El cacique gordo, como llamaban Bernal Díaz del Castillo, López de Gómara y otros compañeros del osado y valeroso conquistador español Hernán Cortés al gobernador de Cempoalla, en la costa atlántica mexicana, no solo se entregó sin una sola muestra de resistencia al extremeño: le regaló en señal de bienvenida algunas decenas de bellas mujeres, bien ataviadas y vestidas con sus huipiles y sus vestidos bordados de flores, que Cortés repartió entre sus capitanes. Entre ellas uno de los más importantes y valiosos instrumentos de su obra de conquista: Malintzin, doña Marina o la Malinche, con quien tuviera el primer mestizo reconocido de nuestra historia, Martín Cortés Pizarro. La Malinche fue la “Lengua”, como entonces se llamara a los traductores, que le permitiera a Cortés comunicarse con las autoridades mexicas, pues hablaba náhuatl y singularmente talentosa pronto hablaría castellano a la perfección. Fue la gran consejera carnal del conquistador. Cuyos compañeros pronto tendrían cientos de hijos de distintos vientres. Había nacido la América española, como la llamara Bolívar. Que jamás aceptó el esquivo invento portugués de llamarla América “latina”.

Ya había fundado Cortés la villa de la Veracruz y desde allí fundaría y legitimaría su empresa de descubrimiento y conquista, obteniendo de los escasos habitantes de la recién fundada ciudad la necesaria legitimidad de su empeño –electo, pasando por encima de las decisiones reales, por sus escasos  habitantes, huestes todos del extremeño, que, basándose en las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, podían nombrar sus propias autoridades pasando por sobre el poder de la Corona, en ausencia, sin mayor legitimidad que su derecho tradicional a que los comuneros se dieran sus propias autoridades– e iniciaría su deslumbrante conquista del territorio mexica, habitado por varios millones de aztecas bajo el dominio de Tenochtitlán, la ciudad lacustre más populosa del planeta.

Leo esta fascinante historia, después de servirme del gran historiador mexicano José Luis Martínez¹, que acompaña la edición de su biografía con la edición de cuatro volúmenes con los propios documentos cortesianos y la maravillosa narración de Bernal Díaz del Castillo², escribano de la partida que acompañaba a Cortés, y López de Gomara, su otro historiador y capellán personal.

Pero la gran obra del historiador británico Hugh Thomas,[i] por cierto admirador y amigo de Rómulo Betancourt, a quien considerara el más grande demócrata latinoamericano de su época, tiene para mí la extraordinaria importancia de medir la deslumbrante y colosal obra conquistadora de Cortés, desde parámetros propios de la moderna teoría del Estado. Así haya nacido a fines del siglo XIV, Cortés ya era maquiavélico y su modernidad lo llevaba a aplicar lo que Thomas Hobbes llamaba los simulacra, vale decir: los engaños con los que un gobernante debía esconder sus verdaderos propósitos de dominación, como un auténtico genio político y militar.

Cortés, en verdad, no los ocultaba. Consciente muy pronto después de su desembarco de que Moctezuma le tenía un terror místico, y que los mexicanos lo consideraban un Dios vengador que volvía por sus fueros, no osaban ni siquiera mirarlo a los ojos. La profecía hablaba de que en ese año, 1519 del calendario cristiano, 1-caña del calendario mexica, propicio según sus códices al castigo de los reyes, vendrían desde el oriente unos invasores blancos y barbados que de inmediato creyeron ser enviados de Quetzalcóatl. Del que Moctezuma se creía legatario mientras él, Quetzalcóatl, estuviera ausente. De allí el patético y lamentable discurso con el que él y su corte recibieran al bárbaro invasor sobre la gran calzada que llevaba a Tenochtitlán; donde saliera a recibirlo después que Cortés aplastara a cholultecas y tlaxcaltecas: “Naturalmente la expedición castellana causó una fuerte impresión. Sahagún describiría más tarde cómo los caballos daban vueltas, avanzaban y retrocedían repetidamente, piafaban con cada alto, sudaban y hacían tintinear los cascabeles que llevaban de adorno; cómo los jinetes miraban atentamente a su alrededor: cómo los grandes perros corrían delante, husmeando los olores desconocidos y jadeando…” Terror puro.

“Señor nuestro te has fatigado…te has dado cansancio: ya a la tierra tú has llegado. Has arribado a tu ciudad: México. Allí has venido a sentarte en tu solio, en tu trono. Oh, por tiempo breve te lo reservaron, te lo conservaron, los que ya se fueron, tus sustitutos…Lo que yo veo ahora: yo el residuo, el superviviente de nuestros señores… Pues ahora, se ha realizado: Ya tú llegaste, con gran fatiga, con afán viniste. Llega a la tierra: ven y descansa; toma posesión de tus casas reales; da refrigerio a tu cuerpo. ¡Llegad a vuestra tierra, señores nuestros!”.

Bernal Díaz del Castillo habla “del gran y solemne recibimiento que nos hizo a Cortés y a todos nosotros el gran Moctezuma”. Fue el comienzo de quinientos años de sumisión. Aún los estamos pagando.


[1] José Luis Martínez, Hernán Cortés, FCE, México, 1990.

[2] Bernal Díaz del Castillo, Verdadera Historia de la Conquista de México, Editorial Porrúa, México.

@sangarccs


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