Por Ignacio Serrano

Aquel fue uno de los días más felices en la adolescencia de ese muchacho que, por culpa de David Concepción, idolatraba a los Rojos de Cincinnati.

El 15 de junio de 1977, el equipo que todavía dirigía Sparky Anderson adquirió al as Tom Seaver, el “Terrífico”, el joven de cara resplandeciente que representó más que nadie a aquellos “Milagrosos Mets” de 1969 y quien, desde que ganó el premio Novato del año, en 1967, hasta su ingreso en el Salón de la Fama, en 1992, fue uno de los pitchers más admirados de su generación.

Es inevitable viajar otra vez a la adolescencia, al leer la noticia sobre su muerte con apenas 75 años de nacido, una edad relativamente corta para alguien que fue atleta de alta competencia y que gozaba de buena salud, antes de contraer covid-19.

Seaver murió este miércoles en Estados Unidos, debido a complicaciones causadas por el coronavirus. Con él, muere una parte de aquel chamito que disfrutaba el beisbol con la ilusión de quien veía los diamantes como el asunto más importante del mundo.

No disfrutamos su mejor momento. Cuando este cronista se asomó a la pelota, en pleno auge de la Gran Maquinaria Roja, el derecho completaba su época más brillante y empezaba a dejar atrás sus tiempos de intocable.

Todavía tuvo momentos gratos, tanto con Cincinnati como en Chicago, con los Medias Blancas. Tiraría un no-hitter, completaría los 3.000 ponches y las 300 victorias, pondría la firma a su leyenda, en el camino que conduce a Cooperstown. Pero es difícil encontrar desempeños que superen el de su tiempo iniciático en Nueva York, ese que le sirvió para labrar su leyenda.

En las 12 campañas que van de 1967 a 1978, incluyendo su primer año y medio con los escarlatas, Seaver lanzó 3.239 innings y dos tercios, ponchó a 2.756 hombres, apenas dio 888 bases por bolas, ganó 219 juegos, tiró 188 choques completos, toleró tan solo 232 jonrones (casi uno por cada dos aperturas) y dejó 2.51 de efectividad.

En ese plazo, fue un lanzador 40 por ciento superior a la media de las Grandes Ligas, de acuerdo con lo que demuestra la efectividad justada que publica Baseball Reference.

Desde finales de los años 60 hasta mediados de los 70 no hubo otro monticulista más famoso. Rodolfo José Mauriello, Cristóbal Guerra y Humberto Acosta citaban a menudo la anécdota del lector español que llamaba insistentemente a la redacción de El Nacional para quejarse por la constante aparición en la primera plana de Deportes de quien consideraba un inefable personaje.

“¿Quién es ese CE-A-VER que ustedes están todo el tiempo promocionando?”, preguntaba molesto y con acento castizo, sin la pronunciación anglosajona de apellido y en desacuerdo por lo que consideraba un favoritismo absurdo de su periódico favorito.

A Seaver lo vimos, ya tarde, cuando llegamos al beisbol y él llegaba a los Rojos, como el alter ego del zurdo Steve Carlton, el otro gran as de su generación. Fue mucho más que eso, por supuesto, pero es lo que nos tocó vivir y por quien nos tocó protestar cuando la gerencia de Cincinnati lo envió de vuelta a los Mets, antes de la temporada de 1983.

“Seaver es tan buen pitcher, que las personas invidentes van al estadio solo para escucharlo lanzar”, exclamó una vez el gran Reggie Jackson, uno de los más temibles bateadores de aquel tiempo.

“El pelotero más grande en la historia de los Mets”, sostuvo el diario New York Post, en su apología.

Cuánta nostalgia. La vida era hermosa y Venezuela solo tenía promesas felices para quienes terminábamos la niñez. Un día, el padre de este cronista llegó de Estados Unidos, tras un viaje de trabajo. De su maleta extrajo una maravilla, un regalo que adornó durante años una de las paredes del cuarto de aquel imberbe fanático de la pelota.

Era un afiche de Seaver, con el uniforme de los Rojos. Con su inconfundible entrega hacia el plato, extendido al máximo, y el esfuerzo de lo que estaba por estallar claramente expresado en el rostro fiero.

Este jueves los peloteros de los Mets saltaron al terreno y se formaron para un momento de silencio. Todos habían manchado de tierra la rodilla derecha del pantalón. Qué inesperado homenaje. El corazón nos brincó en el pecho, al recordar la característica marca de este guerrero, cuya rodilla raspaba el montículo con cada pitcheo que hacía.

Murió Tom Seaver, uno de los ídolos de aquella niñez que hace tanto terminó. Murió víctima de esta pandemia malhadada, y cuesta evadir la tristeza, porque ha debido vivir más y porque es un pedacito de nuestra temprana juventud el que también muere con él.

@IgnacioSerrano

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