En sus últimos trabajos el español Mario Casas se ha metido en la piel de personajes muy oscuros y que van al límite, pero el actor reconoce a EFE que “ninguno se acerca al de Ángel”, el psicópata protagonista de la nueva película original de Netflix, El practicante, que se estrena este miércoles.

“Ángel está totalmente podrido por dentro. Es un tío frío, seco, resentido, no tiene emociones, no tiene sentimientos. Es un psicópata de manual y este tipo de gente no tiene ningún tipo de miramientos. Lo único que les interesa es su propio bien y pueden hacer cualquier cosa para conseguirlo. No tienen empatía, son gente muy manipuladora”, explica Casas a EFE sobre su personaje.

Sin embargo, confiesa que en cuanto recibió el guion lo entendió muy bien. “A diferencia de otros papeles, con Ángel tuve una conexión muy fuerte. Lo entendí muy rápido y el cambio físico también me ayudó mucho”.

Ángel trabaja como técnico en emergencias sanitarias. Tras sufrir un grave accidente en la ambulancia mientras está de servicio y quedarse en silla de ruedas, su vida junto a su pareja Vane (Déborah François) empieza a desmoronarse. Obsesionado con la idea de que ella le es infiel, convertirá su vida en un infierno.

“No es un papel fácil de interpretar, necesita mucho trabajo detrás para que todo sea lo más fiel posible”, confiesa el actor.

Por ello, además de volver a realizar un cambio físico (tuvo que adelgazar y le cortaban el pelo cada día para mantener las entradas que tiene el personaje) y mental drástico, el actor trabajó el guion con una psiquiatra para que le explicara cómo son los patrones de conducta que tienen los psicópatas y su manera de comportarse.

A esas dificultades se unió el trabajo con la silla de ruedas, que “tampoco fue sencillo”.

“Tuve que ir al Hospital de Parapléjicos de Toledo y después al Instituto Guttmann (Barcelona) donde conocí a un chaval que meses atrás había sufrido más o menos la misma lesión que mi personaje. Me ayudó con el tema de manejar la silla, a ir al baño, meterme y salir de la cama”, apunta.

Agradece la ayuda que le aportaron todos los especialistas, ya que sin ellos no habría podido “construir el personaje de una manera tan real y contarlo desde el máximo respeto”, asegura.

Y para lograr ese realismo, Casas es un actor que se adscribe al “método” a la hora de trabajar a sus personajes. Cada personaje sigue dentro del actor incluso cuando no está rodando, algo que llegó a preocupar a sus familiares y amigos.

“Me sumergí tanto en el papel que el momento vital que vive el personaje en esos meses en la película creo que lo viví yo también como persona. Pensaron que me estaba volviendo loco”, cuenta entre risas sobre su experiencia en esta película, dirigida por Carles Torres, quien la escribió junto con Héctor H. Vicens y David Desola.

Un trabajo que se alinea con el de sus últimas películas (Bajo la piel del lobo, El fotógrafo de Mauthausen o Adiós), en las que se ha implicado a fondo y que muestran un giro en una carrera que ha contado con el apoyo del público pero no con una nominación al Goya. Y la espera “se hace larga”, reconoce.

Esta vez sí que la espera, asegura entre risas. Pero lo que realmente le gustaría es poder ir a los premios. “Ya no solo por mi trabajo, sino el acompañar a la película, el arropar a mis compañeros y al equipo de trabajo, que al final son los que hacen que una película salga a delante”, aclara.

Y más allá de premios, lo que le preocupa a Casas es poder “seguir teniendo trabajo y contar historias maravillosas”.


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