Danubio

Muchos de los libros que leyó durante su adolescencia los terminó con un café en la Danubio de Chacao. El punto final del borrador de La virgen negra, su debut como director de cine, lo puso sentado en una de las mesas de la pastelería. Y muchas conversaciones trascendentales con amigos y socios las tuvo Ignacio Castillo Cottin en la terraza de ese local de la esquina Guaicaipuro del municipio Chacao en el que estableció por años su «oficina».

Vecino de una de las pastelerías de mayor tradición en Caracas y asiduo visitante desde 1989, el guionista y director de 37 años de edad se propuso contar la historia de la Danubio a partir de los testimonios de las personas que allí trabajan, de los recuerdos y diferencias entre Evelia y sus tres hijos, Alejandro (en el área de atención al cliente), Pablo (a cargo del control de calidad) y Andrés (responsable de la parte administrativa), los dueños de un negocio que comenzó el padre, Pal, un inmigrante húngaro que llegó a Caracas en 1948 huyendo de la guerra y que en 1970 abrió junto con su esposa las puertas de la primera de las seis sucursales que hoy tienen en la ciudad que lo adoptó.

«Mi acercamiento, al principio, fue bastante ingenuo. Mientras pasaba mañanas y tardes en la Danubio, muchos de los empleados me saludaban. Yo sentía que los conocía, que había una complicidad con esas caras que veía todos los días. Además, los Kerese siempre me han parecido unos tipos bien particulares, hasta misteriosos”, cuenta el director de El Inca, quien metió su cámara, con cuidado y delicadeza, en el corazón del negocio, en los mostradores y en la sala donde se producen los más sabrosos manjares de la pastelería: la tartaleta de fresa, el pan de jamón, los profiteroles, las milhojas, el cachito de jamón, el mousse de parchita y más, mucho más.

Danubio
Ignacio Castillo Cottin espera llevar el documental a festivales internacionales y su aspiración es que llegue a una plataforma de streaming | Cortesía Pa’los Panas Producciones

Fue hace año y medio cuando decidió contactar a Andrés, el menor de los hermanos Kerese, para plantearle la idea de hacer un documental sobre una empresa que es parte de la identidad de la ciudad, cuyos sabores, incluso, se han internacionalizado. «Con él coincidí en muchas marchas, hasta que en 2017 me tomó una foto que luego me envió y, a partir de entonces, tenemos una relación más cercana. A mí me gusta mucho su trabajo como fotógrafo», dice Castillo Cottin.

Pero a Andrés, al principio, la idea le generó suspicacia. «Lo primero que pensé era que quería hacer un trabajo institucional, corporativo, a propósito de los 50 años de la Danubio. Insistió mucho en que lo que quería mostrar era el valor de la pastelería para Chacao, el trabajo del inmigrante, la historia de un negocio familiar, el testimonio de los empleados que tienen años con nosotros. Y le dije que sí. Pero el reto era convencer a mis hermanos y a mi mamá. Y le fui claro: tienes que reunirte con cada uno por separado, porque si los juntas no vas a lograr nada. Y así fue. Prometió ser lo menos invasivo en la pastelería, no perturbar la dinámica diaria y, de manera muy planificada, trabajó durante tres semanas», dice el también deportista y fotógrafo de 57 años de edad.

Y durante esas tres semanas que transcurrieron entre octubre y noviembre de 2019, Ignacio Castillo Cottin se fue encontrando con una historia que habla de identidad, de persistencia, de gente trabajadora que en la peor de las condiciones logra sumar esfuerzos para hacer posible un negocio exitoso y de tradición que ha superado diferencias familiares para mantenerse en el tiempo.

«No era ese el objetivo inicial, pero al final resultó muy inspirador y revelador para mí», cuenta el director. En La Danubio están las voces de quienes llegaron al negocio unos años después de que Pal Kerese se instalara en una esquina de Chacao y que hoy siguen trabajando para la familia; también las de los más jóvenes que se han sumado a la empresa e, incluso, la de una madre y un hijo que hacen vida laboral en la pastelería. También la de historiadores, amigos y asiduos de la Danubio que, con su testimonio, destacan el valor que tiene para la ciudad, más allá de sus sabores.

Famili
Evelia y sus tres hijos: Alejandro, Pablo y Andrés | | Cortesía Pa’los Panas Producciones

Admite el director que no fue fácil para él, que controla hasta las pausas del guion que hacen los actores de sus películas, trabajar con la improvisación propia de un documental. «La preproducción fue exhaustiva, traté de tener cierto orden en lo cinematográfico. Pero no tenía ningún control sobre el contenido porque eso surgía en el momento de cada entrevista, de cada testimonio. Fue un proceso totalmente nuevo para mí y todo un reto no tener el control absoluto».

Lo sorprendió, y mucho, la sinceridad de los Kerese: madre, hijos, nietos, quienes se encargaron del negocio cuando el padre falleció, en 1985, en un accidente de tránsito. ·Yo me tomé un café con cada uno de ellos antes de filmar las entrevistas. Así que sabía la manera tan particular que tienen de relacionarse y allí había una historia. Pero no pensé que serían tan frontales. Mucha de la riqueza del documental está allí, en el testimonio sin filtro de la familia».

«No pensé que quedaríamos retratados de una manera tan fiel», dice Andrés sobre el documental que, comenta, le gustó a toda la familia. «Nosotros no somos muy efusivos, pero el resultado final es muy bueno.  Lo que ven es lo que somos, sin poses». Aunque reconoce que, en un primer momento, cuestionó algunas de las revelaciones de sus familiares. «El trabajo de Ignacio fue como ir a terapia».

Y, como lo deja saber Andrés Kerese en La Danubio, para lo bueno y para lo malo es una empresa familiar. «Cuando estamos de buenas es muy chévere, cuando estamos de malas es terrible. Pero nos tenemos que soportar porque la Danubio está por encima de todo y de todos».

La primera vez que Andrés piso la Danubio tenía 7 años de edad. Vivía con su familia detrás del local que habían comprado sus padres –que se conocieron trabajando en una pastelería francesa en la esquina de Ibarras, en Caracas, a finales de la década de los años cuarenta– para poner en marcha el negocio familiar.

Cincuenta años después no concibe sus días sin estar en la empresa que lleva adelante con los suyos ni mucho menos hace el ejercicio de imaginarse una vida sin ella. «Nosotros no hemos sabido desligar la pastelería de la familia y eso ha sido un gran error. Trabajar con la familia no es solo complicado, es caótico, y más en una situación como la venezolana, en la que tienes que resolver todo el tiempo un problema nuevo. Y tienes que buscar la manera de que el ecosistema familiar no se vea alterado, porque a veces intentar encontrar soluciones trae más problemas. Pero lo logramos».

Pastelería
La pastelería Danubio abrió sus puertas en la calle Guaicipuro de Chacao hace 50 años | Foto Archivo

Evelia Kerese, a sus 91 años de edad, es la columna vertebral del negocio. Nacida en San Cristóbal, complicada -dice su hijo menor- y de carácter muy fuerte, está pendiente de todo, pero las decisiones importantes las toman todos juntos.

Dice Andrés que es mucho más lo que le ha dejado la Danubio que los sacrificios que ha tenido que hacer por ocuparse de una empresa que cierra sus puertas solo dos veces al año: el 25 de diciembre (día en el todos en casa de la madre) y el 1° de enero. Sí le gustaría haber llevado una vida más normal, más tranquila, quizá dedicada al velerismo. «Nosotros no tenemos días ni fines de semana libres; en diciembre, cuando la gente descansa, es cuando tenemos más trabajo. Estamos todos los días, a cualquier hora, pendientes de la Danubio», cuenta Andrés, quien junto con sus hijos abrió hace dos años en Madrid Evelia, un negocio que, comenta, vende nostalgia. «Los venezolanos van porque los sabores de Evelia, que son los sabores de la Danubio, les recuerdan el país. Las historias que he escuchado allá están llenas de añoranza».

Empecinamiento es la palabra con la que describe los 50 años de la pastelería y es, entre otras, la historia que se verá a partir de este 2 de diciembre en la plataforma del Trasnocho Cultural y a la que Luis Miguel Emmanuelli le puso música que también es protagonista de los casi 80 minutos que dura el documental. «La conversa la tuvimos en noviembre, cuando estuvo listo. Quería lanzarlo en 2022 después de haber recorrido festivales importantes, pero nos pareció que este era el momento indicado. Es Navidad, es tradición, es ejemplo, y siento que es una oportunidad de mostrarle a los venezolanos lo tenaces y trabajadores que somos», cuenta Ignacio Castillo Cottin.

La pastelería Danubio sólo cierra dos veces al año: 25 de diciembre y 1 de enero | Cortesía @aka2863

La Danubio estará un mes en la cartelera del Trasnocho, posiblemente llegue a algunas salas de Cinex y se proyectará en la Sala Cabrujas. «Luego lo sacamos y nos dedicamos a buscar su rentabilidad. Quiero tratar de conseguir una plataforma de streaming para comercializarlo internacionalmente más allá de los festivales que sí, son importantes, pero ahora mi prioridad es la comercialización. Espero que mucha gente pueda ver el documental», concluye el director.

Evelia
Paul Kerese murió en un accidente de tránsito en 1985. Desde entonces su viuda y sus hijos, ahora sus nietos, se encargan del negocio | Cortesía Pa’los Panas Producciones

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