Avenida Venezuela, es el nombre de la vía que sirve de referencia para ubicarse en el Consulado General de Chile. Es la calle en las que estaban decenas de chilenos que fueron convocados por las autoridades de su país este lunes.

Ya habían guardado sus maletas, estaban en uno de los autobuses que las descargaría en unas horas en el avión de las Fuerzas Armadas de Chile. Mientras, los ciudadanos aguardaban cerca de las puertas del consulado. “Pronto abordaremos los autobuses para ir al hotel”, dijo el personal uniformado.

Estaban tranquilos, aguardaban pacientes y esperaban tranquilamente las instrucciones. No había sollozos, a excepción de una madre con su hijo y estaban a la espera del momento para despedirse. El hijo se había casado hace años con una chilena, le otorgaron la nacionalidad y la mantuvo a pesar de divorciarse.

Este lunes le tocó a Germán despedirse de su madre, con quien había viajado a tierras chilenas hace años, y lamentaba profundamente no volverlo a hacer. Su madre tiene 64 años de edad, además de las dolencias en los oídos que le impiden trasladarse en avión.

No dejaron de abrazarse porque su hijo no sabe cuándo la volverá a ver. Aunque deseara regresar no podrá hacerlo, al menos bajo este gobierno, debido a que recibió amenazas de muerte hacia él y sus hijos, quienes lo acompañaron en este vuelo. Los amedrentamientos iniciaron porque rompió los vínculos que lo unían a una empresa estadal. 

Es por ello que decidieron inscribirse en el Plan Humanitario de Retorno creado por el Ejecutivo chileno, estaban cansados de la persecución y las limitaciones políticas, además de ser sumergidos y ahogados por la situación que enfrenta Venezuela.

La manera en la que recibieron las noticias de que viajarían a Chile fue sorpresiva. El martes recibieron una llamada del Consulado solicitándoles su más pronta asistencia. “Tenemos un vuelo para el próximo lunes, y será el único por este año. Ustedes cumplen con todos los requisitos y queremos mandarlos en este avión. Deben decidir ahora”, les dijo el funcionario consular.

En ese momento, además de la impresión, tuvieron sentimientos encontrados, era una ida precipitada. “¿El lunes? ¿Empacar todo en menos de una semana? ¿Y mi carro? ¿Y mi familia?”, pensaron.

Aceptaron entre lágrimas y la noticia corrió en su círculo familiar. El sentimiento de pérdida se volvió una condena. Irse ahora o nunca y de una manera apresurada, es el dilema que ha invadido a las familias venezolanas desde hace años ante la necesidad de salir en búsqueda de un mejor futuro.

El ajetreo se implantó en sus rutinas por seis días mientras organizaban todo, dejaron poderes legales y distribuyeron las pertenencias. Fue como dejar pedazos de su vida en diferentes lugares y en manos de distintas personas.

A Germán y a sus hijos, dos menores de edad, les parecía irreal que hubiese llegado el día de despedirse de todos sus familiares, a pesar de que gran parte de ellos se encuentran distribuidos por el mundo, incluso en la nación que en unas horas los recibiría con «los brazos abiertos».

Aunque el ambiente estuvo repleto de melancolía, dio una sensación de reencuentro. Los repatriados volverían a ver a sus allegados, y se irían con el objetivo de llevarse con ellos a quienes quedaban en Venezuela. Germán tenía los mismos planes.

El momento de ingresar en los autobuses para ser trasladados al hotel antes del vuelo se dictaminó como una sentencia. Ya no había vuelta atrás, pero si un retorno. Los abrazos se hicieron más intensos y las lágrimas se desbordaron de algunos rostros que habían aguantado hasta este momento. Era la despedida indefinida para muchos, el hasta luego de otros.

El avión llegaría en horas de la noche a territorio venezolano para que a primera hora del 27 de noviembre Sebastián Piñera, presidente de Chile, junto a otras autoridades recibiera al primer grupo de chilenos que dejaron en Venezuela años de vida y de trabajo. “No están solos”, dijo el mandatario cuando anunció que repatriaría a los chilenos que se encuentran en “una situación de vulnerabilidad extrema”.