Un cigarrillo es el tipo perfecto de un placer perfecto.

Es exquisito, y nos deja insatisfechos. ¿Qué más se quiere?

Oscar Wilde

Había pensado titular esta nota con la pregunta por los derechos de los fumadores (¿Y los derechos de los fumadores?), pero de inmediato me percaté de que esa interrogante confina el debate a la cuestión específica de si un fumador tiene o no derecho a fumar, cuando lo que aquí está en juego va mucho más allá: si el fumador puede o no existir. Dicho en otras palabras: si la persecución de la que es sujeto ahora mismo, devenido en pieza de caza, alcanzará al extremo de desaparecerlo de la realidad y de la cultura.

Urge preguntarse quién es el fumador: un sujeto que ha sido abrumado, a lo largo de su vida, por toda clase de reconvenciones. El fumador es ahora mismo el sujeto advertido. El destinatario del único mandamiento que ha producido la cultura occidental desde 1492, cuando los navegantes del reino de España quedaron fijados en el espectáculo de ver a los indígenas aspirando un delgado rollo de hojas de una planta desconocida para ellos hasta entonces.

Quince años antes de que el tabaco se extendiera en rápidas zancadas por buena parte de Europa, la intolerancia religiosa y cultural se había establecido con su Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (1478). La historia de Rodrigo de Jerez es emblemática del destino que ha tenido el tabaco en Occidente. Marinero de la primera expedición de Colón, se le tiene como el primer fumador europeo. Al regresar a su país fue delatado, juzgado de forma sumaria, y llevado a prisión. La sentencia lo acusó de “practicar algo pecaminoso e infernal”.

Un viejo perseguido

Si un signo es constitutivo de la genealogía del tabaco en Occidente, es la asociación profunda entre afición al tabaco, y rechazo y estigmatización del mismo. Richard Klein, quien cita como fuente al historiador Ned Rival, describe la historia del tabaco, al menos hasta la década de los cuarenta del siglo XX, como la sucesión de oleadas de expansión de los fumadores, que eran seguidas de acciones o campañas persecutorias (quizás el apogeo del tabaco en Occidente tuvo lugar en 1946, cuando Camel publicó un aviso que decía, “Más doctores fuman Camel más que cualquier otro cigarrillo”).

Las campañas sobre el fumador y en relación al hecho de fumar están basadas en el principio de la desproporción: la del uso de todos los medios legales, propagandísticos, pedagógicos y sociales al alcance. Quien escoge fumar lo hace en condición de oposición. Es un insumiso que resiste la hostilidad a su alrededor. Se sobrepone a la disuasión y a la coacción que lo acecha. A medida que pasa el tiempo, el espacio público se estrecha o desaparece para él: se torna espacio imposible para su esencia de fumador. 

De lo anterior se deriva esto: al elegir fumar, al incorporar a la vida la práctica del tabaquismo, el fumador ha escogido algo más que una fuente recurrente de placer, más que una inseparable adicción: también ha trabado una relación con las posibles consecuencias de fumar. El fumador sabe. Y, a pesar de todo ello, enciende el siguiente cigarrillo. Y eso que sabe permanece fuera de la comprensión de quien no ha fumado nunca. Porque fumar no es una práctica exterior, accesoria de la personalidad. Si hay fumadores de ocasión, los que aquí privilegio son de conformación. Fumadores del alma. Fumadores que no conciben el funcionamiento del cuerpo y de la sensibilidad sin el susurro de su cigarrillo encendido.

Zeno Cosini o la disyuntiva

He aquí un hombre que conocía lo disyuntivo: había nacido en Trieste, en el seno de una familia judía que provenía de Hungría. Creció en un ambiente católico. Las ramas que confluían en su familia eran italianas y alemanas. Su lengua materna era el triestino, variante del veneciano. Tras desempeñarse como comerciante por varios países de Europa, se hizo escritor. Sus primeras obras no tuvieron acogida. Tras volver a los negocios decidió aprender inglés. Durante una estadía en Londres contrató a un profesor de esa lengua, que resultó ser James Joyce, quien leyó Una vida y Senilidad, sus dos novelas previas y le animó a seguir escribiendo. Todavía tendría que finalizar la Primera Guerra Mundial, para que Italo Svevo (1861-1928), cuyo nombre verdadero era Aron Ettore Schmidt, publicara La conciencia de Zeno en 1923.

Zeno Cosini es un hombre mediano en muchos sentidos: en la edad, en la vida que lleva, en la prosperidad heredada de su padre. Va a ver a un terapeuta, que le sugiere que escriba sus recuerdos. Cosini es un fumador irremediable. Sabe que el tabaco le enferma, pero algo en él se rebela en contra de la posibilidad de curarse. Frente a su esposa y frente al médico, se niega a ser despojado. Romper con el tabaco (porque de eso se trata, de un rompimiento) es romper con la escritura, con el pensamiento, con el acto último de escoger si habrá o no un último cigarrillo. Cada cigarrillo constituye un vínculo, lazo por el que se entrecruzan los recuerdos, los hechos de su existencia, su visión de cuanto le rodea.

Cito a continuación un fragmento de Robert Klein: “Cada uno de estos cigarrillos implica la repetición de ciertos pequeños actos rituales, como los enumerados por Cocteau: la ceremonia que supone coger un paquete de cigarrillos, extraer y encender cada uno; la extraña nube que entra en el cuerpo y sale por la nariz. Puede parecer paradójico que alguien escriba una sucesión de cosas y gestos todos tan similares entre sí. Pero el inevitable e incesante retorno de algo imposible de diferenciarse de lo anterior y lo siguiente es como el círculo o el ciclo del tiempo, cada ‘ahora’ es exactamente igual al ahora al que sustituye y al que se anticipa. Una historia del tabaco es, por lo tanto, una breve historia del tiempo, de la condición de la propia historia. Este Zeno, que fuma cigarrillos como el antiguo, es el filósofo de las paradojas del movimiento del tiempo”.

Peligro de extinción

Un fumador encarna una lucha del espíritu: la de retener un tiempo que sea estrictamente suyo: un tiempo para mirar ese malentendido que es vivir a través de la espiral que se levanta del tabaco encendido. Pero ello no termina ahí: el fumador quiere que su placer no se prolongue: quisiera que su habano, su cigarrillo o la picadura de su pipa duraran siempre un poco más. Y hay más: el fumador quiere más tiempo circular, es decir, una oportunidad más de encender su próximo cigarrillo. Si en el retrato que le hizo Modigliani, Paul Guillaume parece impenetrable en su placer de fumador, en El padre Melon encendiendo su pipa, cuadro de indescriptibles tonalidades verdes y amarillas que Pissarro pintó entre 1879 y 1880, el anciano que se dispone a encender su pipa, casi de espaldas al espectador, parece envuelto en la atmósfera de una soledad que nada podría salvar.

Un tiempo más: la resistencia (la exigencia) del fumador se fundamenta en la convicción de que, en algún momento, podrá detenerse. El fumador continúa siéndolo bajo el presupuesto de que romperá su relación con el tabaco cuando lo decida él mismo. Mientras el fumador se debate en dejar de serlo (dejar de ser él mismo), el activismo puritano, en el que coinciden, desde el puritanismo republicano hasta el socialismo del siglo XXI, continúan cerrando el campo de los fumadores.

Leonardo Sciacia hablaba de la medicalización de la vida (su lectura de La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi, lo persuadió de que ese relato muestra todos los cerrojos que lo moderno ha cerrado sobre la posibilidad de morir). Pero ahora quizás sea imprescindible denunciar la medicalización de la cultura, en buena parte dedicada a sustentar el modelo único y total de una vida sana, fundada en la idea de un catálogo en permanente crecimiento, de lo que no se puede, de lo que no se debe, de lo que daña de forma inexorable.

La medicalización de la cultura es el impulso de amortiguar, de anestesiar la vitalidad del presente, de promover que el tiempo del antiguo placer, de la antigua adicción del tabaco ya pasó. Se pretende convertir al fumador en artefacto de museo, junto a toda la vasta producción cultural que las distintas formas de consumo humano del tabaco han generado y circulado antes y después de 1492: tradiciones milenarias; extraordinarias obras literarias; cuadros pintados por más de cinco siglos; vitolas, empaques de picadura y cajetillas de cigarrillos, algunos de las cuales han adquirido el carácter de emblemas de nuestra cultura.

Los activistas del programa de extinción de los fumadores no se limitan a quienes firman decretos y regulaciones inconsultas, unilaterales y discriminatorias. Los burócratas de la salud tienen cómplices: personas que dicen defender las libertades, que se reivindican como occidentales de mente abierta, que aplauden o guardan silencio ante el creciente cerco que se impone a los fumadores. ¿Será posible que los no fumadores nos mantengamos impasibles ante el acoso que viven los fumadores, esas personas que han escogido un modo de vivir, un riesgo? 


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