Por Daniel Salas Olivar

La región latinoamericana y caribeña está expuesta a los riesgos financieros globales, dado que a pesar de representar un conglomerado desorganizado de recursos y población, no tiene poder fáctico real. Las experiencias económicas exitosas como la de Estados Unidos de América y China, así como las del bloque económico europeo, tienen una serie de ventajas, siendo una de sus principales la unidad monetaria, visto que cuentan con una moneda sólida y competitiva.

En una edición anterior, se destacó la importancia de las monedas digitales emitidas por bancos centrales, por lo que resulta propicio preguntarse, ¿estamos preparados para contar con una moneda regional, y que además, sea digital?

No entraremos en detalles sobre el qué hacer o no hacer en el proceso de integración regional. A efectos de estas líneas, nos interesa conocer cómo podemos constituirnos en forma progresiva en un bloque que compita en los grandes mercados, que cada día son más digitales.

En este sentido, vale la pena recordar experiencias previas y vigentes en América Latina y el Caribe donde nos hemos caracterizado por ser una región que ha puesto en marcha sistemas de pago de forma exitosa, como mecanismos para impulsar los niveles de comercio intrarregional y corregir la vulnerabilidad externa de las economías. De tal forma, se han creado diversos sistemas de compensación y crédito, tales como: la Cámara de Compensación Centroamericana (1961), el Sistema de Pagos de la ALADI (1965), el Sistema Compensatorio Multilateral de Pagos del Caribe (1977), el Fondo Latinoamericano de Reservas y el Peso Andino (1991), el Sistema de Pagos en Moneda Local –Brasil y Argentina- (2008) y el Sistema Unitario de Compensación Regional de Pagos –SUCRE- (2008).

El Sucre como mecanismo deviene de los países de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y se planteó como un sistema de pagos para minimizar las asimetrías financieras entre los países del bloque a partir de la utilización de una unidad de cuenta virtual, el manejo de una Cámara de Compensación de Pagos entre los bancos centrales de la región y la creación de un Fondo de Reservas y Convergencia Comercial.

A su vez, el mecanismo es homónimo de la unidad de cuenta y de valor, Sucre, cuyo tipo de cambio se configura de una canasta de monedas locales de los países participantes, definida en función de variables macroeconómicas y de comercio exterior. Este ha sido el acercamiento conceptual más relevante para conformar una zona monetaria regional y ser un intento de reducir la dependencia del dólar estadounidense; pero, ¿qué podemos hacer si no estamos organizados ni integrados?.

La integración al ser multifactor, entre ellas la monetaria, es posible que entre bloques subregionales, como Mercosur, Alianza del Pacífico, Comunidad Andina, ALBA o un bloque de nivel superior, como la CELAC, puedan acoger la emisión de una moneda digital -podría estar asociada a una bolsa de monedas regionales, globales o divisa en particular- que pueda ser escalable y mutable para lograr a mediano y largo plazo como objetivos, la emisión de una:

Moneda digital para compensaciones entre bancos centrales por las operaciones de importación y exportación realizadas por los países.

Moneda digital de uso restringido (no universal) para el sistema interbancario y para medios de pago mayoristas.

Moneda digital universal, anónima o no para poder ampliar la red de pagos de la región para pagos minoristas por parte de los ciudadanos de los países.

Es de extrema importancia que la región pueda aprovechar las oportunidades de la tecnología y la economía digital para ampliar la escala y profundizar el alcance de los servicios financieros que actualmente son ofrecidos, y, que son barreras para un mercado digital regional eficiente que responda a las exigencias del ahora.

Es por ello, que además de contar con programas educativos vinculados al área técnica sobre emisión de moneda digital, existan propuestas de formación en temas de integración regional, dado que la tecnología debe convertirse en un instrumento para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible planteados en la Agenda 2030 donde la persona es el centro del desarrollo.