Nelson Rivera, en “Prólogo” a La gran regresión. Crónicas de la desmemoria venezolana (2000-2016) (Caracas: Universidad Católica Andrés Bello / ABediciones / Konrad Adenauer Stiftung, 2017), del narrador, ensayista, columnista y gerente cultural Antonio López Ortega, apunta en el inicio: “Este libro se inaugura con un texto que lleva el sugestivo nombre de ‘Los cielos opresivos’, publicado en el 2000”, señalando que “‘Los cielos opresivos’ está atravesado por la perplejidad. No se propone contestar la pregunta de narrar lo que pasó, sino abrir las compuertas a otras preguntas: qué hay en las imágenes de las calles desoladas; qué posibles invocaciones sugieren los rostros de las víctimas; qué evidencian y qué ocultan nuestras reacciones; hacia dónde nos proyectan aquellas imágenes de desvalimiento y muerte” (cursivas propias). Rivera califica el conjunto de artículos, seleccionados por Samuel González-Seijas, que conforman La gran regresión desde el año 2000 hasta el 2016 con la sola excepción del año 2001, como “páginas consagradas a la nación adolorida. Páginas ciudadanas, obcecadas por las cosas que nos han afectado, reverentes en su anhelo republicano, a menudo impregnadas de tristeza: reflexionan sobre la destrucción venezolana y sobre quienes han resistido y resisten a sus implacables dictados” y se distancia de López Ortega en la caracterización genérica: “Aunque López Ortega, en el título del libro, las haya denominado crónicas, más ajustado es señalar que se trata de artículos de opinión, inscritos en esa larga tradición de la civilidad que consiste en mirar el mundo que nos rodea y, a partir de ese registro recurrente, ordenar y ofrecer ideas para la consideración de los demás” (cursivas propias). Sin proponérselo o no, Rivera, en sus consideraciones sobre La gran regresión, aboceta, con intuición e inteligencia crítica, la definición y caracterización de la crónica y su relación con y entre el periodismo y la literatura. Se podría decir que en sus consideraciones se puede identificar “la capacidad de desarrollo que ellas contienen”, según dice Giorgio Agamben en Stasis. La guerra civil como paradigma político (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2017), a propósito del ensayo “La guerre dans la famille” de Nicole Loraux.

En “El narrador” (Obras. Libro II / vol. 2. Madrid: Abada Editores, 2008), fragmento XII, Walter Benjamin dice, en 1936, definiendo y caracterizando el cronista y la crónica como diferentes del historiador y la información: “Toda investigación de una forma épica determinada tiene que ver con la relación que guarda esta forma con la historiografía. Podemos ir más allá y preguntarnos si la historiografía no representa el punto de indiferencia creativa entre todas las formas de la épica. Entonces, la historiografía escrita guardaría con las formas épicas la misma relación que guarda la luz blanca con los colores del espectro solar. Sea como fuere, no existe ninguna forma épica cuya aparición en la luz pura e incolora de la historia escrita sea menos cuestionable que la crónica. Y, en su amplia gama de colores, las clases en que puede ser narrada se gradúan en tanto que matices de un mismo color. El cronista es, directamente, el narrador de la historia. Recuérdese si no ese pasaje de Hebel, que posee el tono de la crónica, y calcúlese luego sin esfuerzo la diferencia existente entre el que escribe historia (el historiador) y el que la narra (el cronista). El historiador trata de explicar de un modo u otro los acontecimientos; no puede conformarse en ningún caso con presentarlos solo como muestras del curso del mundo. Y eso es justamente lo que hace el cronista, sobre todo en el caso de sus representantes clásicos, a saber, los cronistas medievales, que fueron los verdaderos precursores de los historiadores modernos. Como los cronistas medievales pusieron en las bases de sus narraciones el plan divino de la salvación, que en sí mismo es inescrutable, se quitaron de encima la carga de explicar y demostrar. Su lugar lo ocupa la interpretación, que nada tiene que ver con la cadena de acontecimientos, sino con su modo de integrarse dentro del gran curso del mundo. Y resulta igual que dicho curso sea una historia de la salvación o que sea un proceso natural. El cronista queda conservado en el narrador en el seno de una forma nueva, una que está secularizada (por decirlo ahora de ese modo)”. López Ortega, en “Los cielos opresivos”, expone una poética semejante, en sus procedimientos y fines, a la del cronista definido y caracterizado por Benjamin: “Nunca podrá contener nuestro imaginario narrativo tantas pequeñas historias como las que se han producido en estos días. Todos estamos llenos o nos dejamos atravesar por las pequeñas narraciones que saltan de una boca a otra. Las innumerables historias conforman una lluvia opresiva que no nos da amparo ni puede dárnoslo en el corto plazo. Necesitamos procesar esas historias, intervenirlas, modificarlas, ajustarlas a nuestros criterios o a nuestra conciencia. Las historias son forzosamente públicas pero necesitamos hacerlas parte de nuestra intimidad para asimilarlas mejor”.

Rivera no solo apunta, con intuitiva inteligencia crítica, que López Ortega no solo no se preocupa de narrar los acontecimientos “que recordamos como la tragedia de Vargas ocurrida en diciembre de 1999”, sino que Rivera se pregunta a continuación, en su iluminación lectora, por la proyección y el destino que López Ortega expone como muestras de aquellas imágenes, “teñidas de una visión angustiada de los hechos”, para responderse, en un salto de tigre, aun cuando en su respuesta la alusión es indirecta, porque se da en una consideración de Rivera en la que cuestiona la denominación de crónica con la que López define y caracteriza sus textos, afirmando que se “trata de artículos de opinión”, por la inscripción e interpretación de los acontecimientos de la tragedia de Vargas en la tradición de la civilidad, en la integración de las pequeñas historias en el gran curso del mundo, para dotarlas de un nuevo sentido, a contrapelo de la historiografía oficial, en términos benjaminianos. Rivera como un lector “benjaminiano” en el sentido que Borges atribuye a los precursores de Kafka, es decir, si Benjamin no hubiese escrito “El narrador” no podríamos percibir, en las consideraciones críticas de Rivera, sus intuiciones e inteligentes hallazgos sobre la crónica, permite, además, en su elección genérica, en su apuesta por el artículo de opinión para definir y caracterizar los textos de López Ortega, referir, brevemente, el carácter de “un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa” que Juan Villoro, a partir del juicio de Alfonso Reyes del ensayo como el centauro de los géneros, reclama para la crónica. Si se atiende a Benjamin: “El cronista queda conservado en el narrador en el seno de una forma nueva, una que está secularizada (por decirlo ahora de ese modo)”, la crónica no extraería de los distintos géneros (modos) de narración condiciones, datos, sentidos dramáticos, deliberación del relato, justificación del final, diálogos, formas de montaje, polifonía de testigos, posibilidades de argumentación, conexión de saberes dispersos, tono memorioso y uso de la primera persona, sino que como “un pulpo de la prosa” extiende sus tentáculos interpretativos y sus modos de integrarse en el gran curso del mundo, para impregnar la (s) historia(s) de un nuevo sentido, independientemente del género.

Nelson Rivera cierra su prólogo refiriendo la marca de “los modos en que ha sido asolada la nación venezolana”, las crónicas con las que López Ortega narra la historia de las casi dos décadas del tiempo venezolano: “La gran regresión porta esa marca: un constante hacer reflexivo, un persistente llamado a no olvidar, que es el más legítimo modo en que un escritor puede contribuir con la reivindicación de la democracia y la convivencia”. En “Regresión”, una de las crónicas del año 2007, Antonio López Ortega escribe: “En algún recodo del discurso oficial de las formas políticas que hoy nos arropan, prevalece la idea de mirar exclusivamente hacia atrás. Todo es búsqueda de pasado y de formas anteriores, con las cuales nos sentimos finalmente cómodos. El futuro se evita, por desafiante, porque obliga a pensar o a imaginarlo. (…) Es un estado de regresión, de salto atrás. Si la balanza histórica ha oscilado siempre entre atisbos de modernidad, por un lado, y retrocesos a estadios anteriores, por el otro, hoy en día el fiel de la balanza se ha quedado detenido en este último extremo”. Antonio López Ortega, como el cronista de Benjamin, sería, directamente, el narrador de la historia, del relato de la desmemoria venezolana, al mismo tiempo que narra, a contrapuesta, intersticialmente, el relato inacabado de la modernidad democrática, como piedra angular de la reconstrucción posible y urgente del país.


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