Andrés Barazarte, un guerrillero poco convencido, hace un viaje por Caracas con una maleta en la mano. Es una ciudad signada por la suciedad, malos olores y motores que rugen. El paisaje es un valle gris de concreto y metal adornado con largas autopistas. El hombre lleva sobre sus hombros la historia de la familia Barazarte, que se desarrolla desde el siglo XVII y alcanza el XX. La de Andrés es la época de los años sesenta, una década de enfrentamientos urbanos y de cambios abruptos en Venezuela y en América Latina. Los problemas no son tan diferentes a los de nuestros días.

En 1948, un adolescente llamado Adriano González León llegaba a Caracas proveniente de Valera, estado Trujillo, su lugar de nacimiento. Se encontraría con una capital sin avisos luminosos ni ruidos desesperantes. 20 años después, terminaría de escribir una de las novelas más importantes en la historia de la literatura venezolana, País portátil, que llega a sus 50 años siendo todavía consultada, discutida y reeditada.

La obra más conocida del escritor, que a los 12 años de edad se inició en el periodismo en una agencia de noticias de Valera, fue merecedora en 1968 del Premio Biblioteca Breve, el cual ya habían ganado antes figuras de la talla del español Luis Goytisolo, el mexicano Carlos Fuentes y el cubano Guillermo Cabrera Infante. Por el galardón, González León recibió una moneda de plata con una inscripción y un contrato con la editorial Seix Barral que abarcó un primer tiraje de 10.000 ejemplares. Además, le entregaron 100.000 pesetas como anticipo por los derechos de autor.

País portátil destaca por la estética con la que está escrita. Se encuentra estructurada en tres tiempos: presente inmediato, presente mediato y un pasado remoto. El crítico y escritor Carlos Sandoval, quien considera que es una de las grandes novelas de la segunda mitad del siglo XX, señala que es dueña de un lenguaje lujoso: “Uno siempre descubre cosas en País portátil, donde González León usa una estructura característica del boom de la narrativa latinoamericana e incorpora una interpretación de la historia venezolana sin perturbar el argumento, que es el viaje de Andrés Barazarte desde un punto a otro de Caracas. La descripción de la ciudad apocalíptica está muy bien lograda”.

Sandoval, que es también profesor de Literatura en la UCV, recalca características del texto como el voseo trujillano y el uso de distintos lenguajes para construir situaciones. “Por ejemplo, cuando describe lo que tiene que ver con Barazarte emplea un lenguaje distinto al que usa en las reconstrucciones que él mismo hace al recordar a sus ascendientes trujillanos”, agrega.

La obra, al parecer, nos sigue hablando hoy día. Ese paralelismo extraño lo vivió el poeta y periodista Alejandro Sebastiani Verlezza: la primera vez que la leyó estaba en la avenida San Martín y, justamente, se encontró con páginas que recreaban los ruidos de esa vía. “Paralelamente a la descripción de la ciudad trepidante, rugiente, con sus avisos y su gentío agolpado, en País portátil corrían las aguas tristes y sucias del Guaire, el río en el que los manifestantes hace nada fueron a refugiarse de la represión”, expresa.

La docente Violeta Rojo leyó por primera vez País portátil cuando estudiaba Letras en la UCV, donde, de hecho, recibía clases de Adriano González León. Al respecto, afirma: “A mí me siguen hablando los Barazarte, desde Epifanio Barazarte, un cacique brutal; las tías encerradas en la casa por los prejuicios de niñas rezanderas de pueblo; pasando por los hombres metidos en todas las empresas inadecuadas que se les pasan por delante; hasta Andrés, cabo de raza que sigue la tradición familiar de tratar de deshacer entuertos quizás de la peor manera posible. Ellos muestran una Venezuela que sigue ahí, que no es solo nuestro pasado sino quizás nuestro presente”.

Una experiencia similar tuvo la periodista cultural Diajanida Hernández, quien también vivió las enseñanzas del autor. “En ese momento era leer un libro central dentro de la tradición venezolana, pero a la vez significaba leer al estupendo profesor con el que compartía en las aulas. No siempre te acercas a un libro de esa manera”.

Pero a pesar del éxito de País portátil, a Adriano González León nunca le interesó el público masivo. En 2001, dijo en una entrevista: “No es importante que un libro tenga éxito. ¡Lo trascendente es que comunique cosas! El éxito no asegura la bondad de una obra. Si partimos de las ventas, ¡todo best seller es una maravilla! ¡Y los best sellers no sirven para un carajo”. Tampoco consideraba que la novela era su mejor obra. Para él, Del rayo y de la lluvia era superior.

Trasmundo cuentístico

Adriano González León, antes de internacionalizarse con País portátil, ya era un destacado cuentista. Su primer libro de relatos, Las hogueras más altas, fue elogiado en 1959 por el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, quien escribió en el prólogo de la publicación en la editorial argentina Goyanarte: “Seduce la lectura de estos cuentos en los que la realidad, inasible y huidiza, va y viene humedecida de un relente de fuego de costas húmedas”.

Además de ese libro de cuentos, el escritor venezolano publicó Hombre que daba sed (1967) y Linaje de árboles (1988).

El 5 de septiembre de 1967, la revista argentina Primera Plana publicó una larga crítica sobre Hombre que daba sed, en la que destacó: “Son siete cuentos en los que reposa la magia esencial de América”.


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