En noviembre de 2005 la ONU estableció el 27 de enero como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. La fecha recuerda la liberación de Auschwitz, emblemático campo de exterminio, ubicado en Polonia. Lo que conocemos como Auschwitz era en realidad un sistema de campos, donde se realizaban trabajos en condiciones de esclavitud y donde se asesinaba de forma industrial. En Auschwitz-Birkenau fueron asesinados más de un millón cien mil judíos. Se les conducía a una cámara de gas, donde la acción del Zyklon B causaba la muerte. Luego se introducían los cadáveres en hornos gigantescos hasta convertir los cuerpos en cenizas.

Lo que conocemos como El Holocausto es la materialización del odio al pueblo judío, que es un fenómeno que ha sido rastreado por los historiadores hasta los albores de la Edad Media. En 1919 –todavía faltaba más de una década para que accediera el poder en 1930– Hitler escribió en una carta en la que sostenía que los judíos eran “una tuberculosis racial”, que debía ser expulsada de Alemania –a pesar de que los judíos eran menos de 1% de la población alemana–.

Las matanzas realizadas por nazis y por colaboradores civiles tuvieron lugar en una vasta región de Europa. Fueron ejecutados en cualquier lugar y circunstancia: casas, calles, comisarías, campos, bosques, vehículos, hospitales, galpones industriales, cementerios, plazas, estaciones de tren y cámaras de gas; bajos todas las modalidades que es posible imaginar –incluyendo el enterrarlos vivos en zanjas–, con todo tipo de armas. El resultado: alrededor de seis millones fueron asesinados. Seis millones de personas judías. Nadie debe olvidar que el objetivo del Tercer Reich era exterminar al pueblo judío. Erradicarlo. Desaparecerlo para siempre. Debo añadir que los nazis, además, persiguieron y asesinaron a integrantes del pueblo romaní (gitanos), a homosexuales, testigos de Jehová, comunistas, socialistas y a simples disidentes. También esas víctimas son parte del Holocausto.

Esta es una de las cuestiones esenciales: en las matanzas participaron civiles de varios países. Personas como usted y como yo: profesionales, estudiantes, trabajadores, abogados, contables, ejecutivos de empresas, religiosos, comerciantes, médicos, docentes, campesinos e industriales. Decenas de miles de personas en campos, pequeñas y grandes ciudades, salieron a matar judíos. Se convirtieron en asesinos, sin que nada haya anticipado que ello podría ocurrir. En algunos casos, personas como usted y como yo salieron de sus casas a torturar y liquidar a vecinos de su calle. Esta es una de las cuestiones sobre las que es imprescindible pensar: lo próximos que estamos los humanos del ejercicio directo y feroz del mal.

La otra cuestión sobre la que es necesario llamar la atención: el silencio que rodeó y protegió una matanza tan extendida y reiterada. No solo el pueblo alemán: varios millones de europeos guardaron silencio. Nada hicieron por impedir ni la persecución ni la atrocidad de las prácticas de exterminio. Hicieron silencio ante el más atroz genocidio conocido por la humanidad.

En las últimos quince años –me refiero solo a este período porque es el tiempo en el que he hecho decenas y decenas de lecturas sobre este tema– se ha producido una exhaustiva y extensa revisión del Holocausto. Se han abierto museos, realizado centenares de documentales y películas, publicado varios miles de libros en decenas de lenguas. Historiadores, filósofos, sicólogos, sociólogos, periodistas, politólogos, críticos de arte, arquitectos, militares, teólogos, biógrafos, víctimas y victimarios, han sumado hipótesis, conocimientos, datos y documentos que, en su conjunto, se proponen contestar a la pregunta revulsiva, inasible y sin final, de cómo fue posible que, en plena modernidad, en el corazón de la culta Europa, una incalculable y organizada maquinaria de la muerte se pusiera en movimiento y fuese capaz de acabar con las vidas, una a una, de seis millones de personas.

¿Por qué hay que pensar en El Holocausto?, es la pregunta que he formulado en el titular del suplemento especial de IDEAS+. Respondo: porque el genocidio del pueblo judío –que fue precedido por el genocidio del pueblo armenio a manos de los turcos, pero que reapareció en Camboya y Ruanda, por ejemplo– no se ha cerrado. Casi noventa años después del acceso de Hitler al poder, testimonios, documentos, estudios y conocimientos, siguen apareciendo, produciéndose y generando profunda inquietud al lector sensible. Es tal la atrocidad de los crímenes cometidos –millones de asesinatos, cada uno portador de su especificidad– que no hay manera de cerrar el expediente, como muchos quisieran.

Tenemos que volver a El Holocausto porque se trata del más radical acontecimiento desde el que pensar nuestro vínculo con el mal; volver porque las formas del mal consentido, de las que habla el pensador español Aurelio Arteta, están cada vez más extendidas; volver, porque de lo que ha sido llamado el pensamiento post Auschwitz, han surgido cuestiones esenciales, como por ejemplo, la formulación de las figuras del Perpetrador, el Testigo y la Víctima, que nos incitan a pensar sobre el lugar que cada uno de nosotros ocupa en el mundo.

Auschwitz nos abre caminos para pensar en fenómenos y realidades humanas como el carisma, la masa, la propaganda, el silencio cómplice, la memoria, la víctima, la responsabilidad personal, la culpa, el racismo, el pueblo, el expansionismo territorial, la violencia de Estado, el verbo injurioso, el predominio del más fuerte sobre el débil, el pensamiento único, el nacionalismo, el mal político, el fanatismo, la militarización, los prejuicios, el crimen imprescriptible, el delito de lesa humanidad, el genocidio, la xenofobia, el islamismo radical, el terrorismo, la manipulación genética, el trauma, la legitimación de la violencia, la biopolítica, la aspiración a purificar el orden social, el antisemitismo, el desprecio por lo diferente, el esclavismo como forma de producción, el monumentalismo, la sofisticación de las armas y las formas de matar, el populismo de masas, la voracidad totalitaria, las luchas por las materias primas, los movimientos neonazis, la obediencia servil a las estructuras militares y corporativas, los extremismos religiosos, la pena de muerte, la locura del yihadismo: Hitler está muerto, pero no sus vertientes.

Digo que hay que volver a Auschwitz –leerlo, pensarlo, interiorizarlo, debatirlo– porque, siendo un acontecimiento ya pasado, está inscrito en nuestro presente y en nuestro futuro. Y, con esto cierro, no limitado al pueblo judío, sino a la humanidad entera. O, todavía más específico, a la condición humana. Porque de eso se trata, a fin de cuentas: que el genocidio fue cometido por humanos. Insisto: personas como usted y como yo.


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