La rápida recuperación que el gigante mostró para finales del año pasado ha sido un evento generador de gran entusiasmo entre las filas oficialistas chinas. Ella ha sido útil para generar confianza entre la ciudadanía y ha servido para mostrar al mundo la fortaleza propia. Pero si nos acercamos a mirar con más detalle las dificultades que el gigante deberá superar en los tiempos que se avecinan, es posible concluir que el jolgorio por la recuperación del ritmo expansivo es algo extemporáneo. Pudiera ser que China esté comiéndose la merienda antes del recreo.

Una verdad palmaria es que una parte sustantiva de la histórica bonanza del gigante en las últimas cuatro décadas ha sido producida por la fortaleza de sus exportaciones. Estas contaban por 64% de su PIB a mediados de la primera década de este siglo. Lo que no es un secreto es que éstas estaban impulsadas por una voraz inclinación al consumo en los países desarrollados unido a bajísimos precios sostenidos por una dramáticamente baja remuneración al trabajo dentro de sus fronteras.

Una caída de alguna significación en la actividad económica de unos cuantos de sus socios comerciales, lo que no es sino la consecuencia de la pandemia que aún azota al globo, anuncia para China retos complejos y reacomodos estructurales. Todavía no es posible determinar con certeza cuan a salvo está el planeta de un retroceso económico de envergadura.

Aun si Estados Unidos y el resto del mundo se colocan sobre sus pies rápidamente China no puede continuar soportando su crecimiento en el modelo exportador que impulsó su crecimiento. Cuánto mejor es la calidad de vida dentro de su geografía, mayor es la demanda por ingresos más altos por parte de sus ciudadanos lo que tiende a producir el perverso efecto de afectar la competitividad de sus productos.

El tema no es nuevo para Pekín y ya desde 2019 sus gurús económicos motivaron el gran golpe de timón capaz de resolver la amenaza de descalabro: una política de estímulo al propio consumo interno se presentó como la gran panacea para enfrentar el futuro. Lo cierto es que, en efecto, sí han logrado hacer escalar la demanda interna significativamente, pero un enorme escollo debe ser enfrentado: el lastre que representa la gigantesca China marginal no permite exponenciar más ese crecimiento, ni podrá hacerlo dentro del corto plazo.

Mientras tanto, el endeudamiento de la banca estatal y de los gobiernos locales no ha parado de crecer dentro del afán gubernamental de otorgar incentivos a industrias ineficientes y con el propósito de suplir la desaceleración de inversiones que ya venía produciéndose para el momento en que estalló el caos sanitario. El Banco Mundial hoy asegura que ningún país en la historia ha financiado tanta deuda en tan poco tiempo sin sucumbir provocando una colosal crisis financiera.

Dicho todo lo anterior lo que hay que concluir no es que China vive uno de sus mejores momentos por haber vencido la debacle de la pandemia. Apenas es posible afirmar hoy que han retornado al punto donde estaban antes del inicio de la hecatombe mundial. Un reciente estudio de GPF Geopolitical Futures asegura que hay plena conciencia de su propia fragilidad al interior del Partido Comunista y hoy se teme, tanto o más que en la etapa precovid, que la inestabilidad dentro de la cual se encuentran puede ser el preludio de una crisis económica que se viene armando y que pudiera encontrarse a la vuelta de la esquina.


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