Nieve antigua, el cuarto libro de poemas de María Sotomayor, obtuvo en 2017 el IX Premio de Poesía Joven Pablo García Baena por unanimidad de un jurado reunido por la poeta y editora Elena Medel y compuesto por Oriette D’Angelo (Venezuela), Carmen Juan (España), Natalia Litvinova (Argentina), Paloma Reaño (Perú) y Sara Uribe (México). La decisión no fue nada equivocada, pues estamos ante uno de los trabajos poéticos más destacados de los últimos años.

El poemario se inscribe en una de las tendencias de la nueva poesía española que, a falta de otra denominación mejor, podemos llamar poesía de las raíces por lo que supone de indagación en la propia genealogía hasta llegar a lo esencial, y no da tregua al lector con su desarrollo desligado de lo racional, suspendido en una versificación sin puntos ni comas, en vilo.

En todo caso, María no es una poeta críptica. La posible dificultad se compensa con su marca de ternura concentrada en un mundo familiar y cotidiano en el que nos reconocemos, aunque en determinados momentos nos sintamos como ante un paisaje daliniano: “solo quiero mirar de cerca desde un solo ojo / a los animales y mujeres dormir en un cesto de fruta / en un amanecer que sobre la mesa es una ventana / abierta / o la otra mitad de un lugar donde ahora está lloviendo”.

Una de las claves de estos poemas es su cromatismo. El primer tercio del libro está cubierto de blanco con pinceladas de amarillo. La nieve y el sol, el hielo y los focos de luz (farolas, faros, fósforos) son emblemas del tiempo dormido y de su despertar, momentos que en ocasiones convergen y nos regalan destellos como “el invierno de oro” y “el dolor brillante del invierno”.

Según avanza el libro, aparecen nuevos colores dentro de la misma gama de fríos y cálidos, como “la nada soy yo sentada en esta silla azul / con fondo azul” o los zapatos rojos “recién pintados” de una niña que gira como un trompo y “solo en ella parece estar la lámpara encendida”.

Así se suceden estos y otros motivos recurrentes hasta la culminación del poemario, destacando las imágenes hogareñas del pan y las manos, el acto entrañable de dar de comer a los seres queridos, siempre en el pequeño núcleo de abuela/madre/hija al que se vinculará, con la edad adulta, el amante con el que reproducir los afectos recibidos en un nuevo reducto del amor y sus cuidados.

De esto modo, la poeta apela a los hombres –los “hombres justos”, frente a los “hombres débiles”– para incorporarlos a una herencia de valores que ya no son o no serían, exclusivamente, femeninos. Esta es una de las lecturas que podemos extraer de Nieve antigua, así como su comprensión de los mecanismos sanadores del tiempo que, cuando pasa inadvertido, oculta el hambre, el miedo o la culpa pero que, necesariamente, debe acabar revelando su dolor –y su belleza– bajo el “vestido blanco” de un silencio de generaciones.