarios de Europa y América Latina, junto a la dura batalla dialéctica para redactar la Declaración Final de la Cumbre UE-Celac, ¿qué balance se puede hacer? Si bien en ambas partes se oyeron voces satisfechas, no es momento de caer triunfalismos exagerados. Quizás lo más importante de estas manifestaciones que hablan de éxito o reafirman la voluntad de profundizar la relación birregional es que garantizan los mecanismos para seguir avanzando en el vínculo euro-latinoamericano.

Las palabras autocomplacientes van del entusiasmo moderado de Bruselas y las instituciones comunitarias hasta otras más eufóricas de algunos gobiernos latinoamericanos. Lula señaló contundente: “De todas las reuniones en las que participé con la UE, esta ha sido la… más exitosa… Pocas veces vi tanto interés político y económico de los países de la UE hacia América Latina”.

El mismo sentimiento positivo se dio en la delegación argentina, que vivió como un triunfo estratosférico la inclusión de la “cuestión Malvinas” en la Declaración Final, insistiendo en el cambio de la posición europea: “Es la primera vez que la UE habla de Malvinas… Eso no es poco, es muchísimo”. Y si bien fuentes comunitarias desmintieron posteriormente que hubieran modificado su doctrina, el gobierno intentó presentar la Declaración como un triunfo rotundo.

Es verdad, como apunta Lula, que a diferencia de ocasiones anteriores esta vez hay una mayor atención europea hacia América Latina, tanto de las autoridades comunitarias como de los Estados miembros. Como las alianzas son de doble dirección, habría que preguntarse si el interés es recíproco. Lamentablemente, la respuesta es negativa, dada la lectura unidireccional de buena parte de las autoridades latinoamericanas presentes en Bruselas. Para muchos dirigentes autodefinidos progresistas, la Cumbre de los Pueblos, paralela a la oficial, fue el marco idóneo para criticar al colonialismo y la subordinación de Europa a Estados Unidos.

Según la misma interpretación, el interés europeo es solo económico (materias primas y minerales estratégicos, como el litio), razón por la cual el acento debe ponerse en cuánto obtener de Europa en este momento (apertura de nuevos mercados, incremento del comercio). Si bien es algo legítimo, relega a un segundo plano la contribución de América Latina a Europa y a la conversación global. En ambos aspectos, su aporte podría ser cuantioso, con soluciones que proponer a los problemas mundiales, como la lucha contra las crisis o la inflación.

En cambio, se sigue insistiendo en temas muy manidos, como el extractivismo, la explotación colonial y los remedios milagrosos y revolucionarios. También en la pretensión europea de apostar por América Latina solo para beneficiarse de sus recursos naturales. Mientras Luis Arce, presidente de Bolivia, abogó por “un dialogo sin condiciones, sanciones y mucho menos imposiciones”, Bruno Rodríguez, el canciller de Cuba, denunció la falta de transparencia y la conducta manipuladora de la UE al preparar la Cumbre. En buena medida las críticas de imposición y manipulación se refieren al deseo de condenar la invasión rusa y las violaciones de la soberanía ucraniana y de los derechos humanos, olvidándose del objetivo excluyente de quienes sacan a Putin de la ecuación para no condenar a Rusia.

Por supuesto, la UE necesita minerales estratégicos para su crecimiento y para reconfigurar sus cadenas globales de valor, pero también se mueve por consideraciones geopolíticas y por reforzar la relación con otros regímenes democráticos y liberales.

Tampoco se debe olvidar que China es un importante socio comercial de América Latina, que básicamente compra productos primarios, incluyendo minerales. Pero mientras se critica a Europa su pretensión de condicionar el diálogo con su defensa de la democracia liberal, muchos justifican la posición china de flexibilidad y no condicionalidad, o, dicho de otra manera, de no exigir nada a cambio de sus compres e inversiones y de hacer la vista gorda frente a la corrupción, el autoritarismo y la degradación del medio ambiente.

Al mismo tiempo, la Cumbre plasmó la fragmentación latinoamericana y la imposibilidad de alcanzar consensos en cualquier tema de la agenda regional e internacional. Prueba de ello fue la oposición a condenar a Rusia, sintetizada en la negativa de Nicaragua a firmar la Declaración Final por su tímida referencia a Ucrania. También llamó la atención la descalificación de Lula a Gabriel Boric tras su defensa de Ucrania, al considerarlo un “joven ávido [de protagonismo] y apresurado”, carente de experiencia en reuniones internacionales. En realidad, de estas declaraciones se desprende la imagen de un político desfasado y un viejo cascarrabias incapaz de asumir la menor crítica, es decir, del propio Lula.

A lo largo de la Cumbre se pudo ver la estrategia de la UE para potenciar su relación con América Latina, que pasa por avanzar en la política birregional a través de la Celac, junto a la potenciación de los vínculos bilaterales con aquellos países más interesados en reforzar sus lazos con Europa a través de convenios específicos. También quedó abierta la puerta a la esperanza con un cierre positivo del Tratado de Asociación UE-Mercosur. Sería deseable poder dejar de lado buena parte de las pulsiones proteccionistas presentes en ambas orillas del Atlántico, permitiendo cerrar un acuerdo estratégico y beneficioso para ambas partes.


Carlos Malamud es catedrático de Historia de América de la UNED, España, e investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano.

Artículo publicado en el diario Clarín de Argentina


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