Nacido en Caracas, en 1981, es narrador, licenciado en Letras, profesor universitario, autor de tres libros de relatos y una novela. Lector por vía materna y poeta adolescente por vía de los amores ingratos. Narrador en cuya obra convergen la violencia de una ciudad intratable y la propia literatura como posibilidad desencadenante de locura y obsesiones.

La edición de su primera novela, The Night (2016), coincide con su estancia en París, donde lleva viviendo los primeros seis meses de un doctorado que debe completar en la Universidad Sorbonne Paris XIII sobre la obra de Juan Carlos Méndez Guédez. La novela circulará en cuatro países: España, Francia, Holanda y República Checa, publicada por editoriales de reconocida selectividad. Rodrigo está en un café de la rue Daguerre, casualmente una de las calles que configuran la geografía de The Night. Pausado, delgado, muy alto, si la cadencia de su caminar pudiera ser representada, sin duda sería con una línea recta. En medio de esa serenidad, de esa placidez casual, casi flemática, tuvo lugar esa detonación que es The Night, un texto que semeja un terremoto tras el cual nada queda donde siempre estuvo y nada vuelve a ser lo que antes era.

La casa

“Crecí en una casa de muchas mujeres, con mi mamá y Gabriela, mi hermana mayor. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía como dos años. Mi papá siempre estuvo presente, pero no tengo recuerdos de él en la casa. Mi mamá, mi hermana y yo vivíamos en La Pastora, y a cinco minutos de allí, en los bloques de San José del Ávila, vivían mi abuela Yolanda y mi tía Tibisay. La base de mi casa siempre fue femenina. Mi mamá es médico y, cuando estaba de guardia, quienes nos cuidaban a mi hermana y a mí eran mi abuela y mi tía. Así que yo puedo decir que tuve tres madres. Y cada una me alcahueteaba cosas distintas”.

En la trama de ese hogar fue acaso donde se fundó la valoración masculina de la mujer, tan nítida en su obra. “A las mujeres hay que tratarlas bien, aunque te traten mal. Hay que seguirlas hasta el fin del mundo, quererlas y respetarlas, aunque luego no te dejen entrar. Hay que invitarlas a un trago y salir corriendo cuando se acerque el marido. Hay que volverlas locas con nuestra indiferencia, solo para justificar versos que son el más encendido homenaje desde la distancia”, propone una de las voces de la polifonía que da estructura a The Night.

Pero vivir en La Pastora no solo implicaba la circunstancia afortunada de estar cerca de la familia. Desde la infancia de Rodrigo, ya se dejaba sentir el deterioro de esa zona de la ciudad, acosada por la violencia como tantas otras. “Para mí La Pastora fue siempre un ambiente muy hostil: era muy inseguro y, a medida que pasaba el tiempo, se volvía más peligroso. Yo tenía muchas frustraciones, porque durante el bachillerato a veces no podía ir a fiestas en casas de algunos amigos y regresar de noche: era un riesgo. Recuerdo que yo tenía mucho resentimiento de estar viviendo allí: eran muchas las limitaciones. Pero en 1997 nos mudamos a Santa Inés: éramos mi abuela, mi tía, mi primo, que ya había nacido, mi mamá, mi hermana y yo. Una familia que había crecido junta finalmente estaba bajo un mismo techo. La mudanza coincidió con mi entrada a quinto año de bachillerato, que es el año de las fiestas. En Santa Inés viví hasta el año 2010”. Esboza su relato con gratitud íntima, quieta. Un goce inmóvil resulta visible por encima de su introversión. Las imágenes que ha dejado en el aire las recoge con una frase breve y contundente: “Yo vengo de ahí”.

Su madre, Minerva Calderón, es psiquiatra; su padre, Mario Blanco, cardiólogo. El ejercicio profesional de ambos tuvo una gran incidencia en la vida y obra de Rodrigo. Se podría inferir que el psiquiatra Miguel Ardiles, personaje de sus cuentos y también de su novela, debe mucho a los conocimientos de la madre de Rodrigo, quien por más de veinte años trabajó como psiquiatra forense. Por otra parte, el desempeño académico de su padre, profesor de la escuela Vargas de la Universidad Central de Venezuela, llevó a Rodrigo a otro de los ámbitos de su formación: el colegio para los hijos de los profesores de la UCV, donde estudió desde el jardín de infancia hasta quinto año de bachillerato. “Mis primeros amigos fueron los del colegio. De ahí vienen amistades muy fuertes, que aún están presentes. Como tuve la suerte de estudiar allí toda mi vida, yo nunca fui nuevo. Nunca tuve esa inseguridad. El colegio fue para mí como una segunda familia. Tengo una especie de seguridad afectiva muy fuerte, y eso viene tanto de mi familia como de mi colegio”.

Literatura por vía materna

En su casa siempre hubo un aprecio muy grande por la literatura y los libros. Su mamá y su tía eran lectoras consistentes. Recuerda que en la adolescencia, quizás con la excusa de alguna tarea escolar, Minerva le leyó poemas de César Vallejo. En una casa donde se practica el diálogo y se vive el afecto, las pasiones se respetan, se observan y, en el mejor de los casos, se contagian: “Yo veía el entusiasmo de mi mamá con la obra de Alfredo Bryce Echenique. Recuerdo que un día, en 1994, regresó contentísima porque lo había visto en el CELARG. Mi mamá se gastó su primera quincena como médico profesional comprando El cuarteto de Alejandría, de Durrell”.

En cierto momento de la adolescencia de Rodrigo, Minerva entró a estudiar Letras en la UCV. Y aunque solo pudo cursar un semestre, porque su trabajo la absorbía por completo, Rodrigo tuvo la oportunidad de leer el pensum de la carrera. Con gran asombro descubría que había una profesión donde solo se leía literatura.  

La tarea

Cursando el segundo o tercer año de bachillerato, en una clase de Castellano y Literatura, la profesora Lusimna Marcó leyó a sus alumnos el Credo de Aquiles Nazoa. Luego de compartir la lectura, la docente pidió a sus estudiantes que escribieran, en casa, su propio Credo, emulando el poema de Nazoa. En la historia personal de Rodrigo, este pareció ser punto de inflexión. “He debido ser uno de los pocos que hizo la tarea. Y no solo la hice, sino que expresé todo con metáforas. Me acuerdo que decía: “Creo en la amistad, el lago cristalino en el que me baño todos los días”. Todo muy ingenuo, claro. Pero cuando me tocó leerlo en el salón, todo el mundo estaba como encantado, incluso conmovido. Luego lo llevé a casa y también lo leyeron. Les gustó mucho. Allí fue que descubrí que yo podía tener una habilidad para eso”.

De esa vocación, y de lo que con mucho recato Rodrigo llama “habilidad”, su madre nunca tuvo la menor duda. Y cuando alguien le preguntaba a Minerva de qué iba a vivir si su hijo se dedicaba a la literatura (para muchos la escritura es sinónimo de precariedad), ella daba una respuesta desenfadada y, al mismo tiempo, llena de fe y pragmatismo: “Lo voy a mantener yo hasta que él se convierta en un gran escritor”.

En lo que respecta a su padre, al principio no estaba muy convencido de que su hijo estudiara Letras: “No al punto de oponerse, porque él no actuaba así, pero sí de exponer sus dudas. Apenas empecé a estudiar, se dio cuenta de que yo estaba contentísimo, y por consiguiente también él lo estaba. Cuando me convertí en profesor universitario, él sintió mucha alegría. Afortunadamente, no provengo de una casa donde se haya satanizado la literatura o la escritura. Ocurría más bien todo lo contrario”.

Pasado el revelador evento del Credo, Rodrigo escribió algunos poemas vinculados a la circunstancia, siempre frecuente en la adolescencia, del amor no correspondido. Un día Minerva leyó esos poemas y le comentó lo que pensaba. Lo animó entonces a participar en el Premio de Poesía para liceístas que organizaba la Casa Pérez Bonalde. “Era la octava edición del Premio. Mandé un poema y quedé entre los finalistas. A partir de allí, entré en una dimensión más grupal de la literatura. Conocí a otros jóvenes como yo, a quienes también les gustaba la poesía, e inmediatamente conformamos un grupo literario. Eran las primeras amistades que yo tenía fuera del colegio, y eso ya me hablaba de otro mundo. El día de la entrega del Premio conocí a Florencio Quintero, que estaba sentado a mi lado. Como había ganado el Premio el año anterior, le tocaba entregarlo al ganador de ese año, que fue la poeta Beatriz Opitz. En esa época conocí también a Christian Díaz Yepes, gran poeta venezolano, sacerdote, que escribe poesía mística. Conocerlos fue darme cuenta de que la literatura también tiene una dimensión fraternal”.

De aquel día de la premiación, Rodrigo solo guarda un recuerdo incómodo: el acto tenía lugar al mismo tiempo que se desarrollaba la ceremonia inaugural del Mundial de Francia, en 1998.

El fútbol

“Desde los tres como hasta los once años, jugaba en el equipo de fútbol de mi colegio. Teníamos entrenamientos dos veces por semana. Mi colegio cumplía turno en la mañana y en la tarde; así que dos veces a la semana los del equipo teníamos la suerte de que nos llevaran al campo de fútbol del Colegio de Médicos de Sebucán. En el equipo se mezclaban niños de distintas edades, lo que daba lugar a una especie de grupo paralelo. Para mí era una gran emoción los juegos de los sábados. Me paraba muy temprano, me desayunaba en mi casa o en casa de mi abuela, y luego venía mi papá y me preparaba psicológicamente para el juego. Recuerdo que cuando llegó el Gatorade a Venezuela, mi papá me decía que era un producto nuevo que te daba energías; yo sentía que me estaba tomando una espinaca de Popeye. Para mí el futbol fue importantísimo, y no solo cuando era niño. Fue la primera forma de disciplina voluntaria que tuve”.

“Yo era delantero, y de los buenos, goleador del equipo. Esa es una nostalgia que tengo. El fútbol se acabó porque en bachillerato no había equipo. Intenté jugar en los equipos de otros colegios, pero nunca fue lo mismo. No me gustaba y lo fui dejando. Siempre hice mucho deporte: natación un par de años, y también básquet. Luego intenté jugar béisbol, pero era muy malo. Me gusta mucho ver deportes: soy fanático del Real Madrid. Mi mamá también ha visto mucho deporte: con ella me quedaba despierto en la madrugada para ver las finales de los Chicago Bulls cuando jugaba Michael Jordan. Los seis títulos de Jordan con los Chicago Bulls los vimos juntos porque nos encantaba”.

Convertirse en escritor

“La primera influencia literaria que me marcó de manera ya muy consciente fue la obra de Alfredo Bryce Echenique. Leí varias de sus novelas entre los quince y los dieciséis años. Recuerdo cómo me divertía, cómo me reía hasta las lágrimas con La vida exagerada de Martín Romaña. Eso fue muy importante: descubrí que la literatura podía ser muy divertida, podía tener desparpajo. No tenía por qué ser una cuestión solemne”.

“Pero mi verdadero antes y después fue la lectura de Ricardo Piglia. En 2001 leí Respiración artificial, y gracias a esa lectura yo empecé a escribir algunos cuentos, que luego formaron parte de mi primer libro. Fue como ponerme en la pista de lo que yo quería escribir. Parte de la importancia de Piglia fue que me llevó a leer a Borges de una manera distinta a la que aprendemos en la universidad. Borges también es una lectura fundamental, al igual que Juan Rulfo, la poesía de Cadenas, la obra de Ramos Sucre, la obra de Darío Lancini. Entre los 20 y los 24 años para mí fue fundamental la obra de Francisco Massiani, que es el narrador venezolano al que vuelvo con más frecuencia: me conectó con unas técnicas y unos temas que para mí están vigentes todavía”. Sería justo acotar que, en la edición francesa de The Night, otra referencia se asoma como principal cuando describe al autor como “uno de los primeros de su generación que avanza con éxito sobre las pistas abiertas por Roberto Bolaño”.

A los 24 años publicó su primer libro de cuentos, Una larga fila de hombres, que obtuvo el premio de autores inéditos que daba Monte Ávila Editores en aquellos años. En 2006 gana el concurso de cuentos de El Nacional con “Los golpes de la vida”. En 2007 publica su segundo libro de relatos, Los invencibles. En 2010 obtiene el segundo lugar en la mención “Cuento” del Certamen Internacional de Literatura Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, de México, que luego da pie a la publicación en 2010 de su tercer libro de cuentos: Las rayas.

Dice inscribirse en la borgiana tradición que ve en la literatura el tema de la literatura: “Me gustan los autores y los libros que hablan de otros autores y otros libros. Me gustan los personajes que se vuelven locos o que se pierden simplemente por el efecto de una lectura. Me gustan las historias de los escritores raros, de los escritores malditos, de los escritores perdidos. Y además, termino conectando eso con el contexto del que yo vengo, que es la Caracas tildada por algunos estudios como la ciudad más violenta del mundo. No sé si lo sea, pero seguramente sí es una de las más violentas. Todo lo que yo escribo está empapado de esa violencia”.

Como cualquier caraqueño, Rodrigo ha experimentado la violencia en carne propia, pero también tuvo acceso a una cierta forma de pedagogía del crimen y del horror. En la dinámica familiar de la que proviene, donde tanto espacio había para cada uno en la vida del otro, fue natural que llegara el día en que Minerva, psiquiatra de la medicatura forense de Caracas, compartiera con sus hijos parte de su cotidianidad profesional. “Yo he estado en contacto con ciertas visiones de la realidad que probablemente mucha gente no conoce. Y esto porque el oficio de mi mamá era muy particular: ser el psiquiatra de los asesinos o de las víctimas. Mi mamá nos hablaba de sus casos como psiquiatra forense, pero muchas veces eran los que uno veía en el periódico, crímenes muy conocidos. A ella le tocaba ver a esos personajes, y eso era parte de nuestro día a día. En esos momentos, esas historias no se convirtieron en relatos míos, pero se me quedaron grabadas. Inclusive mi mamá, cuando ha leído mis cuentos o cuando leyó la novela, me ha dicho que ella misma no se acordaba de esos casos. Para ella ha sido una sorpresa encontrar esas historias, pero también lo ha sido para mí. No ha sido algo premeditado. Hoy en día tengo la certeza de que Miguel Ardiles, mi personaje, está en una posición muy provechosa para conectar con el tipo de historias que me interesan”.

La atracción de Rodrigo hacia los escritores perdidos o malditos se extiende hacia otros artistas: “En el campo de la música, me atraen este tipo de personajes, pero quizás no los muy  publicitados, como Jim Morrison o Kurt Cobain, sino los menos conocidos, como Mark Sandman. En el campo de la plástica, me interesan las vidas atormentadas, como la del pintor Théodore Géricault. Y en Venezuela, me atrae muchísimo Miguel von Dangel. Es muy interesante ver en todos ellos la complementariedad entre vida y obra”.

Cuando trata de definir su arte o poética, se renueva una sensación de paradoja. Con esa serenidad que ya se ha vuelto risueña, asegura: “Para mí escribir es básicamente callar las voces que tengo en la cabeza. De esa manera confío en que la historia se convierta en una experiencia de vida para alguien más”.

Ya ha contado que, junto a la violencia, la literatura es el tema de su propia literatura. Y ella es, también, la motivación que los sostiene, tanto a ella como a él: “Mi motivación para escribir está en los libros que quiero escribir y en los libros que quiero leer. Desde que empecé a escribir, he tenido una especie de motor que siempre está ahí, empujándome. Inclusive en los momentos en que yo he estado atravesando alguna mala situación personal, o en los momentos en que me he sentido mal por el país, mi escritura ha sido siempre un norte y un motor. Ella me dice que, mientras esté ahí, todo lo demás es sostenible. Me he dado cuenta de que, a medida que voy escribiendo, lejos de agotar las historias, descubro todo lo que me falta por escribir. La escritura es un motor en sí mismo, que se alimenta a sí mismo, y al que uno responde por razones que son misteriosas. Yo simplemente no puedo dejar de escribir, porque me quedaría sin buena parte de lo que me motiva a vivir”.

Frases e imágenes

“Si tuviera que elegir una frase que defina mi vida, pensaría en el fluir, en la fluidez”. Y la fluidez parece continuar en el presente que vive, recién casado con Luisa Fontiveros, comunicadora social y artista plástico, y viviendo en París como investigador y escritor. “Siento que estoy en un momento de estabilidad. La tragedia de la vida nacional me la he tragado completa, y yo necesitaba tener una pausa en todo eso para poder dedicarme mejor a leer y a escribir. Afortunadamente tengo esa posibilidad ahora. Aquí en París, Luisa y yo tenemos la posibilidad de vivir solos en un apartamento, lo que en Caracas no hubiéramos podido hacer. He podido asistir a los lanzamientos de mi novela en España y Francia. Y están saliendo muchas invitaciones para promover mi trabajo. Digamos que estoy en un momento de madurez y de energía que es proclive para todo esto. Pero por más que esté en otro país y en mis proyectos, yo no me despego de Venezuela. Ahí está la familia de mi esposa y mi familia. Nosotros no estamos padeciendo privaciones todos los días, pero ellos sí”.

“Si pienso en una imagen para Venezuela, sería la de un circo sin pan”. Los parisinos de la rue Daguerre han decidido desconocer la impertinencia del cielo gris en plena primavera. Toman las calles que el fin de semana tiñe de palabras, vino y sonido de acordeón. De nuevo gana el deseo de ciudad. La silueta de Rodrigo va encontrando vetas por donde deslizarse entre la gente, hasta que la rue Daguerre termina de tragar su andar sosegado y su silencio.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.