Mañana se estrena La torre oscura, la esperada película inspirada en la saga literaria escrita por Stephen King. La dirige Nikolaj Arcel, responsable de esta misión para nada fácil, pues se trata de condensar en 90 minutos un imaginario afianzado en las 4.000 páginas de las 8 novelas de la serie.

La historia versa sobre un adolescente de nombre Jake Chambers (Tom Taylor), que tiene constantes pesadillas en las que suele ver un extraño mundo lejano a su realidad, con criaturas que mutan en humanos y un malvado personaje que angustia sus noches. Apenas se despierta, dibuja lo visto y habla constantemente de esas experiencias oníricas. Es huérfano de padre y su madre está preocupada por la salud mental de su hijo. Sin embargo, lo que parece un trastorno es más bien una capacidad interesante: el adolescente es capaz de ver en sus sueños otras dimensiones paralelas a la Tierra.

Hasta ese momento, el filme pinta bien, cuando todo aparenta ser un conflicto psicológico de un habitante de la ciudad de Nueva York, donde se desenvuelve la vida de este muchacho antes de cruzar el portal a otros mundos. Sin embargo, cuando la narración descubre que sus sueños y los personajes que en ellos observa son reales, la película deja de impresionar y sorprender.

Jake Chambers conoce entonces a Roland Deschain (Idris Elba), último sobreviviente de los llamados pistoleros, custodios de la poderosa Torre Oscura, que mantiene en orden el universo y que es el objetivo de Walter (Matthew McConaughey), conocido también como el Hombre de Negro, un hechicero que pretende que seres malévolos se apoderen de estos mundos paralelos.

Cuando surge este conflicto, la intriga empieza a desvanecerse hasta llegar a un final nada emocionante que no se corresponde con la profundidad que en el principio se pretendió en el planteamiento de la película. Por lo demás, la puesta en escena es poco convincente, para nada deslumbrante ni intrigante. Todo finaliza con un enfrentamiento entre dos antiquísimos rivales: el pistolero y el hechicero.