Foto aporte de Wilfredo Acosta

Por Geog. Wilfredo Acosta Torres,-profesor de la UCV

Estas nuevas tragedias por violentos e inesperados aludes torrenciales en Las Tejerías y El Castaño en el estado Aragua, que se suman a los que han ocurrido este año 2022 en Mérida, Táchira , Miranda, Zulia y otras zonas del país, nos llenan de dolor y sorpresa en  momentos de muchísima debilidad como país, no solo en lo  institucional, sino peor aún, en lo anímico, espiritual, con un profundo desánimo y escepticismo en la gran mayoría de los venezolanos por el destino de nuestra Venezuela. Pero, tan duras circunstancias que nos hacen recordar la traumática experiencia de la tragedia del estado Vargas en diciembre de 1999 son también una nueva oportunidad para aprender a prepararnos mejor para tales eventos naturales. Y esto luce ahora apremiante cuando ya han dado el alerta algunos científicos de que pudiera ocurrir un aumento de la recurrencia de eventos de características ciclónicas (ondas tropicales, tormentas tropicales y hasta huracanes) hacia las costas venezolanas; fenómenos que eran más esporádicos en décadas y siglos pasados.

Mas, es oportuno reflexionar que hay otros países que sufren con mayor frecuencia eventos naturales similares y, de peor intensidad; tales son los casos de Japón, China,  y otras naciones asiáticas que viven en regiones con  un promedio anual de unos 25 tifones (nombre asiático para los huracanes) y donde unos cuatro al año, por lo general, azotan de manera directa el archipiélago japonés. Eventos naturales que, si bien es cierto suelen ocasionar daños, incluso lamentables pérdidas humanas, tales daños son, en proporción a las elevadas densidades humanas de miles de habitantes por km², mucho menos cruentos y traumáticos que los que vienen ocurriendo en Venezuela las últimas décadas. Este contraste se debe a que son muchos años en lo que estos países no solo han venido aplicando medidas preventivas y mitigadoras efectivas, sino también mas eficientes, por parte, tanto de  las instituciones del Estado como de los propios pobladores.

A manera de ejemplo, consideremos que Japón tiene leyes para el control de la erosión, la prevención de inundaciones y deslizamientos desde 1897 (es decir desde finales del siglo 19), una Ley Especial de Cuenta para Fondos de Preparación para Desastres de 1899 y otra Ley de Asociación para la Prevención de Inundaciones de 1908; esto, entre decenas de leyes y otros instrumentos legales para la prevención y gestión de los riesgos socio-naturales. Otra iniciativa japonesa mas reciente y muy pertinente a las deficiencias de la urbanización contemporánea en Venezuela ha sido la promulgación de una Ley japonesa del año 2000 que establece la obligación de construir obras de protección contra aludes y deslizamientos en los nuevos urbanismos.(https://www.ve.embjapan.go.jp/esp/image/ADMINISTRACION%20DE%20DESASTRES%20EN%20JAPON.pdf). Y una realidad mas cercana a nosotros es la de los habitantes de las Antillas del Mar Caribe, como también, los de La Florida y Centro América que se preparan cada año para las duras experiencias de sucesivos huracanes que abaten sus territorios. Cierto es que, en medio de tanta precariedad económica y social en los países antillanos, con frecuencia los daños materiales e incluso las pérdidas humanas ocurren; pero es innegable, que en comparación con nosotros, tales eventos naturales son asumidos como parte de la vida en estas islas caribeñas.

Ante esta realidad, hace falta una actitud más asertiva, proactiva de parte de todos nosotros. Sería muy saludable que las comunidades que habitan en estas zonas de alta amenaza a aludes torrenciales e inundaciones incorporen en su agenda vecinal la gestión preventiva, la preparación mínima adecuada para reducir la vulnerabilidad ante estos eventos naturales. No hemos adquirido la conciencia de que vivimos en ciudades de montaña. Gran parte de nuestras grandes ciudades (la Gran Caracas, Maracay, Valencia, Barcelona-Puerto La Cruz, Cumaná, Mérida, San Cristóbal, Trujillo, entre las principales están emplazadas en valles y planicies que forman parte, aguas abajo, de las zonas montañosas de las cordilleras de la Costa y de los Andes.

Muchas de las medidas y acciones de contingencia preventiva y mitigadora ya son conocidas por los especialistas en riesgos de todo el mundo, pero, en Venezuela no las hemos convertido en hábitos; es decir, necesitamos construir, sin más, una cultura de prevención y reducción de riesgos. Por ejemplo, las comunidades deben preparar con suficiente antelación protocolos de desplazamiento y resguardo provisional hacia aquellos sitios del centro poblado que ya los técnicos con apoyo de  las propias comunidades habrán seleccionado (viviendas de vecinos con mejor protección anti aludes, etc.) e implementarlos cuando se presenten precipitaciones de alta intensidad y  larga duración ( y mas aun, en los meses avanzados del período lluvioso, tal y como está ocurriendo en el mes de octubre de este año 2022). Todo ello, en el marco de la implementación efectiva de los mecanismos de alerta temprana. Es sorprendente  y triste escuchar, con posterioridad  a estos sucesos terribles, que algunas personas  habían percibido algunas señales que mostraban, de cierto modo,  el peligro inminente de la crecida de estos torrentes de montaña, con horas y  hasta días previos a la avalancha súbita de lodo, árboles y rocas; pero que fueron desestimadas por los propios habitantes, sufriendo las terribles consecuencias. Debe haber un cambio de mentalidad de los pobladores  urbanos de las zonas piedemontanas del país.

Las propias comunidades en riesgo a través de sus líderes pueden tomar la iniciativa de invitar a los expertos ambientales de nuestras universidades y entes gubernamentales a dictar charlas, hacer talleres, foros participativos con los habitantes. Tantos estudios magníficos hechos las ultimas décadas no deben seguir olvidados. En las escuelas de Geografía de la UCV y de la ULA, de Ingeniería, Urbanismo y Arquitectura de la USB, UCV, ULA, UNET, LUZ, UDO, Unellez, etc. hay centenares de trabajos de grado, estudios técnicos, etc. que pueden ser llevados a un lenguaje mas asequible a las comunidades.  Debemos ver a geógrafos, ecólogos, hidrólogos meteorólogos divulgando entre la población, por los medios de comunicación la comprensión de como funcionan estos fenómenos naturales y cómo podemos actuar mejor para prevenir y mitigar los daños de tales eventos que forman parte de nuestra geografía vital.

El concepto de cuenca hidrográfica no debe seguir siendo patrimonio exclusivo de los técnicos. No puede ser, por ejemplo, que una persona no sepa que su hogar está emplazado en el tramo bajo de una microcuenca con régimen torrencial; es decir, en un fondo de valle adyacente a un cauce que, aun cuando permanezca seco o con muy bajo caudal por años, es capaz de acarrear inmensas cantidades de agua en pocas horas y, generar estos poderosos aludes torrenciales. Y este desconocimiento craso, no solo afecta a pobladores de barrios urbanos pobres; ya la tragedia de Vargas (Los Corales, Carmen de Uria) y, ahora el reciente caso de Los Castaños muestran que también habitantes con mejores condiciones socioeconómicas adolecen de una adecuada capacidad de respuesta ante estos riesgos socio-naturales.

Establecer institucionalmente e implementarlo como algo rutinario, que en todas las escuelas y liceos de estas regiones del país se incorporen el estudio y la familiarización de nuestros niños y jóvenes con la geografía física de Venezuela y la región tropical americana. Colocar en cada aula el mapa fisiográfico (del relieve) de Venezuela y que sus docentes lo utilicen para que nuestros jóvenes estudiantes vayan comprendiendo las implicaciones de nuestra ubicación en regiones de costa-montaña, con las ventajas y riesgos que esto conlleva. Divulgar las imágenes de satélite que muestran la dinámica meteorológica global de la que forma parte nuestro territorio. Para esto, hace falta el esfuerzo sinérgico de educadores y científicos naturales (hidrometeorólogos, geógrafos, etc.). El desarrollo masivo de aplicaciones informáticas que permiten el despliegue de imágenes, videos, etc. en tiempo real ofrecen una oportunidad educativa de primera mano, que no estamos aprovechando plenamente.

De este modo, es evidente lo indispensable del aporte de todos; no solamente de los entes gubernamentales y de las comunidades, sino también de la empresa privada; es hora de la responsabilidad social empresarial. Y en el mismo orden, es primordial la labor divulgativa de los comunicadores sociales, los educadores, psicólogos sociales y trabajadores sociales (profesionales estos últimos, con extraordinaria capacidad para trabajar en campo con las propias comunidades); cada uno con su aporte, en un esfuerzo plural mancomunado que logre un cambio de mentalidad y, de comportamiento de la sociedad venezolana ante las amenazas naturales que forman parte de nuestra realidad. Nuevamente, estos dolorosos acontecimientos nos exigen a todos respuestas más proactivas y no puros lamentos y acciones momentáneas. Es una nueva lección de la Madre Naturaleza. Nos toca a sus hijos venezolanos aprenderla o seguir sufriendo las consecuencias de nuestra propia indolencia. Es nuestra decisión.


Ambiente: Situación y retos de El Nacional es coordinado por Pablo Kaplún Hirsz

Email: [email protected], www.movimientoser.wordpress.com


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