Mi amigo y compañero desde las aulas universitarias, Ramón Guillermo Aveledo, me honra con el encargo de escribir unas líneas, a manera de prólogo de esta nueva obra que viene a engrosar su ya abultada bibliografía. En efecto, 26 libros sobre derecho, política e historia constituyen la expresión de su acabada formación académica y meritoria trayectoria política.

En este caso, Sobre la vida civil. ¿Por qué soy radical? y otros textos humanistas, Aveledo recoge una serie de escritos de actualidad sobre temas de política y literatura, elaborados para diversas audiencias tanto en Venezuela como en el exterior. Los temas transversales que trata en todos estos trabajos tienen que ver con la democracia, la igualdad, la ciudadanía, los derechos humanos y la solidaridad.

Como ya he dicho, conozco a Ramón Guillermo Aveledo desde las aulas de la Universidad Central de Venezuela, cuando iniciamos nuestros estudios de Derecho, y me ha tocado, por suerte, compartir con él responsabilidades parlamentarias y ejecutivas en la política que me permiten calibrar con fundamento sus cualidades humanas y profesionales, que, a mi juicio, lo distinguen entre los más destacados dirigentes políticos de su generación. En efecto, Aveledo ha sido un excepcional parlamentario y dirigente político de vocación disciplinada, en lo que lo ayuda su temperamento equilibrado, moderado, hecho de una pasta particular que le ha permitido poder dedicarse con especial empeño y reconocimiento a labores académicas e intelectuales además de la política. Así ha podido desarrollar una brillante carrera académica universitaria y producir una obra escrita de relevante referencia en la política y el derecho. La escritura ha sido para él una forma de expresar consecuentemente sus ideas y planteamientos sobre las más diversas materias de su interés particular. Lo hace, dice, “por gratitud de lector”, pues para él la lectura “es un festín que te espera, con la paciente fidelidad del texto para calmar un hambre que nunca se sacia”.

Para Aveledo la actividad parlamentaria fue una vocación desde temprana edad y no una circunstancia. Por tanto, se preparó para ello. Por supuesto que llegar al Congreso no fue una tarea fácil, como suele ser en toda actividad político-partidista. Pero, como dice el dicho, “a la tercera va la vencida” y así fue su caso.

Fuimos elegidos juntos por primera vez, ambos a la Cámara de Diputados en representación del estado Lara, en las elecciones celebradas en 1988 y recuerdo aún cómo en el acto de proclamación y entrega de credenciales en el Colegio de Abogados del Estado Lara, en Barquisimeto, le tocó a Ramón Guillermo hablar en nombre de quienes habíamos sido elegidos en las planchas de Copei. En su discurso destacó la importancia de la jornada electoral, el acatamiento a la voluntad del pueblo, la función de ejercer una oposición acorde con los principios democráticos, la fortaleza del debate como fuerza de la democracia sin temor a la búsqueda de consensos y, en especial, hizo énfasis en “el deber de cumplir” con la palabra empeñada en la campaña, a la que no había manera de eludir si se era consecuente con la responsabilidad de actuar de acuerdo con lo ofrecido.

Considero que Aveledo cumple con la mayoría de las cualidades que, según Azorín, debe tener el político. En efecto: la fortaleza, la virtud de la eubolia, el equilibrio, el desdén para el elogio y la fecundidad como dialogante son características que en él están presentes y que lo han convertido en una referencia imprescindible de la política venezolana de su tiempo y un ejemplo para las nuevas generaciones que hoy emergen en la vida pública del país.

En la convulsionada política venezolana Ramón Guillermo se confiesa en estas páginas como un “radical”, no en el sentido del extremista que la cotidianidad le ha dado al término, sino del defensor a ultranza de la democracia y sus principios. Exige con firmeza la necesidad de rescatar el sistema de libertades, el equilibrio de poderes y el imperio de la ley para la reinstitucionalización y el restablecimiento de la democracia en Venezuela. “A nadie debería sonar rara la declaración de un humanista cristiano como políticamente radical”, afirma el propio autor, y es que, en efecto, esa ha sido su prédica y comportamiento en su diario ejercicio de la política.

Nuestro país se ha visto envuelto en los últimos tiempos en una dura batalla política. Depauperadas las ideas e incitado el odio, demonizadas las ideologías, se ha dado paso a un pragmatismo degradante que nos ha sumido en la mayor decadencia social y espiritual de nuestra historia contemporánea. A pesar de esta realidad dramática de nuestra vida política, contamos con hombres como Ramón Guillermo Aveledo, excepciones admirables que han sabido atenuar las diferencias, propiciar los acercamientos, estimular la reflexión para lograr acuerdos constructivos que enrumben la política hacia formas consensuadas y positivas para lograr el bien común, como debe ocurrir en la democracia. Ramón Guillermo Aveledo es el prototipo del político honesto, inteligente, ameno, conciliador y constructor de un mejor destino para el país.

Al considerar algunos aspectos resaltantes de esta obra, el autor nos coloca en varias perspectivas: la de nuestro pasado, agitado e inestable, y nuestro preocupante presente, lleno de incertidumbre, el cual describe con profundo conocimiento. Así mismo plantea proyectos y soluciones consistentes a la crisis venezolana de estos tiempos.

Esta obra es producto de una decantada y dilatada reflexión de la experiencia política e intelectual de un venezolano integral que conoce su país a profundidad, quien, si bien discurre sobre las teorías políticas y el significado transcendente del derecho, lo hace también con admirable conocimiento de las realidades nacionales y con la solidez del destacado pensador que es. Opuesto al fetichismo de la ley, aboga por menos ley y más ciudadanía. La transparencia no es otra cosa para Aveledo que las leyes y su aplicación sean del conocimiento público para que la ciudadanía pueda ejercer el control y el escrutinio que permitan valorar y exigir su justo cumplimiento. Así también se refiere a la necesidad del respeto a los derechos humanos y en especial a un recto ejercicio de la magistratura judicial, apegado a las normas legales y evitando por todos los medios “la judicialización de la política y la politización de la justicia”.

En su primer texto se refiere a “la vida civil” de forma pedagógica cuando expresa: “La vida civil es la vida de la ciudadanía. La vida en común signada por la libertad, regida por la ley, caracterizada por la paz”. A partir de ese concepto esencial para la vida social, Aveledo nos presenta todo un elenco acabado de reflexiones y consideraciones sobre la incertidumbre del caso venezolano. Nos explica magistralmente lo que representa la república, lo que son las revoluciones, lo que es y debe ser un Estado democrático, lo que deben ser los poderes nacionales, el municipio, la ciudadanía y la vida social.

Sin omitir consideraciones teóricas de ciertos conceptos, Ramón Guillermo nos confronta con la realidad del país y examina la conducta del Gobierno contra el parlamento, contra los partidos, los sectores sociales y sobre todo contra la propia ciudadanía, que en el texto adquiere relevancia histórica constante. En ese análisis no escapa al autor la denuncia tanto de la violencia como de la represión política de esta hora menguada de nuestra historia. También refiere la incesante transgresión de los derechos humanos, a lo cual dedica serias consideraciones.

Insiste el autor en la significación de ser demócrata en un momento como el que vive el país, en que se ha roto el hilo constitucional. También en lo que implica cumplir la Constitución por parte de los gobernantes, la relación entre los poderes del Estado y los ciudadanos, el carácter republicano, la misión de la función pública, contraria a lo que ha sucedido con los últimos gobiernos que han acabado con las posibilidades de desarrollo, sumiendo al país y su pueblo en un penoso estado de abandono.

Así mismo aborda el tema militar con especial tino, reivindicando los preceptos constitucionales y criticando con fundamento la perversa tendencia a “militarizar la política y politizar la organización militar” como una consecuencia perjudicial para el país y la democracia. De igual manera aclara que el cambio que se producirá en Venezuela no es en contra de la institución militar, sino, por el contrario, que es “también por ella y deberá ser con ella”. Esta forma de abordar un tema tan espinoso difiere del discurso estridente donde el ataque virulento prevalece por encima del respeto institucional y donde el grito, a veces, pretende imponerse a las ideas.

Una vez realizado ese análisis bien logrado, nos presenta a título de inevitable reflexión los errores del extremismo político, de las contradicciones y ejecutorias de quienes bajo los oropeles revolucionarios han conducido al país por la senda de una lucha política inmisericorde e insensata, donde el abuso de poder y las perversiones del Gobierno se han impuesto. Ello me hace pensar en las palabras de Michel Foucault cuando afirmaba: “Me pregunto no solo si la revolución es posible sino también si es deseable”.

Aveledo nos hace ver los inconvenientes de los dogmas y de la falta de vocación democrática en quienes no aceptan el pluralismo político, la búsqueda de consensos, el diálogo y el bien común, convirtiendo gobiernos elegidos democráticamente en dictaduras, y en tal sentido advierte: “Lo verdaderamente contrario a la dictadura, por radicalmente distinto, no es otra dictadura, sino la democracia”.

La verdadera esencia de la política y la democracia destaca con mérito en el libro. El autor deslinda con brillo lo que ella representa y lo que es la guerra militar, describe con acierto lo que es el liderazgo y qué debe considerarse el buen político, define lo que deben ser los líderes del cambio y los medios democráticos para lograrlo, asume sin complejos la necesidad de la política de diálogo y eventualmente la de negociación.

Como político y hombre naturalmente conciliador, como hemos dicho, valora el diálogo político y social. Destacan en sus apreciaciones abundantes comentarios sobre la actividad parlamentaria cual factor esencial de la democracia y experiencias de colaboración política con extraordinarios resultados. También aborda con solvencia temas actuales como el golpe continuado, la Asamblea Nacional Constituyente, el militarismo y el autoritarismo.

Vale destacar el último de los trabajos agregado al libro, que contiene el discurso que pronunciara en la sesión solemne con motivo del 60 aniversario del 23 de Enero de 1958 en la Asamblea Nacional. Refiere Aveledo en el discurso el relevante efecto que en ese evento tuvo la impronta de la esperanza para los venezolanos de esa época en un futuro promisorio para que la democracia se instalara y abriera sendas de estabilidad institucional, social y económica, que les permitiera desarrollarse en un ambiente propicio para crear, trabajar, producir y progresar en libertad. En definitiva, “el derecho a la esperanza, ese que te llama a tu realización como persona”, afirma. Y bajo ese fundamento lograr atar ese momento con el que vivimos hoy día los venezolanos para que veamos que, a pesar de las vicisitudes, “de nuevo la lucha venezolana es por la esperanza”. Así se reafirma el demócrata que en él habita prominentemente y destaca que es el derecho el que fundamenta el ejercicio de los derechos ciudadanos y democráticos e insta a los parlamentarios a asumir responsablemente su rol para resolver los problemas y corregir los errores. Correspondiéndole además, “defensores de la esperanza”, reafirmando los postulados de su prédica y su actuación como político en estas horas aciagas de nuestra historia.

En los textos sobre literatura incluidos en este libro se nos revela el Aveledo lector, al que ya nos habíamos referido, acucioso y cultivado porque no se limita solo a los temas relativos a la política o al derecho, sino a todo aquello que llama su atención, todas las disciplinas de la creación intelectual. Y desde la lectura cultiva el oficio de creador como una labor de exigente mandato. Al leer los textos sobre Bello, Garmendia o sobre la lectura y la escritura, advertimos al intelectual integral que hay en Ramón Guillermo. Las exigencias de su labor de escritor reflejan una lúcida inteligencia que expresa con rigor el análisis de los temas con comprensión de las figuras y los textos que aborda. Es consciente de que en su labor de escritor debe establecer un diálogo con el lector para lograr una comunicación diáfana, ya que a ellos se debe.

No podía faltar en un trabajo de variados temas el lado humano del autor, su condición siempre presente e irrenunciable de larense y de venezolano integral, quien se define como un hombre optimista que, a pesar de los avatares de su vivencia política llena de dificultades en sus largos y constructivos años, tiene una profunda fe en el destino de la Venezuela democrática.

Aquí tienen pues los lectores una gama de temas que son de absoluta actualidad, que llaman a la reflexión y a la discusión de las ideas expuestas con inteligente claridad, para entender las experiencias vividas y las posibilidades reales de salir adelante ante la incertidumbre del porvenir.