Alberto Rosales, Profesor Emérito de la USB (1989), Premio Nacional de Humanidades (1997), es uno de los filósofos más destacados que ha producido Venezuela. De los vivos el más. Nacido en Caracas (1931), estudió en la UCV y se doctoró en Alemania. Su obra es reconocida internacionalmente por un excepcional rigor y penetración en la interpretación, rara vez alcanzados en el país. A lo largo de su itinerario como académico, Rosales ha realizado aportes para una mejor comprensión de la obra de pensadores capitales como Platón, Aristóteles, Kant, Husserl y Heidegger, publicando libros y artículos que han sido referencia para quienes se han aproximado a los complejos temas allí tratados.

Su tesis doctoral, Transzendenz und Differenz. Ein Beitrag zum Problem der ontologischen Differenz beim frühen Heidegger (Trascendencia y diferencia. Una contribución al problema de la diferencia ontológica en el Heidegger temprano), editada en 1970, se ocupa de la llamada diferencia ontológica en la filosofía de Heidegger. Allí Rosales trata de mostrar que, a pesar de no ser tratada expresamente en ellas, salvo en La esencia del fundamento, la diferencia ontológica está presente en las obras tempranas de Heidegger. Estas obras no deben ser interpretadas partiendo de sus escritos posteriores. Más bien, la comprensión de las obras posteriores debe basarse en una interpretación de la diferencia ontológica en estos primeros trabajos.

Sobre Kant, Alberto Rosales ha publicado Siete ensayos sobre Kant (1993) y Sein und Subjektivität bei Kant (2000), cuya versión castellana apareció en 2009 bajo el título: Ser y subjetividad en Kant. Sobre el origen subjetivo de las categorías. Allí se aborda el problema de la génesis de las categorías en la razón humana, a partir de un estudio de la fundamentación última del contenido de las propias categorías, de su multiplicidad y la necesaria unidad sistemática de ellas en la subjetividad. Se trata, pues, en última instancia, del problema tradicional de la metafísica; a saber, el de dar cuenta de los predicados más generales del ente, pero esta vez en cuanto objeto. En diálogo crítico con la tradición neokantiana y con Heidegger, Rosales intenta dar cuenta de la mencionada fundamentación última de las categorías a partir del esquematismo, con lo cual aporta muchos elementos para una mejor comprensión de ese problema, no solo dentro de la filosofía crítica, sino respecto de la filosofía en general.

La obra del Dr. Rosales también incluye numerosos artículos, ponencias y conferencias, que han versado sobre variados temas filosóficos y han aparecido en importantes revistas nacionales e internacionales. Su trayectoria académica se ha caracterizado por el continuo fomento de la actividad filosófica en Venezuela, contribuyendo con ello a la normalización de dicha actividad. Una pluralidad de iniciativas deja constancia de su entrega a esta tarea, entre ellas las siguientes: fue miembro fundador de la Sociedad Venezolana de Filosofía y Presidente de la misma, del Círculo Latinoamericano de Fenomenología y de la Sociedad Venezolana de Fenomenología. Dirigió la colección Pensamiento Filosófico de Monte Ávila Editores y fue Director-Fundador de la Revista Venezolana de Filosofía.

Profesor invitado de universidades nacionales e internacionales, la labor docente de Rosales se inició en 1960 en la UCV y continuó en la USB, donde fundó el Departamento de Filosofía y el Postgrado en Filosofía. El espíritu de rigor en los estudios filosóficos y alta exigencia a profesores y estudiantes que ha sido característico del departamento y postgrado en filosofía de la USB, fue proyectado y ejecutado desde su fundación por el Dr. Rosales. Para resaltar aún más su entrega a la academia, quiero poner de relieve que, siendo profesor jubilado de la USB desde 1983, siguió dictando cursos, ad honorem, en su post-grado en filosofía hasta 1998 y no ha dejado de mantenerse activo como investigador.

Por otra parte, Alberto Rosales ha desarrollado y expuesto un pensamiento original, tanto en ensayos como en su libro Unidad en la dispersión. Aproximaciones a la idea de la filosofía (2006), donde ha presentado un intento de aprehender la esencia de la filosofía motivado por la crisis de este saber en los últimos dos siglos. A fin de aproximar al lector a su modo de filosofar voy a referirme al trabajo titulado “Hacia una teoría de la conciencia”, que forma parte del mencionado libro.

Para entender este trabajo, hay que tomar en cuenta que su autor reflexiona desde la tradición de la filosofía occidental que, transformada en la modernidad, le llega a través de Husserl y, sobre todo, Heidegger. Para él son centrales las críticas a la visión moderna de, en primer lugar, la conciencia como una inmanencia, presentadas por Husserl, y, en segundo lugar, la concepción heideggeriana de la misma como un estar-fuera-de-sí, que resulta de la crítica de Heidegger a la existencia presupuesta de sensaciones que son interpretadas por la conciencia, dando lugar a la aparición de los objetos. De esta manera, Rosales piensa la conciencia, no como una inmanencia, sino como dirigida inmediatamente a las cosas. Sin embargo, en oposición a Heidegger, arguye que en la conciencia tiene que haber medios exhibitorios, a través de los cuales se nos muestran las cosas. Como el mostrarse a la conciencia y en esta es diferente de lo que se muestra –es decir: la cosa misma que se muestra–, tiene que haber en la conciencia aquello que hace posible que la cosa se presente a ella. Pero eso no puede ser una representación. Rosales lo llama presentación o presentaciones. La conciencia tiene que tener estos medios exhibitorios por sí misma; conciencia y patencia de las cosas tienen que estar constituidas por presentaciones ocultas. La no patencia de las presentaciones es una condición necesaria de la posibilidad de la conciencia. Las presentaciones son fundamentales para el mostrarse de las cosas a la conciencia; más aún, la propia autoconciencia requiere de presentaciones. Por otro lado, ellas no son la conciencia misma en tanto esfera de la patencia, sino algo diverso de esta. Su modo de ser no puede ser el estar patente, sino otro, de manera tal que cuando ellas presentan algo no se presentan a sí mismas.

Rosales determina al cuerpo como el lugar de esas presentaciones ocultas que hacen posible la patencia; de esta manera se pone de relieve al cuerpo como fundamento de la patencia, pero para él, patencia, vida y cuerpo no son lo mismo, por lo cual aquí no hay un reduccionismo. Uno de los aportes valiosos de este trabajo es la discusión de las relaciones entre patencia, vida y cuerpo. En primer lugar, el autor se apoya en que el ser-consciente como mera patencia es distinto de toda cosa y en particular del ser-cosa del cuerpo; la patencia es diferente de la cosidad y de la cosa real. Dicho de otro modo: la patencia es algo otro que el ente real que se muestra –o no se muestra– a la conciencia, sea este una mera cosa o un viviente. De allí, Rosales dirige su atención al cuerpo como lugar de las presentaciones.

A continuación “Hacia una teoría de la conciencia” se ocupa de la diferencia entre conciencia, vida y cuerpo. Una teoría de la conciencia debe aclarar las relaciones entre estos conceptos. Por otro lado, ello es urgente a los fines de evitar la posible acusación de reduccionismo. En primer lugar, respecto de la identidad o diferencia, ser-consciente como mera patencia es diferente de toda cosa y en particular del cuerpo en tanto cosa, de lo cual se sigue que la patencia, en el sentido de un mostrarse algo para un ser viviente individual es diferente de la cosa real que se muestra. Por lo tanto, la conciencia a la cual se muestra la cosa es diferente del ente real. Por otra parte, tanto la cosa como el viviente son entes reales, pero el viviente es diferente de la mera cosa. La patencia es diferente de la realidad y de la cosidad; por lo tanto: la patencia es diferente de la vida en tanto el viviente es un ente real. Así pues, el cuerpo y la vida están patentes en la conciencia como algo diferente de ella.

La determinación de la conexión y diferencia entre la patencia y el cuerpo viviente pasa por varias estaciones. En primer lugar, cosa y viviente (con su cuerpo) son entes reales. Pero en el viviente hay algo más: un dominio interior (fundado en la organicidad de su cuerpo) deslindado –y que lo deslinda– del mundo circundante. Esto fundamenta la apertura del viviente hacia ese mundo circundante y también fundamenta que pueda recibir “noticias” del mismo. En este límite, nos dice el autor, surge la patencia a partir de la vida, como algo diferente de esta. De acuerdo con “Hacia una teoría de la conciencia”, el error que conduce al intento de reducir la patencia a un estado de una cosa llamada viviente, o a un estado de su vida y no ser, sin embargo ni vida ni cuerpo viviente, ese error, pues, es confundir patencia con vida. Arriba hemos visto una primera razón de que la patencia sea diferente de la vida. La segunda es la siguiente: el cuerpo viviente y su vida están patentes en la conciencia como algo diverso de ella y esto por necesidad para que pueda haber conciencia, pues aquello que en el interior del cuerpo está relacionado con la conciencia como fundamento de ella, directa e indirectamente, está y tiene que estar oculto a la conciencia, para hacerla posible y efectiva; y en consecuencia, también su conexión con la misma tiene que permanecer oculta. Así pues: primero, la vida interior del viviente es inaccesible a la conciencia; segundo, tanto las presentaciones como el “ver” que mira a través de ellas el mundo circundante no son temáticamente accesibles y permanecen velados. En otras palabras: para que haya conciencia es necesario que la vida interior del viviente, las presentaciones y el ver no sean mostrados, con lo cual en el mostrarse no se muestra su conexión con el viviente, quedando ambos implícitamente separados. Este ocultamiento, que Rosales ha mostrado como constitutivo de la patencia, la libera a ella, para sí misma, de su fundamento corporal, la abandona a sí misma, y la constituye como una zona auto-estante, que es diversa del cuerpo, y, que, si puede pensar, tiene que pensarse como libre para sí misma.

Si a nuestra conciencia se mostrara directamente su enraizamiento en la vida del cuerpo, en vez de permanecer oculto, la filosofía no hubiera malentendido la alteridad entre ambos. Este ocultamiento es importante porque hace posible la patencia de la alteridad entre dos entes, conciencia y cuerpo viviente, en tanto en cada uno de ellos no se muestra lo que está patente en el otro. Al malentenderlo, la filosofía ha desarraigado la conciencia del mundo exterior y de su propio cuerpo, como fundamento independiente y autónomo de la certidumbre. Con esto, Rosales llega a una crítica de este aspecto fundamental de la modernidad. Prosigamos: la alteridad del cuerpo propio respecto de su vida, por un lado, y de la conciencia, por el otro, es constituida por el ocultamiento por partida doble del que ha hablado el autor. Pero por otro lado, el cuerpo propio, la vida y la conciencia están en una conexión nueva –diferente de aquella pensada en la modernidad por Husserl y Heidegger– como el origen (el cuerpo y la vida) y lo originado (la conciencia). A través de esta conexión se constituye un nuevo tipo de identidad (entre cuerpo, vida y conciencia). Rosales la llama la copertenencia de diversos. Cuerpo y conciencia son diversos pero van juntos. No solo el ser-consciente está enraizado en el cuerpo viviente tanto respecto de su posibilidad como de su existencia fáctica, sino que también es cierto que el cuerpo está insertado en la patencia y se determina a partir de ella en tanto humano. Hay que evitar el error de pensar que ella es meramente algo diverso, que existe paralelamente al cuerpo. Es porque la patencia puede y determina al cuerpo viviente del animal humano, que este puede ser hombre, esto es: un ser libre de las limitaciones que rigen las posibilidades y correspondientes conductas de los animales. Citemos al autor: “Del cuerpo emerge así pues la patencia como una dimensión diversa que, lejos de reducirse al cuerpo, determina la ‘vida’ del hombre a partir del mundo patente”. El antagonismo surge a partir de la patencia en el hombre. Solo a un ser con una patencia con las características de la que posee el hombre y dotado de autoconciencia se le puede presentar el citado antagonismo. Esta manera de ver al cuerpo no lo considera como ente en sí que se muestra a la conciencia (pero no la condiciona), ni como un mero objeto para una conciencia (que lo constituye), cuyo ser esté dado por la misma (bajo diferentes maneras de dar cuenta de ello), tampoco piensa que se encuentra en una relación de total independencia y dualismo con el alma. Ninguna de estas interpretaciones es adecuada a la comprensión de la conciencia. La concepción propuesta disuelve al falso problema moderno de la interacción del cuerpo y la conciencia como dos substancias diversas. Conciencia y cuerpo se fundan uno al otro en diversos sentidos. El “espíritu” puede dar órdenes al cuerpo porque no es otra cosa que la patencia enraizada en el cuerpo, a través de la cual el hombre como un todo se manda a sí mismo.

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Gustavo Sarmiento es profesor de Filosofía de la Universidad Simón Bolívar, en Caracas, Venezuela.


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