El reconocido Teatro Colón de Buenos Aires es ahora el nuevo hogar del bailarín Yosmer Mejía Carreño. Optimista, jovial y perfeccionista, el venezolano de 25 años de edad no descansará hasta alcanzar su sueño: presentarse en el Teatro Bolshoi de Moscú.

Mejía nació en San Fernando, estado Apure, pero desde muy pequeño se mudó a Caracas junto con su madre y su hermana menor.

Un paseo escolar al Teatro Teresa Carreño cambió su vida para siempre; además de conocer las instalaciones del complejo en Los Caobos, junto con sus compañeros presenció una clase de ballet. “Fue amor a primera vista”, reconoce Mejía por teléfono desde Buenos Aires.

Luego de quedar maravillado con aquel ensayo en la salas Ríos Reyna, Mejía regresó a casa entusiasmado y con un folleto con información de la compañía de ballet. Quería estudiar ballet, pero su madre se opuso. Sus prejuicios pudieron más que las ganas de un niño con deseos de seguir una vocación. Entonces, no insistió.

Pero la vida de Mejía dio una piroutte cuando a los 13 años de edad se inscribió en la agrupación de danzas folklóricas del Liceo Fermín Toro. Fue allí donde dio sus primeros pasos como bailarín. Pero sabía hacia dónde quería dirigir su energía. Dos años más tarde entró por unos meses en la Escuela Nacional de Danza y luego en la Fundación Ballet de las Américas. Allí se graduó en 2013 como bailarín. Audicionó en el Ballet Nacional Sodre, en Uruguay, donde fue aceptado. Se presentó en Montevideo por un par de años, pero decidió cruzar el río de la Plata y establecerse en Buenos Aires.

“Irme a Argentina fue completamente inesperado. Primero trabajé una temporada con el Ballet Metropolitano y después en el Ballet Nacional. Entré en la compañía del Teatro Colón porque la directora, Paloma Herrera, me vio en una de las clases que tomaba y notó que tenía talento. Yo disfruto mucho bailar aquí y, por supuesto, tengo a mi familia muy orgullosa de mí y de mi profesión, incluso desde lejos”, comentó Mejía.

En su carrera, el bailarín ha participado en varias competencias. En Caracas obtuvo la medalla de oro en el Concurso Internacional de Ballet Clásico; en la Tanzolymp de Berlín recibió medalla de bronce, y en Panamá ganó oro y plata en Star of the 21st Century, además de una beca para la Washington School of Ballet, donde realizó un curso de verano. Con menos presión, se presentó en Moscú y en Lima como bailarín invitado.

“Quiero bailar, quiero mejorar cada día” se repetía  Mejía. El enorme esfuerzo con el que ha ido consolidando su carrera, dice con orgullo, es gratificado con lo que siente cada vez que baila frente a una audiencia que responde enérgicamente de pie con aplausos y ovaciones.

La decisión de desarrollarse fuera del país se debió, en parte, al deterioro y desaparición del ballet en Venezuela. En particular, hace referencia a aquel de la cual se enamoró siendo niño. “Antes de irme trabajé con el Ballet del Teresa Carreño y el Ballet Nuevo Mundo de Caracas. Me duele decir que no vi muy bien a ninguna de esas compañías. Lamentablemente no se le da importancia al ballet clásico. Yo iba al Teresa Carreño y presenciaba más ópera y conciertos de orquesta que presentaciones de ballet. Y eso está mal. Entonces, si realmente quieres bailar como deseas, tienes que hacerlo afuera”.

Actualmente se encuentra preparando su segunda temporada del año en la que ofrecerá El corsario, que se estrena a principios de junio en el Teatro Colón. “Aquí en Argentina se realizan más programas que en Venezuela. Es un trabajo constante. Recién terminé una temporada de Don Quijote, y antes había bailado en unas presentaciones del ballet neoclásico Clear, y fragmentos de El cascanueces, “Adagio” y “Vals de las flores”.

Vive la vida bajo la premisa del aquí y ahora. Por eso no hace planes a futuro. Y tampoco tiene un plan B. Yosmer Mejía se concentra solo en el presente y de esa manera garantiza sentirse satisfecho y feliz con su trabajo. Sin embargo, tiene un deseo muy claro: volver a Venezuela para reencontrarse con su familia y presentarse en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño.