Faltan 97 días para que los estadounidenses elijan el nuevo presidente de Estados Unidos. Por ahora, el candidato demócrata Joe Biden se perfila como el ganador de esta contienda. Las recientes encuestas le otorgan una ventaja sobre Donald Trump tanto en el voto popular como en el voto electoral que decide los comicios.

Los resultados muestran que cada vez más estadounidenses se suman al rechazo de la presidencia de Donald Trump. En los estados claves en los que triunfó con una ventaja cerrada en la elección de 2016, Biden está ganando con una diferencia de 8 puntos en Michigan, 7 en Pensilvania, 6 en Wisconsin y 8 en Florida, de acuerdo con las cifras de NBC News/Marist Poll.

Este giro subraya la realidad de la situación a la que se enfrenta Trump a poco más de tres meses del día de las elecciones. Es probable que las perspectivas de su reelección estén inextricablemente ligadas al manejo de la pandemia (la emoción del miedo) y a si los votantes creen que el país volverá a la dirección correcta bajo su liderazgo (la emoción de la confianza).

La encuesta de Associated Press-NORC deja claro el gran desafío que tiene Trump en los próximos 2 meses: el manejo de la pandemia covid-19 y el estado de la economía. 8 de cada 10 estadounidenses dicen que el país va en la dirección equivocada en cuanto al control del coronavirus –tienen miedo de que las medidas tomadas por Trump aumenten el número de infectados y muertes–, y 38% de los norteamericanos afirman que la economía está bien, por debajo del 67% que alcanzó en enero, antes de que la pandemia afectara la mayoría de los aspectos de la vida cotidiana de los estadounidenses –29% dejó de confiar en Trump por el cierre de las empresas y la pérdida de puestos de trabajo–.

El gran reto de Biden es mantener activo el voto anti-Trump para que salgan a sufragar el 3 de noviembre, pues su voto duro es menor al de su oponente. Por ejemplo, una amplia mayoría de los partidarios de reelegir al jefe de la Casa Blanca piensan que este “defiende lo que cree” (87%), es un “líder fuerte” (75%) y “capaz” (76%), mientras que los de Biden no opinan con la misma contundencia: “defiende lo que cree” (63%), es un “líder fuerte” (50%) y “capaz” (56%), según los números de Associated Press-NORC.

Por ello, el candidato demócrata necesita el apoyo de figuras claves del partido como Barack Obama y Bernie Sanders, que se conectan emocionalmente con el voto de los negros y los jóvenes (18-34 años). Unos votantes que al no acudir a las urnas en las elecciones presidenciales de 2016 facilitaron el triunfo de Trump. Para evitar que suceda lo mismo en estos comicios presidenciales, es casi seguro que Biden escoja como su candidato a la vicepresidencia a la exembajadora ante la ONU y exasesora de seguridad nacional de Obama, Susan Rice. Y se ha comprometido con ejecutar una gran parte de la agenda propuesta por Sanders en las elecciones primarias del Partido Demócrata –alineada con el globalismo–.

A tal punto que Sanders dijo en una entrevista con MSNBC: “Si [la agenda] se implementa, hará a Biden el presidente más progresista desde FDR (Franklin Delano Roosevelt)”. Un mensaje dirigido a su electorado, integrado por personas de edad comprendida entre 18-34 años.

La agenda demócrata propone eliminar las emisiones de carbono de las centrales eléctricas para 2035, implementar nuevas directrices del uso de la fuerza para la policía, prohibir las escuelas subvencionadas con fines de lucro e impedir que el gobierno federal apruebe contratos a empresas que pagan menos del salario mínimo de 15 dólares. Asimismo, entre una miríada de políticas de inmigración, plantea revertir las que impiden a las víctimas que huyen de la violencia doméstica y de pandillas, así como a las personas LGBTQ+ que están inseguras en sus países de origen, obtener el asilo en Estados Unidos.

Además, señala el fin de las políticas del gobierno de Trump que niegan la entrada con estatus protegido a los solicitantes de asilo. También terminará con el procesamiento de las solicitudes en la frontera y las políticas que los obligan a solicitarla desde terceros países.

En este orden de ideas, un borrador de la plataforma del Partido Demócrata circulado el pasado martes afirma que “Estados Unidos no debe imponer un cambio de régimen a otros países”. En la sección Américas dice: “Rechazaremos la fallida política del presidente Trump hacia Venezuela, que solo ha servido para afianzar el régimen dictatorial de Nicolás Maduro y exacerbar una crisis humanitaria y de derechos humanos”. Y creen que “la mejor oportunidad para rescatar la democracia de Venezuela es a través de una presión inteligente y una diplomacia efectiva, no con amenazas vacías y belicosas sin ataduras a metas políticas realistas y motivadas por objetivos partidistas internos”.

En cuanto a Cuba –uno de los sostenes de la dictadura de Maduro– indica que se “moverán rápidamente para revertir las políticas del gobierno de Trump que han socavado los intereses nacionales de Estados Unidos y han dañado al pueblo cubano y a sus familias en Estados Unidos, incluyendo sus esfuerzos para reducir los viajes y las remesas. En lugar de fortalecer el régimen, promoveremos los derechos humanos y los intercambios entre personas, y potenciaremos a la gente a escribir su propio futuro”.

A 97 días de la elección presidencial, Biden se entrega a Obama y Sanders para asegurar la victoria, mientras que Trump saca fuerzas de flaqueza para mantener la base electoral de 2016 y ver si logra alcanzar los 270 votos electorales necesarios para reelegirse.

El miedo y la confianza serán las emociones determinantes para el triunfo. Por lo que hay que esperar los próximos tres meses para conocer el 46º presidente de Estados Unidos.

 

 

 


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