Hace poco más de cuarenta y seis años, un 27 de enero de 1973, se firmaba en París el cese de hostilidades en Vietnam. Los denominados Acuerdos de Paz de París, pese a que se concretaron en cuatro días de reuniones, no exentas por cierto de muchas complicaciones en los detalles -que pasaron desde la selección de la forma de la mesa, debatida entre cuadrada o redonda y terminando ovalada, o la celebre disposición de una sala de reuniones con cuatro puertas, para así posibilitar que todas las delegaciones entraran justo al mismo tiempo-, fueron realmente precedidas por un sinfín de intentos y aproximaciones desarrollados y encabezados por Henry Kissinger, quien para entonces fungía como Consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, a lo largo de los cuatro años del primer periodo del presidente Nixon; y también antecedidas inclusive por un juego complejo de engaño y saboteo protagonizado también por Nixon y Kissinger durante la carrera a la presidencia en 1968, bajo el argumento expuesto a los vietnamitas del Sur, de que solo un gobierno republicano les daría garantías de un cese satisfactorio del conflicto y de un triunfo frente al Vietcong.

Mucho se habla de esos acuerdos derivados de la denominada Conferencia de París, cuando se trata de cualquier taller o conferencia de negociación, presentándoles como un ejemplo de como inclusive en medio de la más cruenta guerra, es posible negociar y alcanzar un resultado. De hecho, aún mientras se discutían detalles del posible pacto, los bombardeos, combates, atrocidades y las bajas diarias continuaban. Sin embargo, poco se habla del como lo alcanzado en París, solo fue útil para la retirada “honorable” de los Estados Unidos del conflicto sin lucir como el perdedor de la guerra, pues al final de la historia, solo los norteamericanos respetaron el acuerdo, mientras que las demás partes siguieron adelante con el conflicto, incumpliéndolo, lo cual derivó en la celebre y ampliamente documentada caída de Saigón en 1975, cuando el Vietcong y las Fuerzas Armadas de Vietnam del Norte, tomaron al Sur, terminándose así con plomo y no con tinta, una guerra que duró veinte años y durante los cuales se produjeron poco más de un millón cuatrocientos mil bajas de combatientes y dos millones de muertes de civiles.  

Hoy en Venezuela estamos una vez más en la encrucijada del diálogo y la negociación política, y aunque lejos estamos cuantitativamente hablando de las atrocidades que tuvieron lugar en la Indochina, ni mucho menos en el nivel de conflicto armado cuyo cese se negoció en París, no es menos cierto que somos un volcán activo en continua erupción, que puede derivar en algo aún peor, insospechado e incontenible sino se ataja a tiempo, pues ya el denominado Informe Bachelet lo señaló de forma clara e incuestionable en cada uno de sus ochenta y tres puntos, conclusiones y recomendaciones, al señalar que acá hay tortura, ejecuciones extrajudiciales, privaciones arbitrarias de libertad, persecución y represión selectiva por motivos políticos; por lo que aún sin guerra, lo que ocurre está muy cerca en cuanto se refiere al daño que sufre una de las partes del conflicto.

Mucha razón tienen quienes se oponen a la iniciativa del diálogo y la negociación, en oponerse de forma enérgica y en algunos casos mostrar más allá de su desaprobación y condena, también su desencanto. A fin de cuentas, hace apenas una semana, en razón del asesinato del Capitán Acosta Arévalo como consecuencia de las torturas infringidas por sus captores, se había anunciado la negativa de las fuerzas democráticas a seguir adelante con la iniciativa promovida desde Oslo, no solo por la propia Noruega sino también por el denominado Grupo de Contacto de la Unión Europea. De hecho, reforzado por el resultado del Informe Bachelet y el anuncio de la inminente aprobación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), lucía como altamente improbable que nuevamente se vieran cara a cara en una misma mesa, los representantes del desgobierno con los demócratas; sin embargo, esa misma comunidad internacional cuyo apoyo clamamos ante los desmanes del desgobierno, nos ha invitado a insistir en un camino que aún siendo doloroso, nos ahorrará al final de la historia mayor sufrimiento, y esa invitación debemos atenderla y honrarla, no por la contraparte sino por quienes nos conminan a hacerlo, pues de ello dependerá en gran medida la solidez del apoyo con el que se cuente; de tal forma que aún con razón, quienes aún se oponen a que lo iniciado en Oslo, siga en Bridgetown, podrían reevaluar y tal vez aproximarse a una nueva conclusión, deponiendo acusaciones de traiciones y de pactos oscuros, asumiendo que en esta oportunidad, el bien mayor que es el objetivo, justifica los medios y cada uno de los pasos que se den para alcanzarlo.

A los proponentes y protagonistas del diálogo y la negociación y a quienes representan a las fuerzas democráticas en estos nuevos encuentros en Bridgetown, mucha alerta, pues a estas alturas la historia no da margen ni excusas para la ingenuidad. Ya se sabe de sobra el talante de la contraparte, de lo que son capaces y de que no son en lo absoluto confiables; además, luego del Informe Bachelet hay muy poco que poner al descubierto y casi nada con lo cual sorprender. Al igual que los comunistas de Vietnam del Norte, apoyados por cierto para entonces por el Soviet, el desgobierno es capaz de firmar lo que sea con tal de ganar un día más, avanzar en su objetivo de desmovilizar, y ganar algo de confianza y reconocimiento en la comunidad internacional, para luego ir por unas desprevenidas e ingenuas fuerzas democráticas que les habrán puesto diez o veinte años más de desgobierno en bandeja de plata. Así las cosas, toda posible negociación demanda de nuestro lado la más absoluta responsabilidad de identificar cualquier concha de mango, zancadilla o trampa. Lo contrario, que es creer como corderos en las promesas del adversario, sin anticipar las consecuencias y sanciones a su casi seguro incumplimiento, solo reserva a los negociadores demócratas con algo de suerte, el mismo destino que tocó a Charles Trần Văn Lắm, quien habiendo firmado los Acuerdos de París en 1973 en representación de Vietnam del Sur, debió exilarse en Australia luego de la caída de Saigón en 1975.