Los venezolanos padecemos, día tras día, semana tras semana un vía crucis cuasi eterno. Más de 30 millones de venezolanos cargamos a cuesta la cruz de un mal gobierno, que nos ahoga con su negligencia, su incapacidad y con la inclemencia de sus políticas de opresión y represión. 

Recorremos el vía crucis  rumbo a la redención política y la liberación nacional. Un vía crucis con estaciones de tormento para el cuerpo ciudadano del país. 

Padecemos el sufrimiento de la crisis eléctrica que nos deja horas y horas sin el servicio, que ha menguado el ya alicaído comercio nacional, que permanentemente paraliza el país, y los reductos de productividad se ven cada vez más afectados y comprometidos. 

La crisis eléctrica, además, pone en riesgo la vida de los venezolanos; ya existen denuncias de un sinnúmero de fallecidos en los hospitales por culpa de las constantes fallas de energía en la nación. 

Igualmente, padecemos con la estación de la crisis de agua. Cada vez hay más sectores urbanos y rurales que sufren por la escasez del preciado líquido. 

El acceso al agua potable, que es un Derecho Humano que todos los Estados del mundo están obligados a darles a los ciudadanos, aquí en el país es un sueño inimaginable. Hasta la mismísima Caracas padece del problema de la falta del recurso hídrico, y es aún peor en la provincia. 

La inseguridad, es otro gran problema que se agudiza con el pasar del tiempo. Cada día miles de venezolanos son asaltados ante la inercia de los cuerpos policiales, que son muy eficaces a la hora de reprimir a estudiantes y abuelos, pero muy tardos en capturar a los hampones que permanentemente azotan a los vecinos de comunidades populares, sectores rurales y urbanizaciones de clase media. 

La inflación, es la estación más dolorosa del vía crucis que vivimos los venezolanos. El alto costo de la vida, la imposibilidad de un trabajador de sostener su familia, la inmensa crisis económica que pulveriza los sueldos, y coloca los elementos más esenciales de la canasta básica alimentaria en una posición inalcanzable para el ciudadano común, es lo que ha empujado a millones de venezolanos a emigrar. 

Y este es el rostro más feo de esta calamidad que llamamos usurpación. Y es que, debido a la terrible situación económica y social generada por el socialismo, las familias se han separado. Los hijos han tenido que dejar a sus padres, parejas separadas, abuelos distanciados de sus nietos, una hecatombe de pronósticos tristemente alarmantes para el porvenir de la nación. 

El país ha perdido incontables profesionales y técnicos que han optado por huir del país ante una crisis humanitaria que asfixia a todos los venezolanos, con excepción de aquellos que se encuentran enchufados con el régimen usurpador. 

No obstante, estoy convencido que este camino de espina tendrá como meta una Venezuela libre. 

Si logramos resistir este doloroso camino hacia la libertad, tendremos un país redimido y en libertad. Solo con fuerza de voluntad y fe derrotaremos a los nuevos Judas y a los nuevos Poncio Pilatos, que ahora se visten de rojo y gritan “patria, socialismo o muerte”.

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