Triste como la letra de un tango, así es el declive perpetuo de Argentina. Una serie de políticas absurdas e insensatas socavaron el dinamismo económico que ese país había alcanzado a inicios del siglo XX. En aquellos tiempos, Argentina superaba a Alemania y Francia en términos de PIB per cápita. Más impresionante aún, su tasa de crecimiento fue durante cuatro décadas superior a la de Estados Unidos. En cambio, hoy, el ingreso promedio de Argentina ha caído por debajo del de sus vecinos Chile y Uruguay.

En dicho declive tuvo un papel eminente un carismático personaje de mediados del siglo pasado, Juan Domingo Perón. Su discurso populista y nacionalista –inspirado inicialmente en el fascismo de Mussolini–, y las políticas sociales que adoptó para ganarse el apoyo de las capas sociales de bajos ingresos (primero cuando dirigía en los años treinta el Departamento Nacional de Trabajo y luego como presidente de Argentina desde 1946 hasta su derrocamiento en 1955), provocaban la aclamación delirante de las multitudes.

Por populares que hayan sido, las políticas estatistas y proteccionistas que Perón implementó, y los subsidios y gastos sociales insostenibles que instituyó, terminaron gravando fatalmente la economía de ese país, haciéndolo retroceder en dinamismo y competitividad internacional.

A partir de ese momento, la Argentina se ha embarcado en lo que la revista The Economist, en un artículo publicado en 2014 que conserva toda su pertinencia, calificó de “rechazo persistente a afrontar la realidad”. En efecto, la falta de realismo ha sido el principal vector de los programas económicos y sociales instituidos en ese país.

Como muestra de la ininterrumpida influencia del peronismo, basta señalar que, durante los últimos 70 años, es decir, desde el surgimiento de esa corriente política hasta el día de hoy, ningún presidente no peronista ha logrado terminar su mandato.

Para mantener tal influencia a lo largo de 70 años, ese movimiento ha demostrado ser un maestro en el arte de la anfibología política. Cambia de discurso y se ajusta a los gustos y esperanzas de cada época. De la cantilena fascistoide de sus inicios ha pasado a la retórica de la izquierda radical, haciendo un alto, a comienzos de la década de los noventa del siglo pasado bajo el liderazgo del presidente Carlos Menem, en el llamado “consenso de Washington” de corte neoliberal. Todo vale para mantener la popularidad. Pero en cada vaivén, la falta de realismo económico, acompañado de una corrupción pertinaz, ha campado por sus fueros.

Que quede claro, el peronismo no es el único responsable del declive de Argentina. El antiperonismo carga consigo una gran cuota de responsabilidad. En particular cuando los jerarcas militares encabezados por Jorge Rafael Videla dan un golpe de Estado en 1976 contra el peronismo de vuelta en el poder, deponen a la presidente Isabelita Perón (viuda del general Perón) e instauran un régimen dictatorial que se hizo culpable de crímenes contra la humanidad.

En el sombrío legado de Videla y sus cómplices, cabe incluir la descabellada aventura en la que esos militares se embarcaron en 1982 (siendo en aquel entonces presidente el general Galtieri) en pro de la toma de las Islas Malvinas (posesión británica desde 1833), con el objetivo de explotar la fibra nacionalista del pueblo argentino y así ganar popularidad. Aquella guerra creó ilusiones infundadas en muchos argentinos, a quienes se les hizo creer que su país estaba en condiciones de derrotar a la entonces tercera potencia militar del mundo. El irrealismo triunfalista fue así llevado al terreno militar. Después de tan solo 74 días de contienda, amarga fue la decepción.

El más reciente avatar del peronismo produjo estragos incalculables. Ocurrió a inicios de este siglo, cuando, en pleno auge de la ideología de izquierda radical patrocinada (y financiada) por Hugo Chávez desde Venezuela, los esposos Néstor y Cristina Fernández de Kirchner (CFK) retoman las recetas socializantes, con su secuela de expropiaciones, control de precios, impuestos a la exportación y subsidios financieramente insostenibles a las utilidades y el transporte. El kirchnerismo dejó una economía exangüe roída por la corrupción, la fuga de capitales y la inflación.

Afrontar el funesto legado del kirchnerismo exigía terapias de choque (reformas económicas drásticas) que su sucesor, el no peronista Mauricio Macri, implementó solo parcialmente y a costa de su popularidad.

Alberto Fernández, futuro presidente de Argentina

Cual Ave Fénix que renace sin cesar de sus cenizas, el peronismo se apresta a retornar al poder. En las elecciones primarias que se realizaron el pasado 11 de agosto, el candidato del peronismo, Alberto Fernández, con CFK como compañera de boleta (de quien él había sido jefe de gabinete), obtuvo una victoria tan contundente que puede darse por sentado que habrá de ganar las elecciones del 27 de octubre próximo.

Ahora bien, temiendo un retorno de la irracionalidad económica que primó durante el kirchnerismo, la estampida en los mercados financieros no se hizo esperar. En poco tiempo, la moneda local perdió mucho de su valor, la fuga de capitales comenzó y los argentinos de a pie se abalanzaron a sacar sus ahorros de los bancos.

Ante tal estrépito, Alberto Fernández ha practicado la anfibología política típica del peronismo. Comienza esgrimiendo la habitual retórica nacionalista del peronismo y de la izquierda radical, achacándole la crisis al gobierno de Macri y al Fondo Monetario Internacional, haciendo caso omiso del comprensible pánico que suscita su probable ascensión a la presidencia del país. Luego se va de viaje a España, desde donde intenta tranquilizar a los inversionistas extranjeros, jurando que “Argentina dará seguridad a las inversiones extranjeras” y prometiendo que “con la deuda haremos lo que siempre hicimos, cumplir y honrar las deudas que se han tomado”.

A juzgar por el historial conflictivo del peronismo kirchnerista frente a los mercados internacionales, afirmar que actuará como se ha hecho en el pasado es la mejor manera de ahuyentar los capitales.

Alberto Fernández y la tragedia venezolana

Alberto Fernández se ha puesto igualmente a tergiversar con respecto a Venezuela. En unas declaraciones formuladas en julio pasado, reconoce y condena los “abusos y arbitrariedades” que comete el régimen de Nicolás Maduro. Pero semanas más tarde modera su crítica y sale diciendo que dicho régimen no es una dictadura puesto que “fue electo democráticamente”.

Poco le importó a Fernández que, en las elecciones organizadas por Maduro, los principales candidatos de la oposición habían quedado previamente inhabilitados y que el Consejo Nacional Electoral de Venezuela está claramente al servicio del régimen que usurpa el poder en este país.

Tampoco le importó que el informe sobre Venezuela presentado por la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, acuse al régimen venezolano de perpetrar cerca de 7.000 ejecuciones extrajudiciales, torturas a presos políticos (“descargas eléctricas, asfixia, golpizas y violencia sexual para obtener confesiones”), así como otras graves violaciones de los derechos humanos.

Sería interesante conocer qué fuerzas políticas dentro de su propio entorno indujeron u obligaron a Fernández a ser tan condescendiente frente al régimen de Nicolás Maduro.

Alberto Fernández, ¿una nueva oportunidad perdida para Argentina?

El peronismo nos tiene tan acostumbrados a vaivenes inauditos, que uno más no nos debería sorprender. Alberto Fernández, una vez en el poder, puede finalmente dar muestras de independencia y coraje frente al kirchnerismo y la izquierda radical.

De hecho, un precedente existe al respecto. Se trata de la valiente actitud que Fernández asumió al desaprobar al gobierno de CFK (del que ya no formaba parte) cuando dicho gobierno trató de encubrir la responsabilidad del régimen de Irán en el atentado terrorista contra el local en Buenos Aires de la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA).

Por supuesto, una golondrina no hace verano; la encomiable actitud de Alberto Fernández ante el caso de la AMIA podría resultar ser una vaga excepción. Todo está por verse, pues. Lo que sí puede desde ya darse por seguro es que, de la actitud que el futuro presidente de Argentina decida asumir en los planos económico y diplomático, y de su independencia o docilidad ante el kirchnerismo y la izquierda radical, dependerá el lugar que en la historia de su país habrá de ocupar.