"No hay una sola obra de José Ignacio que no dialogue permanentemente con esas sombras que hay en la construcción de nuestro gentilicio", afirma Yoyiana Ahumada | Vasco Szinetar©

Para José Ignacio Cabrujas lo maravilloso del venezolano era su falta de autenticidad, una característica que, decía, no debía tomarse como algo negativo.

Mientras un venezolano puede ser noruego, danés o checo, un francés, en cambio, no alcanza a ser más que un francés, afirmaba. “Somos los únicos ciudadanos universales del planeta”.

Esa misma idea de algún modo sintetiza también su personalidad. Cabrujas podía entablar una aguda conversación sobre beisbol y pasar horas hablando de ópera, que le encantaba. Escribiendo telenovelas o, también, pensando sobre la sociedad venezolana, su pasado, su presente y el futuro que imaginaba.

Para Cabrujas los venezolanos, e incluso los latinoamericanos, deberían ejercer su derecho a la cultura que les dejó la historia: “Un venezolano es un francés y también noruego, y de paso es indio y negro. Todo eso es. Si tenemos el sello de ser los copiones del mundo eso es estupendo. ¿Cuál es el problema?”.

Hace 25 años José Ignacio Cabrujas falleció de manera repentina en Margarita. Las páginas culturales de aquel país daban cuenta de su pérdida, algo que nadie esperaba. Tenía proyectos pendientes tanto en la televisión como en el teatro y ese mismo 21 de octubre publicó su última columna en El Nacional, titulada “Estimado Padrón Panza”, una carta que dedicó a los Tiburones de La Guaira, equipo del que era fanático.

“La única cosa que en Venezuela se ha recuperado son Los Tiburones de La Guaira. Aquí se ha caído todo, amigo Padrón: el poder adquisitivo, la confianza, la libido, la cultura, la importación de pasitas, el futuro institucional y la fe en nosotros mismos”, dice Cabrujas dirigiéndose a Pedro Padrón Panza, fundador de los Tiburones de La Guaira.

Cabrujas consideraba que los latinoamericanos eran los seres más universales del mundo | Archivo El Nacional

En la actualidad, la obra del dramaturgo, escritor de telenovelas, poeta, director de teatro y actor sigue dialogando con el país. Todavía hay quien se pregunta qué hubiera dicho y escrito del chavismo el autor de piezas emblemáticas como ProfundoActo cultural y El día que me quieras, así como de las telenovelas La dueñaLa señora de CárdenasLa dama de rosa. Era un verdadero polemista.

“No hay una sola obra de José Ignacio que no dialogue permanentemente con esas sombras que hay en la construcción de nuestro gentilicio, como la pulsión entre lo civil y lo militar”, explica la escritora e investigadora Yoyiana Ahumada, compiladora de El mundo según Cabrujas y quien es partícipe del ciclo Cabrujas: memoria viva, un homenaje al intelectual que inició el 19 de octubre.

Este mismo miércoles se presentará, bajo la dirección de Ahumada y a través de la cuenta de YouTube de Cine Club LUZ, la lectura dramatizada El Poste, basada en una de las crónicas más populares de Cabrujas y que recrea la historia de un apagón en Caracas y los intentos del protagonista por recuperar el servicio.

Este texto, aunque se publicó por primera vez en 1991, habla también de la Venezuela que sufrió un apagón masivo en marzo del año pasado. “Ahí ves la fractura entre Estado e individuo, la incapacidad de un Estado y de un gobierno de satisfacer la calidad de vida de la ciudadanía. Es una sociedad a medio hacer, a medio cocinar, una sociedad que está cruda y que dio un salto sin tener estructura”, dice Ahumada.

La dramaturga Lupe Gehrenbeck, que se inició en el teatro y la televisión gracias a Cabrujas, considera que el autor contaba con un genio para describir  situaciones complejas desde un punto de vista muy venezolano. “Tenía la gracia para poner las palabras que todos usamos para comprar el pan, con ese mismo español, para hablar desde el amor más profundo hasta el desconocimiento más ilusorio”.

Gehrenbeck, también actriz y directora, resalta además el valor literario de la obra de Cabrujas. Menciona por ejemplo Sonny, que le dedicó el dramaturgo, porque está escrita prácticamente en verso y “con una belleza sublime, es pura literatura, más allá de la dramaturgia”.

“Hay una suerte de sensación cuando lo lees, y es que él es profundamente teatral. En sus crónicas, artículos de periódicos se siente esa teatralidad con mucha facilidad. Te pone a pensar en algo que te haya pasado a ti similar a lo que él describe. Por eso tiene esa manera tan cercana de contarnos”.

Un director que trabaja con sus amigos

El director y actor de teatro Héctor Manrique trabajó con José Ignacio Cabrujas cuando lo dirigió en la pieza Los hombros de América, de Fausto Verdial. De esa faceta del célebre nativo de Catia recuerda que una vez dijo que le gustaba mucho trabajar con sus amigos.

“Él era muy lúdico, divertido. Creaba un clima de trabajo donde cada uno de los actores y los involucrados podía sentirse con libertad. Siempre creaba ese ambiente estimulante. Él estaba claro de lo que quería como director”.

Amanda Gutiérrez, que, junto a Daniel Alvarado protagonizó La dueña, una de las telenovelas más importantes escritas por Cabrujas, lo describe como un hombre abierto y seguro de sí mismo: “Él estaba abierto a cualquier cosa que a uno se le ocurriera. Por ejemplo, en una oportunidad le dije que Carlos Alberto era un personaje importantísimo y le pregunté si no habría una despedida con él. Entonces fue y escribió una escena de despedida para Carlos Alberto, cosas así”.

“Seres como José Ignacio no se repiten. Tenemos muy buenos escritores de telenovelas, como Leonardo Padrón o Martín Hahn, pero Cabrujas es Cabrujas, dejó un legado maravilloso. Fue el propulsor de las telenovelas con cotidianidad y naturalidad. Incorporaba tantas cosas como la música académica, incluía refranes, rescataba la venezolanidad, es interminable lo que podemos decir de él”, expresó la actriz.

La idea de cambiar la manera de hacer televisión Cabrujas la tenía muy clara. Quería evadir las fórmulas y arriesgarse. “Cuando hicimos las cosas fue esperando producir una televisión nueva. Teníamos ese inmenso susto de que el televidente no nos acompañara en la aventura, y el televidente nos acompañó”, dijo en una oportunidad.

A Cabrujas, cuenta Gehrenbeck, le gustaba caminar al lado de los actores y oírlos para luego señalar los movimientos. Era, subraya, una persona sensible: “Pienso que los mejores directores son los que escriben, actúan, los que saben cómo es el negocio de hacer teatro. José Ignacio era un gozón. El artista que no crea a partir del goce no llega al corazón de la gente”.

Leer a Cabrujas

Al crítico de cine Rodolfo Izaguirre le preocupa que hay jóvenes que no conocen la obra de José Ignacio Cabrujas. Contó que el escritor Leonardo Azparren “casi sufre un colapso” cuando se enteró de eso.

“Él se dedicó entonces a publicar la obra literaria, periodística y dramatúrgica de Cabrujas. El día que me quieras y Acto cultural son dos obras maestras del teatro universal de todos los tiempos”, comenta Izaguirre, y subraya que los artículos de José Ignacio se convirtieron en una suerte de “conciencia nacional”, posición que, le confesó una vez, “no había solicitado nunca y no le agradaba para nada”.

“¡Un venezolano irrepetible! Lo grave es que los jóvenes lo ignoran. Es más: los niños y adolescentes que nacen y viven en Monagas o Anzoátegui no saben quiénes fueron esos venezolanos. No logro explicarme cómo llegan a la universidad sin saber leer ni escribir con fluidez”.

Para el actor Gabriel Agüero leer a Cabrujas es una manera de entender al país para poder criticarlo, para revisar continuamente lo que es ser venezolano: “Cabrujas debe ser una lectura no solo recomendada sino obligatoria para todo aquel que haya nacido en el país y especialmente para quienes le dedican su vida al teatro. Hay imágenes que evocan sus obras que aún persisten en mi mente y por ello han codificado en mí una manera de pensar y de mirar”.

Agüero destaca una imagen que Cabrujas menciona en uno de sus artículos en la que habla de un país que parece que esta construyéndose pero que él tenía la sensación de “caminar todo el tiempo en un país que se deconstruye”.

Cada vez que vuelve a Venezuela, cuenta, tiene la sensación de la poca perdurabilidad de las cosas y del olvido. “Pareciera ser un pensamiento pesimista pero, si me apoyo en Cabrujas, considero que recurro a ver de forma aguda mi entorno y aunque él veía la destrucción urbana como un elemento característico, yo rescato la forma en que sus palabras construyen un pensamiento sólido sobre un país que es imposible de hundir en ruinas”.


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